Francisco, el Papa de las periferias: el pontífice que hizo historia lejos del centro del poder
Si Juan Pablo II fue conocido como el “Papa viajero” por recorrer más de 120 países, Francisco ha ido un paso más allá en contenido, no tanto en cantidad. Sus 47 viajes apostólicos a 66 naciones no han buscado el espectáculo ni la cifra redonda, sino un objetivo profundamente simbólico y pastoral: mostrar que la Iglesia no es solo Roma, París o Madrid, sino también Papúa Nueva Guinea, Sudán del Sur o Mongolia.
La elección de sus destinos habla por sí sola. Mientras las grandes potencias católicas como España se quedaron esperando una visita oficial, Bergoglio puso rumbo a lugares tan inesperados como Timor Oriental, Myanmar o la República Democrática del Congo. Ha preferido los confines del planeta a los escenarios de gloria. Y ese gesto, lejos de ser anecdótico, define toda su visión del mundo: ir a las periferias para ver la realidad sin maquillaje.
Su primer viaje como pontífice, en julio de 2013, no fue a una gran catedral ni a un foro multirreligioso, sino a la isla italiana de Lampedusa, el símbolo europeo del drama migratorio. Allí, frente al mar Mediterráneo convertido en tumba, pronunció su ya célebre denuncia del “naufragio de la civilización”. No sería la última vez que clamara contra la indiferencia de Occidente ante los migrantes: “una política migratoria no puede construirse a partir del privilegio de unos y el sacrificio de otros”, dijo hace solo unas semanas, en referencia a los nuevos muros que se alzan en el mundo, en particular el del EE UU bajo la administración de Donald Trump.
Este compromiso con los olvidados ha estado presente en cada uno de sus viajes. En Papúa Nueva Guinea, denunció la deforestación brutal que devora la selva y destruye culturas milenarias. En Irak, en 2021, abrazó a una comunidad cristiana perseguida por décadas y selló un histórico encuentro con el gran ayatolá Ali Sistani, en la primera visita de un sumo pontífice romano a la antigua Mesopotamia, símbolo de su voluntad de tender puentes entre credos en una región fragmentada.
Una visión pastoral frente a la lógica geopolítica
A diferencia de sus predecesores, Francisco ha rechazado en muchas ocasiones el boato de las visitas de Estado. Ha viajado con zapatos negros, cómodos, sencillos, en lugar del calzado rojo pontificio que simbolizaba la tradición vaticana. Ha buscado más la cercanía con la gente común que las reuniones con presidentes. Incluso cuando visitó EE UU o la ONU, lo hizo con discursos incómodos, centrados en la justicia social, la paz, el cuidado del planeta y la dignidad de los pobres.
En la cumbre del G-7 del año pasado, hizo historia al ser el primer Papa en asistir. Allí no se limitó a bendecir a los poderosos, sino que advirtió sobre los riesgos de la inteligencia artificial como nuevo factor de deshumanización. Dejó claro que la voz moral del Vaticano sigue teniendo peso simbólico en un mundo cada vez más tecnocrático.
Latinoamérica, una herida abierta en su itinerario
Aunque muchos esperaban que, por ser argentino, Francisco priorizara a América Latina, su agenda ha sorprendido incluso a los suyos. Apenas viajó siete veces al subcontinente.
Su discurso ante el Congreso de EE UU fue criticado por su carga política. Y, sin embargo, reflejaba su esencia: un pastor que no se acomoda al poder, sino que lo interroga desde los márgenes. Así lo hizo también en sus intervenciones ante Naciones Unidas, donde alertó sobre la devastación ecológica, la indiferencia ante los pobres y el riesgo de una globalización sin alma.
Francisco no ha sido un pontífice para las multitudes, sino para los olvidados. Ha hecho historia no por las veces que salió del Vaticano, sino por a dónde decidió ir. Cada viaje fue una declaración de intenciones, una homilía sin palabras sobre qué Iglesia quiere encarnar: una que escucha antes de predicar, que abraza antes de condenar, que camina con los últimos antes de sentarse con los primeros. @mundiario





