China lidera la energía verde mundial… pero con carbón: las contradicciones de una potencia renovable
La imagen de China como gran motor de la energía verde mundial encierra una paradoja que resulta difícil de ignorar. Según el biólogo y divulgador ambiental Ramón Varela Díaz, el gigante asiático controla más del 80% de la cadena de producción de paneles solares y turbinas eólicas, lo que la convierte en una potencia indiscutible en el mercado global de las renovables. Sin embargo, esa hegemonía se levanta sobre una base fósil: más del 60% de la electricidad utilizada para fabricar los equipos proviene del carbón, explica este experto en un artículo en gallego en la edición Galicia de MUNDIARIO.
El dominio chino es, en efecto, apabullante. En 2000 producía menos del 1% de los paneles solares del planeta; dos décadas después, suministra el 70% y, según la Agencia Internacional de la Energía (AIE), podría alcanzar el 95% de determinados componentes en 2025. En el sector eólico, seis de los diez mayores fabricantes del mundo son chinos, y por primera vez los cuatro primeros puestos de la clasificación global —Goldwind, Envision, Windey y Mingyang— pertenecen todos a empresas del país.
Pero mientras las fábricas de turbinas y paneles se multiplican, también lo hacen las plantas de carbón. Solo en la primera mitad de 2024, China puso en funcionamiento 21.000 megavatios (MW) de energía térmica, la cifra más alta desde 2016, y reactivó proyectos por otros 46.000 MW. “Europa cierra térmicas mientras China las inaugura”, ironiza Varela Díaz en su artículo titulado China domina a enerxía renovable mundial, pero a costa do carbón. “El carbón sigue representando casi la mitad de la generación eléctrica del país”.
El problema no es solo ambiental, sino también estratégico. La Unión Europea, que presume de liderar la transición ecológica, depende de manera creciente de las importaciones chinas para sus proyectos solares y eólicos. Las empresas europeas y estadounidenses han perdido terreno frente a un modelo industrial basado en la concentración, los bajos costes laborales y la abundante energía fósil. “Europa se ha quedado sin capacidad de planificar una producción propia y suficiente”, advierte el autor, “y prefiere no mirar los impactos ambientales que genera su dependencia tecnológica”.
Una dependencia costosa
El coste ecológico de esa dependencia no es menor. El propio proceso de fabricación de paneles solares libera cantidades significativas de CO₂ debido al uso del carbón como fuente energética. Según los cálculos de Varela Díaz, las emisiones derivadas de esta producción se cuadruplicaron en la última década, alcanzando en 2021 las 51,9 millones de toneladas, el 0,15% del total global. Fabricar los mismos equipos en Europa, con energías más limpias, podría reducir entre un 40% y un 80% las emisiones, e incluso hasta un 90% en países con abundante hidroelectricidad, como Noruega.
El autor recuerda además que la minería asociada a la revolución renovable —la extracción de silicio, cobre, indio, galio, molibdeno o tierras raras— está lejos de ser limpia. “Para alcanzar los objetivos de 2030 será necesario cuadruplicar la extracción de minerales críticos, lo que implica una minería a cielo abierto muy invasiva, intensiva en energía y agua, y con graves impactos sociales y ecológicos”, alerta.
En el sector eólico, las contradicciones se repiten. La fabricación de aerogeneradores requiere metales pesados y tierras raras como neodimio o disprosio, cuya obtención genera residuos tóxicos y emisiones de gases de efecto invernadero. Los cálculos sobre el “retorno energético” (el tiempo que tarda una turbina en producir la energía consumida en su construcción) oscilan entre dos y seis años, pero, según Varela Díaz, “esa cifra no incluye la energía indirecta del transporte, la minería o el ensamblaje”, lo que podría duplicarla o triplicarla.
Una llamada a la coherencia
El diagnóstico que plantea el biólogo gallego no es una crítica al desarrollo de las renovables, sino una llamada a la coherencia. “Estar a favor de las energías limpias no significa dar carta blanca a las multinacionales”, escribe. “Los ciudadanos tienen derecho a saber qué se oculta detrás de la ‘maravilla verde’: cómo se produce, qué energía se usa, qué materias primas se extraen y quién se beneficia realmente”.
La Unión Europea, sugiere, debería abordar la descarbonización con mayor transparencia y autocrítica, sin ignorar los costes ocultos de un modelo externalizado que reproduce, en otro contexto, las mismas dependencias que se pretenden superar.
Varela Díaz concluye con una reflexión local y política: Galicia, que fue pionera en energía eólica, perdió buena parte de su industria, mientras otros países consolidaban la suya. Pero aún hay margen para reconstruir un camino propio. “Existen ejemplos prometedores —como Magallanes Renovables, con su tecnología maremotriz, o los proyectos undimotrices del País Vasco— que muestran que otra transición es posible”, sostiene.
Potenciar lo nuestro, añade, no solo fortalecería la autonomía energética, sino que reduciría la huella ambiental global. Porque, como resume con ironía, “cuanta más energía verde compremos fuera, más carbón estaremos respirando dentro”. @mundiario
