Israel se adelanta en la escalada y afirma haber eliminado al jefe del Estado Mayor de Hezbolá
El último ataque israelí contra Dahye —los suburbios meridionales de Beirut— no fue un gesto de contención. Fue, más bien, un aviso: Israel está dispuesto a dictar la cadencia del conflicto con Hezbolá aun bajo un alto el fuego en vigor desde noviembre de 2024. La operación, dirigida contra un edificio en Haret Hreik, se saldó con al menos cinco muertos y 28 heridos, según fuentes médicas libanesas.
Pero el impacto no se mide sólo en cifras; su verdadero alcance se aprecia en el objetivo declarado: Haytham Ali Tabatabai, conocido como Abu Ali, jefe del Estado Mayor de Hezbolá y figura clave en la reconstrucción militar de la organización.
Israel presentó el ataque como un “golpe quirúrgico” contra un núcleo de mando y logística. Según la oficina del primer ministro Benjamín Netanyahu, Tabatabai lideraba el proceso de fortalecimiento y suministro de armas a la milicia. La confirmación oficial de su muerte no llegó de inmediato, pero el mensaje político estaba ya transmitido: Israel busca impedir que Hezbolá recupere su capacidad operativa tras el desgaste acumulado.
La relevancia de Tabatabai excede el cargo formal. Washington le designó terrorista en 2016 y ofreció una recompensa de cinco millones de dólares por información sobre su paradero. Se le atribuía la jefatura de la llamada Fuerza Radwan y de unidades especiales desplegadas en Siria y Yemen. Su supervivencia a un ataque israelí en 2014 lo convirtió en un símbolo interno de resiliencia. Para Israel, por el contrario, era un objetivo prioritario, uno que, según su narrativa, mantenía viva la posibilidad de una guerra regional.
En los últimos catorce meses, la cúpula de Hezbolá ha sido erosionada. Desde la muerte del líder Hassan Nasralá, la estructura del grupo se ha visto obligada a reorganizarse bajo presión. La ejecución de ataques selectivos contra mandos medios y altos ha sido parte de la estrategia israelí para impedir la regeneración. La eliminación de Tabatabai encajaría en ese patrón: no se trata sólo de castigar acciones puntuales, sino de destruir la arquitectura de poder.
Las declaraciones del ministro de Defensa, Israel Katz, y del propio Netanyahu, convergen en un mismo eje: la ofensiva se justifica como una acción preventiva frente a una amenaza en construcción. “Quien atente contra Israel sufrirá graves consecuencias”, advirtió Katz. Netanyahu fue más lejos y calificó a Tabatabai como “asesino en masa” y exigió al Gobierno libanés que efectúe la complicada tarea del desarme total de la milicia chií.
Este discurso tiene una dimensión doméstica. Netanyahu enfrenta un contexto político frágil, con presión interna por la seguridad en el norte y cuestionamientos sobre el manejo de la tregua. Golpes visibles contra líderes de Hezbolá ofrecen un relato de eficacia y determinación. El ataque a Beirut refuerza esa narrativa, aun a costa de aumentar la volatilidad regional.
La postura libanesa: vulnerabilidad y denuncia
Desde Beirut, la lectura es diametralmente opuesta. El presidente libanés, Joseph Aoun, denunció el bombardeo como una prueba de indiferencia israelí ante los constantes llamamientos a frenar su ofensiva. Exigió a la comunidad internacional una reacción “firme y seria”. El Gobierno libanés se ve atrapado en un equilibrio precario: no controla efectivamente las capacidades militares de Hezbolá, pero debe responder a los costes humanos y materiales de los ataques.
Los dirigentes de la milicia chií interpretaron la operación como una violación flagrante del alto el fuego. El representante parlamentario Ali Ammar aseguró que la “resistencia elegirá el momento oportuno” para responder, mientras que el consejero político, Mahmoud Qmati, habló del cruce de una “nueva línea roja”. En el plano interno, Hezbolá sostiene que Israel nunca ha respetado la tregua y que la escalada comenzó no por su rearme, sino por su apoyo a Hamás tras el 7 de octubre de 2023.
Estados Unidos, garante teórico de la tregua, fue informado del ataque casi de inmediato. Fuentes diplomáticas sugieren a las agencias internacionales de que no hubo sorpresa ya que Israel había adelantado que intensificaría los ataques si no se frenaba el rearme de Hezbolá. La posición estadounidense se mueve entre dos líneas: mantener el equilibrio regional y evitar que Israel se desvíe demasiado de su radio estratégico. Sin embargo, la ausencia de reproches públicos directos a la operación indica un margen de tolerancia.
Israel carried out an airstrike on a Beirut suburb, killing at least five people and injuring many in an attack aimed at a senior Hezbollah official https://t.co/p3eKpQ6OBI pic.twitter.com/z4PUbvuy8h
— Reuters (@Reuters) November 23, 2025
Esta dimensión internacional añade complejidad a la ecuación. El Líbano es un tablero donde actores locales conviven con intereses externos: Irán, a través de Hezbolá; Israel, con su doctrina de seguridad; y Estados Unidos, como articulador de equilibrios. El ataque contra Tabatabai no impacta solo en Beirut: afecta a Teherán, a Washington y al sistema de disuasión regional.
La reacción de Hezbolá será determinante. Durante más de un año, el grupo ha evitado respuestas directas de gran escala, incluso frente a ataques israelíes recurrentes. Pero la eliminación de uno de sus últimos mandos estratégicos cambia el tablero. Israel no descarta represalias con proyectiles contra su frontera norte o ataques contra intereses israelíes fuera de Oriente Próximo. @mundiario


