Irán enreda a los países del Golfo en la guerra y obliga a la UE a respaldar a EE UU e Israel

La negativa de Teherán a retomar el diálogo nuclear, la multiplicación de ataques contra países vecinos en el Golfo Pérsico y el impacto sobre infraestructuras civiles han expandido el conflicto a buena parte de Oriente Próximo y la frontera sur de la UE.
Donald Trump, presidente de EE UU; junto a Mohamed bin Salmán, príncipe heredero y primer ministro de Arabia Saudita. / @spagov
Donald Trump, presidente de EE UU; junto a Mohamed bin Salmán, príncipe heredero y primer ministro de Arabia Saudita. / @spagov

La guerra abierta entre Irán y el eje formado por EE UU e Israel ha dejado de ser un enfrentamiento bilateral para convertirse en una crisis regional con implicaciones globales. En las últimas horas, Teherán ha intensificado sus ataques con misiles y drones contra infraestructuras estratégicas y civiles en países del Golfo, ampliando el teatro de operaciones y tensionando a aliados clave de Occidente.

Al mismo tiempo, la ruptura del canal diplomático entre Washington y Teherán tras los bombardeos conjuntos ha enterrado —al menos por ahora— la vía negociadora sobre el programa nuclear iraní. El nuevo liderazgo de seguridad en la República Islámica, encabezado por Ali Larijani tras la muerte del ayatolá Ali Jamenei, ha descartado públicamente cualquier retorno inmediato a la mesa de diálogo con la Casa Blanca.

Lo que comenzó como una operación dirigida a degradar capacidades militares iraníes ha derivado en una espiral de represalias que ya alcanza a Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Qatar y Baréin. Refinerías, puertos comerciales y aeropuertos internacionales han sido alcanzados en una serie de ataques que estos gobiernos califican de violaciones directas de su soberanía.

Aunque el ministro iraní de Exteriores, Abbas Araghchi, sostiene que los objetivos son activos estadounidenses desplegados en la región, los daños en hoteles, terminales aéreas y zonas residenciales han generado víctimas civiles y elevado la presión interna en las petromonarquías del Golfo.

La respuesta conjunta de estos países —en coordinación con Washington— ha invocado el derecho a la legítima defensa y ha endurecido el tono diplomático hacia Teherán. El Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) ha calificado los ataques de “brutales” y “traicioneros”, reflejando un deterioro acelerado de las relaciones regionales.

El colapso de la vía diplomática

Hace apenas días, delegaciones de Washington y Teherán mantenían conversaciones en Ginebra con la expectativa de reanudarlas en Viena bajo auspicio internacional. La ofensiva militar rompió ese proceso. Mientras el presidente estadounidense Donald Trump insistía en que Irán “quiere hablar”, desde Teherán se negaba haber solicitado formalmente retomar el diálogo.

Este intercambio contradictorio evidencia la desconfianza mutua y el cierre de canales que, hasta ahora, habían servido para evitar un choque directo. El resultado es una guerra en expansión, sin mediación efectiva y con múltiples actores afectados. También se abren nuevos frentes, ya que los remanentes del Eje de la Resistencia, la red de aliados paraestatales apoyada por Teherán, ha anunciado su apoyo al régimen de los ayatolás. Por ello, la milicia chií Hezbolá comenzó a disparar cohetes hacia Israel, quien respondió con bombardeos en los barrios del sur de Beirut; mientras que en Yemen los hutíes se activan para reanudar sus ataques sobre el Mar Rojo.

Uno de los elementos más preocupantes de la escalada es el impacto sobre infraestructuras civiles críticas. Aeropuertos internacionales en Dubái, Abu Dabi y Manama han sufrido incidentes; en el estratégico Estrecho de Ormuz se han registrado ataques a buques petroleros; y grandes complejos urbanos del Golfo, diseñados como polos financieros y turísticos globales, se han visto por primera vez bajo amenaza directa.

Estos espacios nunca fueron concebidos como zonas de combate. Su vulnerabilidad altera el cálculo de los gobiernos árabes, que hasta ahora buscaban evitar verse arrastrados a una guerra abierta entre potencias.

Europa se implica en la guerra

La expansión del conflicto ha tenido un efecto inmediato en Bruselas. La Unión Europea, que inicialmente apelaba a la contención y al retorno a la negociación, enfrenta ahora la presión de proteger intereses energéticos, comerciales y de seguridad en la región. Tras el ataque de Teherán a suelo europeo en Chipre, incluyendo la base militar británica de Akrotiri, y el impacto de los proyectiles sobre otra instalación militar francesa en Dubái, movilizaron a Alemania, Francia y el Reino Unido a sumarse a las acciones operativas para “defender” sus intereses en la región.

El aumento de ataques contra infraestructuras petroleras y rutas marítimas estratégicas afecta directamente a la estabilidad de los mercados energéticos y al comercio global. En este contexto, varios Estados miembros han expresado su respaldo al derecho de defensa frente a los ataques iraníes y han reforzado su coordinación con Washington.

Sin implicarse formalmente en la ofensiva, la UE se ve progresivamente alineada con la narrativa estadounidense e israelí que presenta la operación como una respuesta a amenazas inminentes a la seguridad de Occidente, debido a la proliferación nuclear y misilística iraní. El equilibrio entre condenar la escalada y respaldar a aliados bajo ataque se vuelve cada vez más estrecho.

La ampliación de la guerra a múltiples frentes regionales aumenta el riesgo de errores de cálculo. La implicación directa o indirecta de actores como Turquía, Egipto u Omán —que hasta ahora intentaban mediar— podría alterar aún más el tablero. Irán buscaba disuadir a los países del Golfo de facilitar operaciones estadounidenses desde su territorio y forzar presión internacional para frenar la ofensiva, sin embargo, la estrategia podría resultar contraproducente al consolidar un frente más amplio en su contra.

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