Lecornu, atrapado en el laberinto fiscal: Francia vuelve a asomarse al precipicio político
Sébastien Lecornu, primer ministro de Francia y rostro visible del macronismo en su intento por sostener un Ejecutivo sin mayoría, afronta uno de los momentos más críticos desde su llegada a Matignon. Las negociaciones para aprobar la nueva Ley de Presupuestos se han convertido en una batalla por la supervivencia política, donde cada concesión abre un nuevo frente y cada silencio agranda el vacío de poder que dejó un presidente Emmanuel Macron cada vez más ausente de la política doméstica.
El Gobierno francés camina por la cuerda floja. Sin mayoría absoluta y sin el paraguas presidencial que antes amortiguaba los golpes, Lecornu intenta un equilibrio casi imposible: mantener dentro del perímetro de la no censura a los socialistas, mientras evita irritar a sus socios de Los Republicanos (LR), cuya colaboración es indispensable para que los números cuadren. La tarea, sin embargo, se ha tornado casi utópica. El rechazo de ambos bloques a pasar por las urnas —por temor a que el avance de los extremos de La Francia Insumisa (LFI) y el Reagrupamiento Nacional (RN) reconfigure el tablero— es, por ahora, el único pegamento que mantiene unido a un Gobierno exhausto.
El tiempo juega en contra. Si no hay un texto aprobado antes de fin de año, Francia se verá abocada a un escenario temido: elecciones legislativas anticipadas. Una repetición del bloqueo que, hace apenas 16 meses, hundió al país en una parálisis institucional. “Es una carrera de fondo muy incierta, en la que uno puede caer en cualquier momento”, confesó Lecornu en Le Parisien, consciente de que su margen político se reduce a días, quizás horas.
El primer ministro ha renunciado voluntariamente al artículo 49.3 de la Constitución, que le habría permitido aprobar el presupuesto por decreto, en un intento por recuperar el pulso parlamentario y el diálogo político. Pero ese gesto le ha dejado sin red de seguridad. A cambio de evitar la acusación de autoritarismo, ha quedado a merced de una Asamblea Nacional dividida en tres bloques equivalentes, donde las negociaciones se enredan en torno a impuestos, herencias, pensiones y una deuda pública que ya supera el 115 % del PIB.
La pugna por las finanzas francesas para evitar elecciones
El punto más tenso de las discusiones ha sido el rechazo a la llamada “tasa Zucman”, un impuesto del 2 % sobre fortunas superiores a 100 millones de euros, impulsado por el Partido Socialista (PS). Su derrota, con los votos en contra del centro, la derecha y la extrema derecha, ha erosionado el frágil entendimiento entre el Ejecutivo y los socialistas. El líder del PS, Olivier Faure, trató de calmar los ánimos asegurando que “el camino hacia un acuerdo es estrecho, pero aún posible”. Sin embargo, su grupo parlamentario ya ha advertido de que podría votar en contra del texto si no se introducen cambios sustanciales, lo que equivaldría a una moción de censura de facto.
El escenario se agrava por el diagnóstico del Tribunal de Cuentas, que ha alertado de que el déficit de los regímenes sociales podría alcanzar en 2026 el doble del registrado el año pasado. Las medidas de ahorro propuestas por el Gobierno —como la congelación de pensiones o el aumento de cotizaciones locales— han sido rechazadas, mientras que las pocas aprobadas, como la reimplantación del “exit tax”, apenas aportan ingresos simbólicos frente a lo que el ex primer ministro Michel Barnier definió como “el Himalaya” de la deuda francesa.
A falta de un acuerdo, a Lecornu le quedan dos salidas igualmente arriesgadas: recurrir a ordenanzas legislativas con fuerza de ley, o presentar una prórroga excepcional de los presupuestos de 2025. Ambas opciones implican saltarse el consenso parlamentario y abrir la puerta a una moción de censura casi segura. Sería, en los hechos, la tercera caída de un primer ministro en apenas un año.
Lecornu, que sobrevivió a su primera gran crisis aceptando la suspensión de la impopular reforma de las pensiones, intenta ahora sostener la legitimidad de un Ejecutivo sin brújula. Su estilo dialogante y pragmático —una rareza en la política francesa reciente— le ha permitido ganar algo de tiempo, pero no aliados duraderos. La paciencia de los socialistas se agota, y Los Republicanos se niegan a apoyar un texto con tintes progresistas. Mientras tanto, la ultraderecha de Marine Le Pen observa en silencio, esperando capitalizar el desgaste del Gobierno.
La historia reciente de Francia parece repetirse: un Ejecutivo sin mayoría, un Parlamento atomizado y un presidente distante. Sébastien Lecornu, que llegó a Matignon con la misión de restablecer la gobernabilidad, se enfrenta ahora al vértigo del precipicio institucional. Si el presupuesto fracasa, no solo caerá su Gobierno: caerá también la última ilusión de que el macronismo aún puede ser el centro de gravedad de una Francia que, una vez más, se desliza hacia la fragmentación política y la incertidumbre económica. @mundiario





