Macron prepara el regreso del servicio militar voluntario para hacer frente a la amenaza rusa

El presidente de Francia ultima un programa de alistamiento de hasta 50.000 voluntarios para ampliar la base de reservistas y responder a un entorno estratégico marcado por tensiones con Rusia.
Emmanuel Macron, presidente de Francia. - Consejo Europeo
Emmanuel Macron, presidente de Francia. - Consejo Europeo(1)

La decisión del presidente Emmanuel Macron de impulsar un servicio militar voluntario en Francia surge en un momento de reconfiguración defensiva en Europa. La guerra en Ucrania, el deterioro de las relaciones con Moscú y el aumento de incidentes híbridos —desde ciberataques hasta drones detectados en infraestructuras— han actuado como catalizador para una política de seguridad más robusta.

París, que abolió el servicio militar obligatorio en 1997 bajo Jacques Chirac, se aproxima ahora a un esquema híbrido: profesionalización del Ejército combinada con una vía de movilización parcial para jóvenes.

La propuesta en estudio apunta a un modelo progresivo: 3.000 voluntarios a partir de 2026, en un servicio de 10 meses remunerado entre 900 y 1.000 euros mensuales, con el objetivo de alcanzar 50.000 efectivos en 2035. La iniciativa complementaría el incremento planificado de militares en activo —de 200.000 a 210.000— y de reservistas —de 50.000 a 80.000 para 2030—. El cálculo estratégico es claro: ampliar la base humana para escenarios de guerra prolongada, algo que el propio Estado Mayor viene advirtiendo desde hace meses.

Las declaraciones del general Fabien Mandon han marcado el tono. Frente a los alcaldes franceses sostuvo que el país debe estar dispuesto a “aceptar perder a sus hijos y sufrir económicamente” en caso de conflicto. No se trata solo de un mensaje belicista; es una señal de que la doctrina de defensa se reajusta hacia el concepto de “alta intensidad”, donde el volumen de tropas vuelve a ser un factor decisivo. Su antecesor, Thierry Burkhard, ya identificó a Francia como objetivo prioritario para Moscú, lo que refuerza la idea de que la competencia estratégica no se limita a los países fronterizos con Rusia.

Macron, por su parte, enmarca la medida en un horizonte de disuasión. Durante la cumbre del G20 en Johannesburgo (Sudáfrica) insistió en que, en un mundo de tensiones crecientes, Francia “debe ser una nación fuerte con un Ejército fuerte” capaz de movilizarse colectivamente. No se trata de reinstaurar la conscripción universal, sino de ofrecer un marco adicional de servicio: no solo para combatir, sino también para operar sistemas, proteger infraestructuras o apoyar misiones logísticas. Es, en esencia, un instrumento de resiliencia nacional.

La iniciativa francesa se inserta en una tendencia europea más amplia. Países bálticos como Lituania (2015) y Letonia (2024) restablecieron el servicio militar tras la anexión rusa de Crimea en 2014. Suecia lo reactivó en 2017 y Dinamarca estudia ampliar su duración. Bélgica y Alemania han reabierto el debate, y Grecia, Chipre, Finlandia y Austria nunca abandonaron la conscripción. La demanda es transversal: elevar la capacidad defensiva ante un entorno de riesgo prolongado, donde los ejércitos profesionales resultan insuficientes para escenarios de desgaste.

El caso francés tiene matices propios. París ha construido desde hace décadas un modelo militar altamente especializado —fuerzas expedicionarias, disuasión nuclear, autonomía estratégica europea—, pero carece de una reserva amplia y entrenada.

El servicio militar voluntario se presenta como una respuesta a esa carencia: una vía para captar jóvenes con interés en seguridad y defensa, integrarlos en estructuras de entrenamiento y convertir parte de ellos en reservistas permanentes. Los 2.000 euros netos contemplados en la Revisión Estratégica Nacional para ciertos perfiles buscan incentivar el compromiso a medio plazo.

Políticamente, el proyecto divide. Derecha y ultraderecha lo respaldan como herramienta para fortalecer la defensa y reforzar el patriotismo. La izquierda, en cambio, teme que la iniciativa desemboque en militarización interna o en una puerta de entrada hacia un “servicio obligatorio encubierto”. Figuras como Patrick Kenner, portavoz socialista en el Senado, prefieren mantener un Ejército profesional, aunque no cierran la puerta a un sistema voluntario escalonado.

Un elemento adicional explica el impulso de Macron: la cohesión social. En un país fragmentado por brechas territoriales, generacionales e identitarias, la formación militar se presenta como un espacio transversal donde las diferencias se subordinan a un objetivo común. Alemania y Bélgica argumentan algo similar en su reactivación: la defensa no es solo un asunto de soldados, sino de sociedad.

La incógnita central reside en la implementación. El Ministerio de Defensa mantiene silencio sobre detalles operativos, mientras Alice Rufo, viceministra del ramo, confirma “trabajos en curso”. Quedan preguntas abiertas: ¿cuál será el programa de entrenamiento?, ¿cómo se integrarán mujeres y minorías?, ¿qué incentivos de carrera ofrecerá el Estado? Francia camina sobre un alambre: aumentar su músculo militar sin fracturar el consenso social ni reabrir un modelo de conscripción que el país abandonó hace casi tres décadas.

Macron apuesta a que la seguridad europea entra en una fase de largo plazo en la que la amenaza rusa no es un episodio coyuntural, sino un vector estructural de política exterior. El servicio militar voluntario no es un regreso al pasado, sino una señal: Francia prepara a su sociedad para convivir con un riesgo sostenido y busca un punto de equilibrio entre defensa profesional y participación civil organizada. @mundiario

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