La Real Sociedad de Matarazzo ya no pide permiso: Anoeta sueña con su techo real

Ocho partidos sin perder y una pregunta incómoda: ¿cuál es el techo de este equipo?
El escudo de la Real Sociedad. /  Pixabay
El escudo de la Real Sociedad. / Pixabay

La Real Sociedad de Matarazzo ha cambiado algo más que el dibujo: ha cambiado el gesto. Ocho partidos sin perder, seis de ellos en LaLiga, no son un accidente ni una racha simpática de otoño; son el síntoma de un equipo que ha aprendido a caminar con el pecho fuera, como si Anoeta hubiese recuperado ese pulso de noches europeas que se reconocen en la mirada antes que en la estadística. El 3-1 al Elche, además, no fue una victoria cómoda ni redonda, y precisamente por eso vale más: el rival jugó mejor por momentos, tuvo más continuidad con balón… y aun así se fue de vacío.

Ahí aparece el primer gran matiz del nuevo relato: la Real ya no necesita dominar para sentirse superior. Sucic y Oyarzabal golpearon primero, André Silva devolvió la tensión justo antes del descanso y, cuando el partido olía a peligro y a nervio, Óskarsson lo cerró casi al final con la frialdad de quien entiende que los puntos no se merecen, se aseguran. En otras temporadas, ese mismo guion habría terminado con una tarde de lamentos: demasiadas ocasiones falladas, demasiado sufrimiento, demasiado castigo. Ahora, en cambio, la Real acepta el barro como parte del camino.

Y esa transformación conduce inevitablemente a la pregunta que se hace en voz baja cuando un equipo empieza a ganar sin necesidad de brillar: ¿tiene techo este proyecto? Porque la Real ya sabe competir por Europa, eso es casi su idioma natural, pero lo que empieza a insinuar es algo distinto: la posibilidad de mirar a los ojos a los grandes sin sentir que está jugando un partido prestado. Oyarzabal, con ese hambre que no se enseña, se ha convertido en el termómetro emocional; Sucic y Óskarsson representan esa juventud que no llega para aprender, sino para empujar; y Remiro, bajo palos, sostiene la calma como quien sostiene un edificio en obras.

El techo, si existe, no parece estar en la pizarra. La Real tiene mecanismos, tiene orden, tiene una idea clara de cómo quiere vivir los partidos, incluso cuando no los controla. El límite, en todo caso, se esconde en la parte más traicionera del fútbol: la cabeza. Porque sostener una racha es una cosa, pero sostener una ambición es otra. Cuando lleguen los partidos grandes, cuando el calendario se estreche, cuando el cansancio se meta en las piernas y el ruido en la grada, será ahí donde se mida de verdad el tamaño del salto.

Y, sin embargo, lo más revelador no está en lo que la Real ha ganado, sino en cómo lo ha ganado. Hay equipos que crecen acumulando brillo; otros lo hacen acumulando cicatrices. Esta Real parece haber elegido el segundo camino, el de aprender a sobrevivir, a cerrar partidos, a ser pragmática sin renunciar a su identidad. Por eso la sensación en Anoeta no es solo de ilusión: es de convicción. La Real ya no mira hacia abajo para no caer; empieza a mirar hacia arriba para ver a quién alcanza.@mundiario

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