Macron y la apuesta del referéndum: ¿última maniobra para salvar su legado?
El presidente francés Emmanuel Macron se enfrenta a una de las etapas más delicadas de su carrera política. A tres años de concluir su segundo y último mandato, y sin opción a la reelección, el jefe del Estado busca maneras de contrarrestar lo que politólogos y comentaristas definen como el “síndrome del pato cojo”: ese lento pero constante vaciamiento de autoridad del mandatario saliente. Su última carta sobre la mesa es una que despierta tantas esperanzas como inquietudes: la convocatoria de un referéndum nacional sobre varios temas clave.
La hipótesis del referéndum no ha sido desmentida por el Elíseo y cobra fuerza en un contexto político en el que Macron ha perdido el control de la Asamblea Nacional, carece de una mayoría parlamentaria estable y enfrenta la amenaza constante de una moción de censura. En este marco, el referéndum no solo aparece como una herramienta constitucional viable (al amparo del artículo 11), sino como una estrategia para relanzar su programa de reformas y recobrar la iniciativa política sin depender del Parlamento.
Según revelaciones de Le Parisien, la consulta podría realizarse en septiembre y contener varias preguntas en una sola jornada electoral. Entre los temas en consideración se encuentran la ley de eutanasia, la reforma laboral, la relación de los menores con las pantallas y redes sociales, la protección social o incluso la organización territorial. Pero el asunto más delicado —y potencialmente divisivo— es la inmigración, impulsado por el ministro del Interior, Bruno Retailleau. La inmigración ha sido durante años un terreno pantanoso para la política francesa, con la extrema derecha ganando terreno cada vez que se abre ese debate.
Macron, que durante años construyó su imagen como centrista europeísta y reformista, se enfrenta a un dilema existencial: o asume su papel de piloto en un avión sin rumbo ni combustible político, o redobla la apuesta con un gesto audaz que le permita reconfigurar el terreno de juego. El referéndum representa esa segunda vía, pero no sin riesgos.
Un arma de doble filo
En Francia, los referendos son un mecanismo escasamente utilizado y de alto voltaje político. El último se celebró en 2005 para someter a consulta la Constitución Europea. El resultado fue un rotundo “no”, que tumbó al Gobierno de Jean-Pierre Raffarin apenas dos días después. Macron no desconoce el precedente: una derrota en las urnas no solo invalidaría sus reformas, sino que aceleraría su desgaste político y probablemente pondría fin al mandato de François Bayrou como primer ministro.
Además, está el factor populista. En una Francia donde los extremos —la ultraderecha de Marine Le Pen y la extrema izquierda de Jean-Luc Mélenchon— agitan constantemente las pasiones ciudadanas, la campaña previa al referéndum podría derivar en una pugna emocional más que racional. Lejos de consolidar el legado de Macron, podría convertirse en un plebiscito sobre su figura.
¿Último acto o nueva escena?
Macron ha apostado en los últimos meses por recuperar presencia en el escenario nacional. Ha intensificado su agenda institucional, ha asumido un papel protagonista en la búsqueda de una salida diplomática para la guerra en Ucrania y se someterá a una inusual entrevista televisiva este martes, en horario estelar y ante una gama heterogénea de interlocutores, que incluye desde intelectuales hasta influencers y personajes mediáticos.
Este movimiento hacia lo doméstico parece diseñado para reposicionar su presidencia después del fracaso legislativo de junio, cuando perdió la mayoría parlamentaria tras disolver la Asamblea Nacional. Pero, como ha quedado demostrado, ni el cambio de primer ministro ni el simbolismo institucional han bastado para recomponer la estabilidad del macronismo.
En última instancia, el referéndum serviría a Macron para dos fines: afianzar su autoridad en el último tramo de su mandato y proyectar su visión de Francia más allá de 2027, cuando otro ocupará el Elíseo. Pero también plantea un riesgo mayúsculo: si el resultado no le favorece, quedará reducido a un presidente simbólico, sin margen de maniobra ni legitimidad para llevar a cabo ninguna reforma estructural.
El destino de Macron podría depender, una vez más, de su audacia. Pero esta vez, su margen de error es prácticamente inexistente. Lo que está en juego ya no es solo una ley o una mayoría parlamentaria. Es la narrativa final de un presidente que llegó al poder prometiendo romper moldes y que, en su ocaso político, aún busca una forma de escribir su última palabra. ¿Será el referéndum la clave para cerrar su ciclo con dignidad o el detonante de su caída definitiva? @mundiario





