Macron rompe el muro: Europa se inclina hacia el reconocimiento de Palestina

La conferencia de la ONU en Nueva York marca un giro histórico: Francia, seguida de una decena de países, reconoce oficialmente al Estado palestino.
Emmanuel Macron, presidente de Francia. / RR SS.
Emmanuel Macron, presidente de Francia. / RR SS.

La escena en la Asamblea General de Naciones Unidas no es un gesto más en el interminable tablero de Oriente Medio: es un punto de inflexión. Emmanuel Macron, presidente de Francia, al pronunciar las palabras “ha llegado el momento de la paz”, no solo hizo un anuncio diplomático; colocó a Israel frente a un espejo incómodo y a Estados Unidos en el centro de una contradicción que ya resulta insostenible.

Porque conviene recordarlo: más de 150 países reconocen desde hace años al Estado palestino, pero ninguno de los miembros permanentes del Consejo de Seguridad había dado el paso con tanta claridad como ahora lo hace Francia. La fotografía es elocuente: cuatro de los cinco grandes —China, Rusia, Reino Unido y Francia— ya respaldan la existencia de Palestina, mientras Washington permanece como el único dique de contención, incapaz de justificar ante la comunidad internacional por qué sigue negando legitimidad a un pueblo sometido a décadas de ocupación y violencia.

El reconocimiento francés no surge en el vacío. Es la respuesta a una doble evidencia: la matanza en Gaza y la constatación de que Israel, bajo el liderazgo de Benjamín Netanyahu, ha decidido bloquear cualquier solución de dos Estados. Macron plantea, además, la creación de una administración de transición en la Franja de Gaza supervisada por la Autoridad Palestina, con el fin de desmantelar la estructura de Hamás. Es un intento de abrir una rendija de viabilidad a un proceso político ahogado por los misiles y la sangre.

La reacción no se ha hecho esperar. António Guterres, secretario general de la ONU, ha reiterado lo que en realidad es un clamor: que negar la salida de dos Estados solo llevará a Israel a un aislamiento progresivo. Su advertencia es más que diplomática: es la constatación de que el coste político de la ocupación ya no puede blanquearse con apelaciones genéricas a la seguridad nacional. Y aquí surge la pregunta clave: ¿qué alternativa propone Israel? ¿La anexión definitiva de Cisjordania? ¿La perpetuación de un régimen de discriminación y expulsiones? ¿Un único Estado en el que millones de palestinos vivan como ciudadanos de segunda?

Este reconocimiento colectivo, con países como Bélgica, Malta, Andorra o Luxemburgo sumándose a la estela francesa, pretende quebrar esa inercia. No se trata de premiar a Hamás, como insiste la Casa Blanca, sino de rescatar a los palestinos de la trampa de ser rehenes de un grupo armado y, al mismo tiempo, víctimas de una política de castigo colectivo por parte de Israel. Es también un mensaje dirigido a Europa: que el Viejo Continente no puede seguir escudándose en la parálisis estadounidense para justificar su pasividad.

El discurso de Macron, en ese sentido, tiene una lectura más amplia: rescatar la credibilidad de Europa como actor internacional. Francia y España, junto con otros socios europeos, buscan demostrar que su diplomacia no está condenada a la irrelevancia. Que el derecho internacional, tantas veces invocado y tantas veces violado, todavía puede ser la base de un acuerdo justo.

Ahora bien, conviene no caer en la ingenuidad. El reconocimiento es un paso necesario, pero insuficiente si no va acompañado de un alto el fuego inmediato en Gaza y de una presión real sobre Israel. La advertencia del comisionado de la UNRWA, Philippe Lazzarini, es clara: reconocer a Palestina en los discursos no servirá de nada si la masacre continúa. Y es aquí donde se mide la coherencia de la comunidad internacional: ¿será capaz de pasar de las palabras a los hechos, de los comunicados solemnes a la acción diplomática con consecuencias reales?

Israel, por su parte, se aferra a la retórica de la seguridad mientras pierde apoyos a un ritmo acelerado. Cada bomba sobre Gaza erosiona no solo su legitimidad moral, sino también su capital político. Cada veto de Washington en el Consejo de Seguridad deja a Estados Unidos más solo, defendiendo una posición que ni siquiera sus principales aliados europeos comparten ya.

La cuestión palestina nunca ha sido únicamente un conflicto territorial; es, ante todo, una prueba de coherencia para el orden internacional. Si la ONU, tras décadas de resoluciones incumplidas, es incapaz de imponer la solución de dos Estados, su autoridad quedará reducida a un teatro retórico. Y si la comunidad internacional se resigna a la ocupación indefinida, habrá aceptado implícitamente que en el siglo XXI aún hay pueblos condenados a vivir sin Estado, sin derechos y sin horizonte de dignidad.

El reconocimiento de Palestina, por tanto, no es un gesto simbólico ni un acto de compasión diplomática: es un intento de rescatar la idea misma de paz justa. Y, en este tablero, cada país que se suma envía un mensaje inequívoco: Israel no puede seguir actuando como si el tiempo jugara a su favor. Porque el tiempo, en realidad, se agota. Y con él, la paciencia del mundo. @mundiario

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