Macron, los referendos y el arte de gobernar sin mayoría: la última apuesta del presidente
En un intento por relanzar su legado y retomar la iniciativa política, el presidente de Francia anuncia una batería de referendos sobre reformas estructurales, en una estrategia de alto riesgo que apunta a sortear el bloqueo parlamentario.
Francia ha sido, históricamente, un laboratorio político. Y Emmanuel Macron parece decidido a seguir alimentando esa tradición, esta vez con una jugada audaz: recurrir a varios referendos simultáneos para desbloquear reformas sociales, económicas y educativas en la recta final de su segundo mandato. Sin mayoría parlamentaria y con una popularidad en declive, el presidente apuesta por una vía directa de legitimación: la consulta popular. Pero ¿es esta estrategia una maniobra de regeneración democrática o un último intento de sostener su poder ante el desgaste institucional?
Durante una intervención televisiva en prime time que duró más de tres horas, Macron asumió un formato poco habitual para un jefe de Estado: debate cara a cara con figuras de la sociedad civil, desde sindicalistas hasta ensayistas ultraliberales. La intención era clara: mostrarse como un presidente todavía en control, capaz de dialogar, escuchar y convencer. Sin embargo, el tono del arranque —una serie de críticas ciudadanas proyectadas en pantalla— marcó el tono de fondo: una opinión pública descontenta y un país atrapado en el pesimismo.
En el corazón del discurso apareció el gran anuncio: varios referendos podrían celebrarse “en los próximos meses”, en paralelo, para abordar “grandes reformas económicas” y cuestiones sociales sensibles como la ley sobre la muerte digna. El formato elegido, amparado en el artículo 11 de la Constitución francesa, permite al presidente convocar consultas con el respaldo del Gobierno, esquivando así los bloqueos legislativos en la Asamblea Nacional.
Macron, que ya sufrió una crisis política tras la impopular reforma de las pensiones y el colapso institucional tras disolver la Asamblea en junio, busca reactivar su acción de gobierno apelando directamente a la ciudadanía francesa. Es una estrategia que recuerda a la de Charles de Gaulle en los años 60: si el Parlamento no responde, se convoca al pueblo soberano. Pero también es una jugada arriesgada: si las consultas se pierden o generan mayor polarización, el efecto bumerán podría ser devastador.
Un liderazgo en transición
Macron ha ido replegando su radio de acción en los últimos meses. Tras nombrar como primer ministro a François Bayrou, figura centrista del partido MoDem (Movimiento Demócrata) que ejerce un liderazgo gris, el presidente se ha refugiado en su zona de confort: la política exterior. Allí sigue proyectando una imagen de estadista global, hablando de Ucrania, de la seguridad europea sin EE UU, y evitando pronunciamientos tajantes sobre conflictos como el de Gaza. Pero en el ámbito doméstico, el desgaste es evidente.
Su debate con Sophie Binet, líder de la CGT, lo dejó claro: la reforma de las pensiones no se tocará, pero tampoco se abrirá a consulta popular. Su negativa es una confesión: teme que en las urnas los franceses rechacen sus medidas. El referéndum, entonces, será usado selectivamente, en temas donde Macron percibe que puede construir una mayoría favorable.
La convocatoria de referendos múltiples puede parecer, en la superficie, una apuesta por reforzar la democracia participativa. Pero no debe olvidarse que esta herramienta, cuando se utiliza desde el poder como escape a la debilidad parlamentaria, puede erosionar los equilibrios institucionales. Francia no es ajena a ese dilema: el propio de Gaulle dimitió tras perder uno sobre la descentralización y la reforma del Senado en 1969.
Macron, que llegó al poder con la promesa de superar la dicotomía izquierda-derecha, se enfrenta ahora a una Francia fragmentada, polarizada con dos extremos engullendo a los partidos tradicionales (ultraderecha y extrema izquierda), sin mayorías claras y con rivales como Marine Le Pen (Reagrupamiento Nacional) y Jean-Luc Melénchon (La Francia Insumisa) al acecho. En este contexto, los referendos no solo buscan validar reformas, sino también polarizar el debate en torno a temas donde Macron aún puede aparecer como el garante del orden y la modernidad.
Legado en reconstrucción
A tres años del final de su mandato, Macron intenta algo más que gobernar: quiere fijar un legado. Y lo hace a contrarreloj, con la amenaza de quedar como un presidente cuya promesa de renovación institucional terminó empantanada en conflictos sociales y bloqueos parlamentarios.
El uso del referéndum como vía alternativa al Parlamento puede ofrecerle oxígeno político, pero también lo expone al juicio directo de un electorado cansado y exigente. Si triunfa, recuperará autoridad y reactivará su agenda. Si fracasa, el crepúsculo de su mandato se acelerará con una derrota difícilmente reversible.
Macron se la juega. Y lo hace con un método poco frecuente pero profundamente simbólico: apelar directamente al pueblo para sobrepasar a sus representantes. En una Francia donde la política interior parece suspendida y la confianza en las instituciones sigue erosionándose, los referendos prometidos podrían ser el último acto decisivo de un presidente que aún no ha renunciado a escribir el final de su propia historia. Pero también podrían convertirse en el epílogo de un proyecto político que, tras prometerlo todo, ha encontrado sus propios límites. @mundiario





