Rusia amenaza con cortar el gas a Europa en medio de la crisis energética con Irán

El precio del gas en Europa se ha disparado un 55% en apenas una semana en medio de la crisis en Oriente Medio. En este escenario de tensión energética global, Rusia vuelve a situarse en el centro del tablero al plantear un posible corte anticipado del suministro al continente.
Estufa de gas. / Magda Ehlers en Pexels
Estufa de gas. / Magda Ehlers en Pexels

El mercado mundial del gas atraviesa uno de sus momentos más delicados desde la crisis energética de 2022. La reciente ofensiva militar conjunta de Estados Unidos e Israel contra Irán ha tensionado el suministro global y disparado los precios. En apenas una semana, el gas natural para entrega a un mes en el mercado TTF de Países Bajos —referencia para Europa— se ha encarecido un 55%.

La razón es clara. Irán es el tercer productor mundial de gas, solo por detrás de Estados Unidos y Rusia, y el conflicto en Oriente Medio ha añadido incertidumbre sobre un mercado ya extremadamente sensible. Además, el bloqueo del estrecho de Ormuz amenaza una de las principales arterias energéticas del planeta, por donde circula cerca del 20% del gas global.

En este contexto, la estabilidad energética europea vuelve a depender de factores que escapan a su control directo. Cuando el mercado global se vuelve incierto, cada proveedor adquiere un peso estratégico mayor. Y ahí es donde Rusia vuelve a entrar en escena.

El gas como instrumento de presión geopolítica

El presidente ruso, Vladímir Putin, ha insinuado que Moscú podría cortar el suministro de gas a Europa antes de que la propia Unión Europea complete su plan de ruptura energética con Rusia. El bloque comunitario aprobó recientemente una hoja de ruta para eliminar progresivamente las compras de gas ruso hasta prohibirlas totalmente en 2027.

Putin ha planteado un argumento sencillo: si Europa dejará de comprar gas ruso en unos años, Moscú podría adelantarse y redirigir sus exportaciones hacia otros mercados más “fiables”. China e India aparecen como destinos evidentes en esa estrategia, especialmente en un momento en que Asia busca nuevos proveedores ante la incertidumbre en Oriente Medio.

Aunque el Kremlin insiste en que la decisión aún no está tomada, el mensaje tiene una lectura evidente. El gas vuelve a utilizarse como una palanca política en el tablero internacional. Durante décadas, el suministro energético fue una especie de autopista silenciosa que conectaba economías incluso en tiempos de tensiones diplomáticas. Hoy esa autopista se parece más a un puente lleno de peajes estratégicos.

Una dependencia menor pero todavía real

Europa ha reducido drásticamente su dependencia del gas ruso desde el inicio de la guerra en Ucrania. En 2021, Moscú suministraba alrededor del 45% del gas consumido en la Unión Europea. Hoy la cifra ronda el 13%.

Sin embargo, ese porcentaje sigue siendo significativo. En términos absolutos equivale a unos 40.000 millones de metros cúbicos anuales. Una interrupción repentina no provocaría un colapso inmediato, pero sí una fuerte tensión en un mercado global que ya enfrenta problemas de suministro.

El gas llega a Europa por dos vías principales. Por un lado, el gasoducto TurkStream, que conecta Rusia con Turquía y abastece a varios países del este europeo. Por otro, el gas natural licuado (GNL) transportado por barco, que llega a puertos de países como España, Francia o Bélgica.

Para algunos Estados miembros la dependencia sigue siendo especialmente alta. Hungría obtiene cerca de tres cuartas partes de su gas de Rusia y Eslovaquia alrededor de un tercio. Esa desigualdad energética dentro de la Unión explica por qué cualquier decisión abrupta puede tener consecuencias muy diferentes según el país.

Europa ante su prueba energética definitiva

Más allá de la amenaza concreta, el episodio revela un problema estructural. Europa sigue atrapada en un sistema energético global extremadamente volátil, donde los conflictos militares, las tensiones diplomáticas o los movimientos estratégicos de las grandes potencias pueden alterar el precio de la energía en cuestión de días.

La transición energética europea no es solo una cuestión climática. También es una cuestión de autonomía política y económica. Reducir la dependencia de combustibles importados —y especialmente de proveedores con los que existen conflictos geopolíticos— se ha convertido en una prioridad estratégica.

Durante años Europa calentó su casa con una tubería que venía del este. Ahora intenta cambiar la caldera mientras sigue siendo invierno. El proceso requiere tiempo, inversiones y coordinación entre países.

La amenaza de Moscú no es necesariamente el inicio de un corte inmediato de gas. Pero sí funciona como recordatorio de que la seguridad energética europea sigue siendo frágil. Y en un mundo donde la energía se ha convertido en un instrumento de poder, depender menos de ella puede ser la forma más eficaz de evitar futuros pulsos geopolíticos. @mundiario

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