Macron, atrapado en su propio juego: Francia se asoma al abismo de la parálisis institucional

La dimisión Lecornu deja al presidente en la encrucijada más delicada de su segundo mandato, con tres primeros ministros en apenas un año, con un Parlamento fracturado, la presión de los mercados y el reclamo de elecciones.
Emmanuel Macron, presidente de Francia. - Consejo Europeo
Emmanuel Macron, presidente de Francia. / Consejo Europeo

Emmanuel Macron vuelve a caminar sobre el alambre. La dimisión de su primer ministro, Sébastien Lecornu, tras menos de un mes en el cargo, ha devuelto a Francia a la incertidumbre más profunda desde la disolución de la Asamblea Nacional en junio de 2024. Aquel movimiento arriesgado del presidente, concebido para clarificar el mapa político y reforzar su autoridad, terminó por abrir una grieta institucional que no ha dejado de ensancharse. Hoy, más de un año después, el presidente parece atrapado en su propio laberinto político, sin mayoría parlamentaria, sin aliados sólidos y bajo la creciente presión de los mercados y de una ciudadanía exasperada.

El escenario es inédito incluso para los estándares de la política francesa. Con cinco primeros ministros en menos de tres años —tres de ellos en apenas doce meses—, la V República atraviesa una crisis de gobernabilidad que pone en cuestión los cimientos mismos del sistema diseñado por Charles de Gaulle para evitar este tipo de parálisis. El Elíseo anunció que Macron se daba “dos días más” para encontrar una salida antes de “asumir sus responsabilidades”, una fórmula ambigua que deja abierta la posibilidad tanto de una disolución del Parlamento como, en el extremo menos probable, de su propia dimisión.

El problema, sin embargo, va mucho más allá de los nombres o los plazos. La disolución de 2024 —que pretendía resolver la fragmentación política surgida tras el ascenso simultáneo de la izquierda radical de Jean-Luc Mélenchon y de la extrema derecha de Marine Le Pen— acabó produciendo un Parlamento imposible de gestionar. Ningún bloque alcanzó la mayoría necesaria, y la Francia de Macron se convirtió en un país ingobernable. El resultado ha sido una sucesión de gobiernos fallidos, mociones de censura frustradas y una sensación generalizada de agotamiento político.

Lecornu, considerado uno de los colaboradores más fieles del presidente desde 2017, ha sido la última víctima de esa inercia. Su renuncia, apenas 27 días después de asumir el cargo, refleja el bloqueo total de las instituciones. No llegó siquiera a presentar su declaración de política general ante la Asamblea Nacional, consciente de que sería derribado de inmediato. Su salida, además, coincide con un deterioro de la confianza económica: la deuda pública ha escalado hasta el 115 % del PIB y la prima de riesgo respecto a Alemania roza los 90 puntos básicos, su nivel más alto desde la crisis del euro.

La oposición exige convocar elecciones

La crisis política francesa tiene, además, un componente estructural. El sistema presidencialista, pensado para garantizar la estabilidad frente al parlamentarismo débil de la IV República, se ha mostrado ineficaz ante la fragmentación actual. La llegada de Macron en 2017 pretendía precisamente superar las viejas divisiones entre derecha e izquierda mediante un proyecto centrista, pero la realidad ha sido la contraria: la emergencia simultánea de fuerzas populistas en ambos extremos ha dinamitado el equilibrio institucional. Francia no solo ha dejado de ser bipartidista; ha dejado de saber pactar.

Las críticas al presidente provienen ya de todos los frentes. Marine Le Pen ha exigido su dimisión o una nueva disolución parlamentaria, mientras Juan-Luc Mélenchon lo acusa de “ser el origen del caos”. Pero la contestación más preocupante para Macron ha llegado desde dentro de su propio partido, Renacimiento. El ex primer ministro Gabriel Attal, hoy presidente de la formación, cuestionó abiertamente las decisiones del jefe del Estado y denunció su “obsesión por concentrar el poder”. Ese fuego amigo refleja una fractura interna que debilita aún más la autoridad presidencial.

El desgaste personal de Macron es palpable. Su popularidad ronda el 15 %, el nivel más bajo de toda su carrera política, y las encuestas indican que el 73 % de los franceses considera que debería dimitir. El presidente, limitado constitucionalmente a dos mandatos, no puede presentarse a las elecciones de 2027, lo que agrava su sensación de final de ciclo.

Las opciones de Macron

En medio de esta tormenta, Macron dispone de cuatro salidas, todas de alto riesgo: mantener a Lecornu e intentar recomponer su Gobierno; nombrar un nuevo primer ministro de consenso; disolver de nuevo la Asamblea y convocar elecciones anticipadas; o dimitir, abriendo la puerta a un adelanto presidencial. Ninguna de ellas garantiza estabilidad. Las encuestas señalan que unos nuevos comicios producirían una Asamblea tan fragmentada como la actual, y que el Reagrupamiento Nacional (RN) de Le Pen podría incluso reforzarse, lo que supondría un golpe irreversible para el macronismo.

La parálisis francesa ha encendido las alarmas en Bruselas y en los mercados internacionales. Francia es, junto con Alemania, el pilar económico de la Unión Europea, y su fragilidad política amenaza con contagiar al conjunto del bloque. Con la guerra de Ucrania en curso, la incertidumbre sobre Oriente Próximo y las tensiones sociales internas —alimentadas por la inflación y las reformas aplazadas—, el vacío de poder en París tiene repercusiones que van mucho más allá de sus fronteras.

Macron, que llegó al poder en 2017 como símbolo de renovación, corre ahora el riesgo de pasar a la historia como el presidente que llevó a la V República a su límite. El sistema que de Gaulle diseñó para evitar el desgobierno se enfrenta a su prueba más dura en seis décadas. Francia, entre la dimisión y la disolución, entre la estabilidad imposible y el cambio impredecible, busca una salida que no termina de aparecer. Y mientras tanto, el presidente, atrapado por sus propias decisiones, parece haber quedado solo en el centro del escenario, esperando un desenlace que cada día se antoja más inevitable. @mundiario

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