El Papa León XIV redobla la diplomacia en Líbano: la solución de dos Estados como único camino viable
El Papa León XIV aterrizó en el Líbano escoltado por cazas y recibido por multitudes bajo la lluvia. Su primera declaración, entre los periodistas en el vuelo desde Estambul, fue inequívoca: la Santa Sede sustenta “desde hace varios años” la solución de los dos Estados y la considera “la única solución al conflicto [entre Israel y Palestina] que continuamente viven”.
El hecho de pronunciar estas palabras a su llegada a Oriente Próximo no es un gesto simbólico; es diplomacia activa en un escenario donde la violencia, la desconfianza y la rivalidad geopolítica han convertido la coexistencia en un asunto de supervivencia.
La Santa Sede respaldó oficialmente un Estado palestino en 2015, pero el contexto actual —una Gaza devastada tras dos años de ofensivas y represalias, y un proceso político israelí impermeable a concesiones— ha devuelto urgencia a la propuesta. La presencia papal en Beirut apunta a reforzar esa estrategia en el terreno, buscando la interlocución con actores clave de la región.
El Papa Francisco confirmó que discutió las guerras en Ucrania y en Gaza con el presidente turco, Recep Tayyip Erdoğan. Para el pontífice, Ankara “tiene un papel importante que desempeñar” en ambos conflictos. La mención no es casual: Turquía mantiene canales con Moscú y con Kiev, además de relaciones recientemente tensas con Tel Aviv, alianzas tácticas con Qatar y mediaciones discretas con Hamás.
La diplomacia vaticana entiende ese perfil híbrido como una ventana para el deshielo geopolítico. La Santa Sede espera que Ankara “persiga su diálogo con Ucrania, Rusia y Estados Unidos para alcanzar un alto el fuego y poner fin” a la guerra. En Gaza, de igual manera, el Vaticano confía en que el camino bilateral entre Turquía e Israel pueda recuperar el espíritu de Oslo, incluso en una coyuntura más cruda que la de los noventa.
El contexto libanés: la fragilidad como advertencia
Líbano se presenta como escenario ideal para este mensaje. Es el país árabe con mayor proporción de cristianos —alrededor del 32%— y uno de los últimos espacios de convivencia institucional entre confesiones en Oriente Próximo. Sin embargo, su historia reciente es una radiografía de lo que ocurre cuando la convivencia colapsa: guerra civil (1975–1991), ocupación israelí y siria, asesinatos políticos, presencia paramilitar de Hezbolá desde 1982 y el colapso económico de la última década.
A ello se añade la guerra indirecta con Israel. Aunque existe una tregua formal, Tel Aviv exige el desarme de Hezbolá y mantiene ataques recurrentes, incluido el bombardeo en Beirut que mató al número dos de la milicia y a otras cuatro personas. En este tablero, la visita papal no se lee solo en clave religiosa: es un acto de posicionamiento diplomático.
Durante su discurso en el palacio presidencial de Beirut, León XIV habló de la paz como “un don y una obra en constante construcción”. No apeló a la moral del perdón ni a la caridad como abstracción. El mensaje se dirigió a una sociedad desgastada por décadas de violencia: reconstrucción institucional, memoria histórica y responsabilidad de los líderes hacia sus ciudadanos.
Para un país donde 800.000 personas han emigrado desde 2012 y cuya juventud ve el futuro fuera de sus fronteras, la exhortación papal apunta a un elemento estratégico: sin cohesión interna, Líbano pierde capacidad para influir en la dinámica regional y queda atrapado entre las agendas de actores externos —Irán, Israel, Estados Unidos, Arabia Saudí o Francia—.
León XIV llega a Líbano con llamado a la "reconciliación" y a permanecer en el país
— DW Español (@dw_espanol) November 30, 2025
El papa León XIV llegó a Líbano este domingo y pidió a los libaneses "anteponer la paz a todo lo demás". El pontífice se reunió con el presidente libanés, Joseph Aoun. Antes, aún en vuelo, el… pic.twitter.com/JsNBu566S6
Reacciones de Hezbolá e Israel: señales tácticas, no soluciones estructurales
La visita generó respuestas inmediatas. Hezbolá publicó un comunicado de bienvenida que exaltó la “coexistencia pacífica” y defendió la soberanía libanesa frente a “la agresión de los invasores sionistas”. Ese gesto, aunque enmarcado en la retórica habitual de la milicia, evidencia algo relevante: el Vaticano es percibido como un actor que puede legitimar procesos de distensión sin humillar a ninguna de las partes.
Del lado israelí, la televisión pública informó de ajustes militares “en línea con la visita programada del Papa”. En la práctica, se interpretó como una pausa temporal de hostilidades. No es concesión estratégica, pero sí un reconocimiento de la relevancia mediática y simbólica de la visita: el Vaticano, pese a tensiones recientes, no es un actor descartable por Israel.
Las fricciones diplomáticas se intensificaron tras declaraciones del cardenal Pietro Parolin que calificaron la ofensiva en Gaza de “carnicería”. El incidente de la parroquia católica en Gaza —tres muertos y nueve heridos— endureció el tono. Con la llegada de León XIV, el diálogo se recomponía lentamente hasta el ataque en Beirut, que obligó al Vaticano a recalibrar su postura.
El Papa, cuando afirma que “somos también amigos de Israel”, describe el núcleo de la diplomacia pontificia: no es un actor alineado, sino un mediador cuyo capital simbólico no depende de la fuerza. Esa posición le permite insistir en la solución de los dos Estados sin caer en el antagonismo moralista.
El viaje de León XIV no busca únicamente consolar a un país agotado. Su mensaje es estratégico: el conflicto israelo-palestino solo puede resolverse con un acuerdo político de Estado, no con operaciones militares o equilibrios precarios. Líbano, con su demografía plural y sus heridas abiertas, funciona como laboratorio de lo que ocurre cuando las comunidades renuncian al diálogo y cuando la violencia sustituye a las instituciones. @mundiario


