El desafío del nuevo Líbano: ¿ha llegado la hora del desarme de Hezbolá?

El nuevo Gobierno libanés, liderado por el presidente Joseph Aoun, encara un reto monumental: desarmar a Hezbolá, la milicia chií que ha dominado la escena político-militar del país durante décadas.
Bombardeo de Israel en el bastión de Hezbolá en el Líbano. / RR.SS
Bombardeo de Israel en el bastión de Hezbolá en el Líbano. / RR.SS

El Líbano transita por un momento histórico. Por primera vez desde el fin de la guerra civil en 1990, el Estado ha declarado abiertamente su intención de desarmar a Hezbolá, el partido-milicia islamista que ha actuado como un Estado dentro del Estado. Lo ha hecho a través de la voz de Joseph Aoun, nuevo presidente del país y exjefe del Ejército, cuya elección ha sido interpretada como una maniobra geopolítica orquestada entre Washington y Riad para minar la influencia iraní en el Levante mediterráneo.

La declaración de intenciones no ha sido ambigua. “La decisión está tomada”, afirmó Aoun en una entrevista reciente. Las armas, sentenció, deben estar únicamente en manos del Estado libanés. Por primera vez en su historia, el Gobierno ha convocado una sesión oficial dedicada exclusivamente al desarme de una milicia. Es un paso inédito y simbólico que revela la seriedad del proyecto, pero también la dimensión del desafío.

Hezbolá no atraviesa su mejor momento. Tras la ofensiva israelí que se prolongó durante buena parte de 2024, la organización islamista chií ha salido visiblemente mermada. Aunque el alto el fuego firmado en noviembre con Tel Aviv puso fin a los enfrentamientos más intensos, las Fuerzas de Defensa de Israel han mantenido una campaña de presión militar continua sobre el sur del Líbano, con ataques casi diarios bajo la justificación de impedir el rearme del grupo.

A nivel interno, Hezbolá se enfrenta a una creciente oposición entre sectores de la sociedad libanesa, incluidas comunidades chiíes afectadas por la devastación. Sin encuestas fiables, el termómetro político se mide en el clima social: hay hartazgo, cansancio y menos miedo. La percepción de invulnerabilidad del grupo empieza a resquebrajarse.

En el plano diplomático, la presión es más evidente que nunca. Estados Unidos, a través de emisarios como Morgan Ortagus, ha intensificado su presencia en Beirut para impulsar el desarme como condición para la estabilidad. Las palabras de Ortagus durante su última visita —agradeciendo a Israel “por vencer a Hezbolá”— provocaron un terremoto político en el Líbano, pero también dejaron entrever que el margen de maniobra para el grupo se reduce aceleradamente.

Un nuevo Gobierno sin vínculos con Hezbolá

La ruptura política se consolidó en febrero de 2025, con la formación de un Ejecutivo que por primera vez en lustros no está condicionado por la influencia de Hezbolá. Esto ha permitido reactivar resoluciones internacionales como la 1701 y la 1559 del Consejo de Seguridad de la ONU, que obligan al desarme de todas las milicias y al control del sur por parte del ejército libanés y los cascos azules.

La política oficial ahora responde a una lógica estatal: la del monopolio de las armas. Es una ruptura conceptual con el pasado reciente, cuando se aceptaba —de facto y de iure— que el brazo armado de Hezbolá era parte del dispositivo defensivo nacional frente a Israel. Hoy, esa narrativa ha perdido vigencia ante el coste humano, político y económico que ha supuesto la última guerra.

Obstáculos, riesgos y una oportunidad irrepetible

El proceso de desarme no será ni inmediato ni pacífico. Aoun ha reconocido que la implementación dependerá de negociaciones bilaterales con Hezbolá, lo que sugiere que el grupo no ha sido marginado completamente del tablero político. Sin embargo, esa vía negociada podría ser la única forma viable de evitar un estallido interno. El fantasma de la guerra civil sigue sobrevolando cualquier reforma estructural en el país.

Pero también es cierto que las condiciones actuales no se repetirán fácilmente: un Gobierno decidido, una milicia debilitada, una presión internacional sostenida, y una ciudadanía que empieza a cuestionar el rol de Hezbolá. Es un momento de inflexión. Si el Estado libanés quiere reafirmar su soberanía y reconstruir su legitimidad, no habrá otra oportunidad como esta.

Desarmar a Hezbolá no es solo una cuestión de seguridad, es una redefinición del contrato social libanés. Es decidir si el país quiere vivir en una democracia soberana o seguir anclado en un equilibrio de fuerzas que perpetúa la inestabilidad. El nuevo Líbano que promete Joseph Aoun aún está por nacer. Pero su éxito dependerá de si logra convertir esta coyuntura favorable en una transformación institucional real, duradera y pacífica.

De lo contrario, lo que hoy se anuncia como una promesa de renovación podría convertirse en el preludio de una nueva fractura nacional. @mundiario

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