Tras el plan libanés para desarmar a Hezbolá, EE UU busca el compromiso de Israel para un alto el fuego

El enviado especial de EE UU Tom Barrack y el Presidente del Parlamento de Líbano Nabih Berri. / @USAMBTurkiye
Washington ve una oportunidad inédita para estabilizar el Líbano y la región, pero la resistencia de la milicia y la cautela de Tel Aviv ponen en duda la viabilidad de un acuerdo que compagine seguridad y reconstrucción.

El enviado especial de Estados Unidos para el Líbano, Tom Barrack, aseguró en Beirut que su equipo mantendrá conversaciones con Israel con el fin de explorar un alto el fuego duradero. El anuncio se produjo tras la decisión del Gobierno libanés de respaldar un plan de desarme de Hezbolá, medida que Washington considera un primer paso crucial para reducir las tensiones regionales. “Creo que el Gobierno libanés ha hecho su parte. Han dado el primer paso. Ahora lo que necesitamos es que Israel cumpla con ese apretón de manos igualitario”, subrayó Barrack tras reunirse con el presidente Joseph Aoun.

La apuesta estadounidense combina dos elementos: seguridad y reconstrucción. Además del componente militar, el enviado dejó claro que Washington impulsará una propuesta económica para la restauración del país, duramente golpeado por la guerra y por una prolongada crisis financiera interna. “El siguiente paso es la participación de Israel y necesitamos un plan económico para la prosperidad, la restauración y la renovación”, explicó Barrack, consciente de que la estabilidad política solo será posible si se alivian las presiones sociales.

El plan libanés constituye una novedad en la historia reciente del país. A principios de agosto, el Ejecutivo ordenó al Ejército elaborar una estrategia para el desarme de Hezbolá antes de fin de año, algo inédito desde que las milicias de la guerra civil abandonaran sus armas en los noventa. La decisión fue interpretada por Washington como una muestra de voluntad política, aunque rápidamente generó fricciones con el propio grupo chií respaldado por Irán.

Hezbolá respondió con dureza. Su líder, Naim Qassem, advirtió de que “no habrá vida en el Líbano” si el Estado intenta confiscar sus arsenales por la fuerza. También señaló que cualquier intento de desarme constituiría una “orden de Estados Unidos e Israel” y amenazó con un enfrentamiento abierto que podría desembocar en una nueva inestabilidad interna. En la práctica, esto plantea un grave dilema para el Gobierno libanés: avanzar en el cumplimiento de su compromiso sin desencadenar un conflicto civil.

Israel, por su parte, mantiene una postura ambivalente. El acuerdo de alto el fuego de noviembre establecía que todas las armas en el Líbano debían estar bajo control estatal y que las fuerzas israelíes se retirarían completamente del territorio. Sin embargo, Tel Aviv conserva tropas en cinco posiciones fronterizas que considera estratégicas. Además, desde entonces continúa realizando bombardeos selectivos contra objetivos que, según afirma, violan la tregua. El Gobierno israelí ha dejado entrever que no dudará en intensificar sus operaciones si no se concreta el desarme de Hezbolá.

La diplomacia estadounidense se enfrenta así a una ecuación compleja que involucra convencer a Israel de que ceda posiciones y reduzca la presión militar, al mismo tiempo que respalda a un Gobierno libanés limitado en recursos y enfrentado a un actor armado con suficiente capacidad de disuasión. “Estamos en proceso de discutir con Israel cuál es su posición”, reconoció Barrack, quien adelantó que en “las próximas semanas” podrían verse avances en varias direcciones.

El presidente Joseph Aoun ha intentado reforzar la legitimidad del plan con propuestas adicionales. Entre ellas, incrementar la financiación de las Fuerzas Armadas libanesas y buscar apoyo internacional para la reconstrucción del país. Según el Banco Mundial, la guerra con Israel a finales de 2024 generó pérdidas por más de 11.100 millones de dólares y devastó amplias zonas del sur y del este. En paralelo, la economía libanesa lleva años sumida en una crisis que ha hundido la moneda y empobrecido a gran parte de la población.

En este marco, Washington plantea un enfoque integral. La idea es que el desarme de Hezbolá no sea percibido únicamente como una concesión de seguridad a Israel, sino como parte de un paquete más amplio que incluya inversión, infraestructura y estabilidad institucional. Barrack ha insistido en que “lidiar con Hezbolá es un proceso libanés”, lo que busca dejar en claro que la iniciativa debe sostenerse desde Beirut, aunque con apoyo externo.

El reto principal sigue siendo la resistencia de Hezbolá. Su capacidad militar y su arraigo social en las comunidades chiíes lo convierten en un actor difícil de marginar sin costes. Si bien el gobierno ha mostrado determinación, la amenaza de “inseguridad nacional” que esgrime Qassem refleja el riesgo de que cualquier intento de desarme precipite una crisis interna que debilite aún más al Estado libanés. @mundiario