Por qué la jornada laboral reducida funciona en unos sitios y en otros no
La reducción de la jornada laboral a 37,5 horas semanales se ha convertido en una suerte de promesa circular del Gobierno de coalición. Anunciada como un derecho inminente para millones de trabajadores, el calendario la empuja una y otra vez contra los mismos obstáculos: la desconfianza empresarial, la falta de apoyos parlamentarios y un contexto económico incierto. Tras 11 meses de negociación estéril con la patronal, el Ministerio de Trabajo vuelve al Congreso con el mismo texto, el mismo entusiasmo y los mismos enemigos.
Hay una frase que resume la urgencia del Ejecutivo con esta medida: “No me da la vida”. Así lo ha defendido la ministra Yolanda Díaz, apelando al hartazgo colectivo de una sociedad que, pese a los avances digitales, sigue atrapada en horarios heredados del siglo XX. Pero el problema no es el diagnóstico: es el tratamiento. Porque aunque reducir la jornada laboral sin merma salarial suena a justicia social, las resistencias siguen ahí, tan sólidas como cuando comenzó la negociación hace casi un año.
La ley —aprobada solo con el beneplácito de los sindicatos— entra ahora en la arena parlamentaria con el objetivo de ser efectiva antes del 31 de diciembre. Pero sus posibilidades de salir intacta son, como mínimo, dudosas. El partido de Carles Puigdemont, Junts, ya ha anunciado una enmienda a la totalidad, sin texto alternativo. ¿La razón? El eco de las advertencias de las patronales catalanas, que temen un golpe irreversible para las pequeñas y medianas empresas. Es un déjà vu legislativo en toda regla.
Uno de los principales escollos es la alteración que la medida impone sobre los convenios colectivos vigentes. En un país donde buena parte de las relaciones laborales se regulan por convenios, reducir la jornada por ley supone dinamitar la lógica del pacto sectorial. Según Fedea, el think tank que más firmemente ha criticado la norma, esta intervención ignora la necesidad de una transición pactada. En sus propias palabras: “falta transitoriedad y sobra rigidez”.
El argumento territorial
Además, la aplicación generalizada de la reducción ignora los enormes contrastes entre sectores. No es lo mismo una consultora tecnológica en Madrid que una marisquería en Asturias. Hostelería y comercio, sectores intensivos en mano de obra y con márgenes estrechos, temen un efecto devastador sobre el empleo y la viabilidad de sus negocios. La respuesta del líder de UGT, Pepe Álvarez, ha sido clara: “En Navarra ya se aplica la jornada de 37,5 horas en hostelería y nadie se arruina”. Pero el argumento territorial tiene matices. Las condiciones salariales, fiscales y de productividad varían, y no todos los modelos son replicables sin consecuencias.
El tercer eje de oposición, y quizás el más delicado, es el económico. Mientras el Ministerio estima un impacto de apenas el 2,2% en los costes laborales, otras fuentes sitúan el aumento hasta en un 7%. Una cifra que, aplicada a decenas de miles de pymes, puede marcar la diferencia entre contratar o despedir. Trabajo propuso en su momento un plan de acompañamiento con ayudas a la contratación, pero estas medidas fueron retiradas del texto final ante la negativa de la patronal. Ahora, con el proyecto de ley ya en marcha, Díaz estaría dispuesta a reintroducirlas. Pero Fedea ya ha levantado la voz: estas bonificaciones selectivas podrían ser incluso inconstitucionales si se limitan a ciertos territorios.
Al final, la gran paradoja es que una medida pensada para devolver tiempo a los trabajadores puede acabar devorada por la falta de tiempo político. Con un margen de entre 4 y 8 meses para su aprobación, la ley está atrapada en la arena movediza del parlamentarismo fragmentado. En un país donde la productividad y el bienestar laboral siguen estancados, quizá lo más urgente no sea una ley nueva, sino una manera distinta de negociar.
Porque reducir la jornada no es solo legislar menos horas: es transformar un modelo de trabajo. Y eso, como ha demostrado esta historia que se repite, no se impone por decreto. Se construye —o se bloquea— mesa a mesa. @mundiario

