Guerra arancelaria: por qué su impacto en España será limitado, según el Banco de España
La guerra comercial impulsada por la Administración Trump parecía una tormenta lejana para la economía española. Y, en parte, lo es. Con una exposición comercial relativamente baja a Estados Unidos, España puede sortear el vendaval proteccionista sin grandes sobresaltos, al menos en términos macroeconómicos inmediatos. Sin embargo, el verdadero peligro no viene de los aranceles, sino del veneno invisible de la incertidumbre: la parálisis de decisiones, la desconfianza en los mercados y la erosión silenciosa de la inversión.
Según el último informe anual del Banco de España, el impacto directo de la guerra comercial en el PIB español sería mínimo: apenas una décima en tres años. Incluso en escenarios de mayor tensión, el efecto agregado no superaría las seis décimas del PIB si se sumaran las turbulencias financieras y el retraimiento del gasto e inversión, aunque el propio informe advierte que esos cálculos son teóricos y no acumulables.
Sin embargo, este análisis frío y técnico se tiñe de advertencia: “La incertidumbre es máxima”, reconoce con franqueza el Banco, que ahora dirige José Luis Escrivá.
Y es aquí donde el informe lanza su verdadero mensaje, más allá de los porcentajes y las cifras: la economía española, aunque resistente, no es inmune a la desconfianza global. La volatilidad en los mercados, la reacción incierta de las empresas ante los nuevos aranceles —que ya han subido del 3% al 12% para productos españoles y podrían alcanzar el 18%—, o el encarecimiento del euro que podría frenar el turismo norteamericano, son factores que van más allá del comercio bilateral.
Impactos indirectos
El Banco de España lanza una alerta velada pero rotunda: si las tensiones comerciales se traducen en deterioro financiero o mayor aversión al riesgo, las decisiones de inversión y consumo pueden congelarse. Como ocurrió durante las primeras semanas de abril, cuando la desconfianza se disparó hasta que se pactó una tregua temporal. Y eso, en una economía donde la inversión productiva privada sigue sin recuperar los niveles previos a la pandemia, puede ser especialmente dañino.
Además, hay impactos indirectos que no se pueden obviar: España produce bienes intermedios —como componentes de automóviles— que acaban en el mercado estadounidense a través de Alemania u otros países. Si las exportaciones de estos socios caen, también lo harán las ventas españolas. Lo mismo ocurre con servicios vinculados a esas manufacturas o productos fácilmente sustituibles como el vino o el aceite.
Un informe más descriptivo y analítico
En un giro llamativo respecto a informes anteriores, el Banco suaviza su papel como prescriptor de políticas y opta por un enfoque más descriptivo y analítico. Apenas hay mención a temas candentes como el salario mínimo, la reducción de jornada o los controles de precios. Y aunque se reconoce el dinamismo de la economía —con un fuerte crecimiento del empleo, impulsado en gran parte por la inmigración—, también se señala la elevada deuda pública, la escasa inversión en vivienda y la persistente brecha de productividad.
El verdadero cambio de tono reside en que se deja de lado el diagnóstico político para abrazar la complejidad económica. No se renuncia a recomendar reformas —el informe aboga por un marco fiscal más riguroso, un impulso a la innovación y políticas activas de empleo más eficaces—, pero se hace sin estridencias ni reproches.
Y en medio de todo, una reflexión profunda sobre la fragilidad del equilibrio global: si el dólar deja de ser la moneda ancla del sistema financiero internacional, como teme el Banco, las consecuencias serían imprevisibles.
España, por ahora, resiste. Pero en una economía cada vez más interconectada, donde las emociones del mercado pesan tanto como los fundamentos económicos, el mayor enemigo no es el arancel. Es la duda. @mundiario
