Europa se asoma al filo de la coherencia con Israel
La intervención de Ursula von der Leyen en el Parlamento Europeo marca un punto de inflexión que muchos daban por improbable. Durante meses, la jefa del Ejecutivo comunitario ha esquivado las llamadas a actuar frente a la devastación en Gaza, refugiándose en discursos humanitarios sin consecuencias prácticas. Sin embargo, la magnitud de la tragedia —más de 64.000 muertos, un territorio devastado y millones de personas desplazadas— ha hecho insostenible la inercia. La propuesta de suspender parcialmente el acuerdo de asociación con Israel en su capítulo comercial no solo tiene un alcance simbólico; implica tocar la fibra más delicada de cualquier relación internacional: los intereses económicos.
El movimiento de Von der Leyen no puede entenderse únicamente como un gesto humanitario. Se produce en un contexto en el que la presidenta se juega su legitimidad como líder europea y, en cierta medida, como garante de una cierta unidad moral en la política exterior de la Unión. Sus palabras llegan después de meses de acusaciones de doble rasero: severidad con Rusia por la invasión de Ucrania y complacencia con Israel pese a las flagrantes violaciones del derecho internacional en Gaza.
Los Estados miembros más críticos —con España a la cabeza— venían reclamando desde hace tiempo un paso de este calibre. En esa presión constante se ha fraguado un escenario en el que Von der Leyen ya no podía seguir presentándose como una presidenta neutral cuando la Eurocámara se teñía de rojo en solidaridad con las víctimas palestinas.
Gaza en la conciencia europea
El contraste de su discurso fue revelador: casi un tercio de sus primeras palabras se dirigieron a Ucrania, a la seguridad europea y al rearme frente a Rusia. Pero cuando le tocó referirse a Gaza, la cadencia cambió. Reconoció la brutalidad de lo que allí ocurre con imágenes que apelaban directamente a la conciencia colectiva: madres con bebés sin vida, personas abatidas mientras pedían comida. No empleó la palabra “genocidio”, como sí lo hizo su vicepresidenta Teresa Ribera días antes, pero su diagnóstico fue inusualmente contundente para alguien que hasta ahora se había parapetado en la prudencia.
Suspender la parte comercial del acuerdo con Israel es una medida de alto voltaje político y diplomático. Por un lado, envía una señal clara de que Bruselas no está dispuesta a seguir actuando como si nada ocurriera. Por otro, corre el riesgo de dividir aún más a los Veintisiete. Von der Leyen lo reconoció sin ambages: lo que para unos será insuficiente, para otros será excesivo. Esa tensión interna refleja el verdadero talón de Aquiles de la Unión: la incapacidad para hablar con una sola voz cuando el escenario internacional exige coherencia.
El dilema de la presidenta es evidente. Si avanza demasiado, perderá apoyos entre gobiernos reticentes a confrontar a Israel. Si se queda corta, alimentará la percepción de que Bruselas es un gigante económico con pies de barro moral.
España, en el centro de la jugada
El ministro de Exteriores, José Manuel Albares, no tardó en atribuir la decisión al liderazgo del Gobierno español. Más allá del tono triunfalista, lo cierto es que la presión de Madrid —junto a otros socios progresistas— ha sido determinante para abrir la puerta a una medida de este calado. España habría preferido una suspensión total, pero asume el paso como una victoria parcial en una batalla de fondo: la de impulsar una política europea más alineada con la defensa de los derechos humanos.
El desafío ahora es que las palabras se conviertan en hechos. La Comisión Europea tiene un largo historial de declaraciones solemnes que se diluyen en la maraña de consensos imposibles. La propia Von der Leyen reconoció la dificultad de lograr mayorías. Y sin embargo, si el anuncio no cristaliza en sanciones tangibles contra ministros extremistas y colonos violentos, la iniciativa corre el riesgo de quedar como una maniobra cosmética más.
Una prueba de coherencia para Europa
La cuestión de fondo no es Israel, ni siquiera Gaza: es la credibilidad de la Unión Europea como actor global. La defensa de la legalidad internacional no puede ser selectiva, ni depender del mapa de alianzas geoestratégicas. Si Bruselas aspira a ser tomada en serio más allá de sus fronteras, no puede aplicar vara de hierro en Ucrania y guante de seda en Palestina.
La suspensión parcial del acuerdo con Israel, aún por concretar, es apenas un primer paso. Pero es también una señal de que la presión ciudadana y política empieza a perforar la coraza de la realpolitik. El verdadero examen llegará cuando esa propuesta de Von der Leyen tenga que traducirse en decisiones vinculantes y en una política exterior europea que deje de esconderse detrás de la retórica. @mundiario


