¿Quién reculará primero? El pulso entre EE UU y China en plena guerra comercial
En la compleja partida de ajedrez geoeconómica que protagonizan EE UU y China, el tablero se ha convertido en un escenario donde la retórica puede alterar la intensidad del conflicto. Las tarifas arancelarias impuestas por Washington —que alcanzan hasta un 245 % sobre ciertos productos chinos— están afectando no solo a los exportadores en Shanghái y a los minoristas en Texas, sino también al equilibrio comercial mundial. Sin embargo, a pesar del daño mutuo, ni el presidente estadounidense Donald Trump ni el líder chino Xi Jinping parecen dispuestos a mover sus piezas primero para alcanzar una desescalada.
Un portavoz del Ministerio de Comercio chino insinuó recientemente una posible apertura a negociaciones, con una advertencia enérgica: "Si luchamos, lucharemos hasta el final; si hablamos, la puerta está abierta." La aparente contradicción refleja la estrategia compartida por ambos bandos: dar señales ambiguas de disposición al diálogo sin quedar como el que se rinde.
Desde el otro lado del Pacífico, funcionarios estadounidenses también han reiterado su disposición al diálogo. Pero, al igual que sus pares chinos, lo hacen sin comprometerse claramente. Ambos líderes desean lo mismo —una desescalada— pero ninguno quiere asumir el coste político de ser quien dé el primer paso.
La disputa arancelaria ya no es simplemente una cuestión económica: es un duelo de imagen. Tanto Trump como Xi están inmersos en una batalla por el relato doméstico. Trump busca presentarse como el "defensor firme de los intereses estadounidenses" ante una China agresiva. Xi, por su parte, necesita demostrar que China no se doblega ante Occidente y que el ascenso del Este "sigue siendo imparable".
Algunos analistas han descrito este conflicto como una especie de "juego del gallina", en el que dos coches avanzan a toda velocidad hacia una colisión frontal y nadie quiere desviarse primero. El que lo haga será percibido como débil, tanto interna como internacionalmente.
Como explicó el académico Wen-Ti Sung a la BBC, ambos países exploran el uso de una ambigüedad constructiva: un lenguaje tan vago que permita a cada uno reclamar una victoria simbólica si se llega al diálogo. Así, se evitaría el coste político de parecer que se ha claudicado.
Una economía entre dos fuegos
Detrás de este juego de poder, los daños económicos ya son evidentes. En EE UU, grandes cadenas como Walmart advierten de las subidas de precios y posibles desabastecimientos. Al mismo tiempo, los datos macroeconómicos han empezado a encender alarmas: la economía estadounidense ha mostrado señales de contracción por primera vez desde 2022.
China, por su parte, tampoco llega con ventaja. La economía del gigante asiático aún no se ha recuperado del todo tras la pandemia por la covid-19. El consumo interno sigue débil, el sector inmobiliario atraviesa una profunda crisis, y el desempleo —especialmente entre jóvenes— va en aumento.
Ambos países están descubriendo que la guerra comercial no tiene ganadores absolutos. Lo que comenzó como una herramienta de presión se ha convertido en una trampa mutua.
Negociar sin parecer débil
Las posibilidades de una negociación real parecen más cercanas, pero lo que aún falta es una fórmula que permita a ambos líderes salvar la cara. En este sentido, la intervención de un tercero —como la Unión Europea o incluso una entidad multilateral— podría ofrecer una "salida honorable" para ambas partes. Otra opción es que uno de los dos ceda discretamente y el otro lo secunde con un acto de reciprocidad.
De hecho, que ambos países hayan insinuado que el otro quiere hablar podría ser señal de que ya existen canales de comunicación discretos. Esto abre la puerta a una desescalada pactada, en la que cada uno pueda presentarse ante su audiencia como el que logró hacer entrar en razón al adversario.
¿Quién reculará primero? Quizá ninguno, al menos no de inmediato o de forma explícita. Pero si finalmente hay un acuerdo, será gracias a un delicado equilibrio diplomático en el que cada parte diga haber ganado, aunque en realidad solo hayan dejado de perder. @mundiario


