Leonor de Aquitania. Reina, rebelde y leyenda
De ser todo cierto todo lo que he oído y leído sobre ella (no tuve el placer de conocerla… ¡Ojalá!), puesto que, si cada maestrillo tiene su librillo, cada historiador tiene sus historias.
De ser cierto, todo lo que he oído y leído sobre ella —y todo parece indicarlo—, mi admiración por Leonor de Aquitania supera incluso a Oriana Fallaci y Joan Manuel Serrat. Y no lo digo por frivolidad. La historia rara vez produce un personaje que conjugue sabiduría política, impulso artístico y una férrea voluntad femenina en plena Edad Media. Leonor fue eso y más. Fue una reina dos veces, madre de reyes, líder militar, diplomática, mecenas cultural y —como veremos— mito viviente.
De ser todo cierto todo lo que he oído y leído sobre ella (no tuve el placer de conocerla.... ¡Ojalá!), puesto que, si cada maestrillo tiene su librillo, cada historiador tiene sus historias.
UNA INFANCIA FUERA DE NORMA
Leonor parece que nació hacia 1122 como hija del duque Guillermo X de Aquitania, heredando tras su muerte uno de los feudos más extensos y culturalmente ricos de Europa. Educada en latín, música, poesía, retórica y estrategia política, se empapó del espíritu trovadoresco de su abuelo Guillermo IX, considerado el primer trovador de Occidente. Esta corte —Poitiers— se convirtió en su laboratorio político y artístico.
Ya desde niña mostró temple. Una anécdota dice que, con apenas 13 años, al enterarse de que su padre había muerto en una peregrinación a Santiago de Compostela, convocó personalmente a los barones de Aquitania para reclamar su posición como duquesa, sin necesidad de tutela masculina. Era la primera de muchas transgresiones que marcarían su vida.
¡Con dos ovarios!
REINA DE FRANCIA Y AMAZONA EN TIERRA SANTA
En 1137, con solo 15 años, Leonor fue casada con Luis VII de Francia. El contraste no podía ser mayor: ella era refinada, sensual, política y culta; él, un monje frustrado, convertido en rey, sin maldita la gana de serlo. La corte francesa la recibió con recelo, tachándola de frívola. Ella, fiel a sí misma, introdujo la moda de los escotes, los trovadores y los baños perfumados en una corte que aún olía a cilicio.
La Segunda Cruzada (1147-1149) fue su oportunidad para imponer un estilo propio. No se contentó con rezar en casa: se vistió con armadura y encabezó a 300 damas montadas a caballo, ataviadas como amazonas, o sea, en cueros vivos —una escena que horrorizó a los cronistas francos y encantó a los de Oriente. Su tío Raimundo de Antioquía, príncipe cruzado, la acogió con entusiasmo. El ambiente cortesano y sensual de Antioquía contrastaba con el fervor penitente de Luis. Se rumoró incluso que Leonor y Raimundo mantenían una relación incestuosa —nunca probada, pero suficiente para que Luis se marchara sin ella. La tensión entre ambos alcanzó tal punto que Leonor exigió el divorcio en plena campaña militar.
De vuelta a Francia, el matrimonio fue anulado en 1152. Dicen que cuando el Papa les concedió una última noche juntos, ella respondió: «No somos más parientes que Adán y Eva, pero tenemos aún menos en común.»
REINA DE INGLATERRA Y ARTÍFICE DE IMPERIOS
Tan solo ocho semanas después de su anulación, Leonor se casó con Enrique Plantagenet, once años menor, futuro Enrique II de Inglaterra. Aquello no fue amor adolescente, sino pura estrategia: consolidaba sus dominios y garantizaba autonomía. Durante el viaje de regreso a Poitiers, varios señores intentaron secuestrarla para casarse con ella y apoderarse de Aquitania. Para adelantarse, envió un emisario a Enrique proponiéndole el matrimonio antes de ser raptada. La iniciativa fue suya, como casi todo lo relevante en su vida; no esperó a que este le pidiera relaciones, se las exigió ella.
Con Enrique tuvo ocho hijos, entre ellos Ricardo Corazón de León y Juan Sin Tierra.
No fue una reina decorativa: viajó por Inglaterra, Normandía y Anjou, participó en consejos, organizó la corte y gobernó Aquitania con puño de hierro. En Poitiers, su corte se convirtió en el principal centro literario de Europa. Allí se celebraban certámenes poéticos, juicios ficticios de amor y se codificaban los primeros cánones del amor cortés. Algunos dicen que incluso presidía tribunales del amor, donde juzgaba, junto a otras damas, los comportamientos sentimentales y de funcionamiento en el catre de los caballeros.
Pero el matrimonio se agrió. Enrique la traicionó con Rosamund Clifford (mucho más fea que Leonor, ¡dónde va a parar!—la célebre «rosa sin espinas»— y negó a sus hijos acceso al poder. Leonor, indignada, instigó la revuelta de sus propios hijos contra su padre en 1173. Fue capturada y encarcelada durante quince años en diversos castillos ingleses. Una reina presa por fomentar una rebelión contra su marido-rey. Nadie más en Europa habría tenido el valor de hacerlo… ni el carisma para salir indemne.
Cuando Enrique murió en 1189, su hijo Ricardo liberó a Leonor y la nombró regente de Inglaterra durante su participación en la Tercera Cruzada.
Por lo visto, los caballeros se aburrían tanto que se reunían entre jaranas, juergas y parrandas, bien regadas de hidromiel, para – supuestamente – quitarle a los moros los sagrados lugares; pero por diversión y cachondeo, que no por fe.
Tenía 67 años. Gobernó el reino, sofocó conspiraciones internas y logró negociar el rescate de su hijo cuando fue capturado en Austria. No solo eso: a los 78 años, cruzó los Pirineos a caballo para seleccionar personalmente a Blanca de Castilla —su nieta— como esposa del heredero francés, asegurando así la paz entre Plantagenets y Capetos.
Participó en la coronación de Ricardo, organizó la de Juan Sin Tierra, y supervisó la alianza que daría lugar a la futura madre de San Luis. No era solo madre de reyes. Era arquitecta del poder.
En la crónica de Fontevraud se lee: “Una reina que sobrepasó a casi todas las demás del mundo”.
MECENAS, POETA Y ESPÍRITU LIBRE
Leonor no solo acumuló poder, sino que lo ejerció a través de la cultura.
Su corte fue la cuna del amor cortés, de la lírica trovadoresca y del refinamiento medieval. Apoyó a artistas, protegió a poetas e inspiró a decenas de generaciones con su imagen de dama cultivada. Fue retratada en versos como símbolo de sabiduría, libertad y belleza.
Una tradición dice que el mismísimo Chrétien de Troyes, padre del ciclo artúrico, recibió el impulso de su movimiento literario gracias a la atmósfera intelectual creada por Leonor. Y aunque no escribió obras propias, se le atribuye haber dictado cartas y máximas de conducta para las damas de su corte. En palabras del medievalista Jean Markale: “Nunca se insistirá bastante en la influencia que tuvo sobre la evolución de las costumbres”.
Los rumores, claro, nunca se extinguieron. Su cercanía con trovadores, su vitalidad y sus múltiples poderes escandalizaban a una Iglesia que veía en ella una mujer demasiado libre. Una leyenda recoge que una carta enviada a Ricardo desde su encierro decía: “Fuiste engendrado por una reina y educado por una prisionera; si eres sabio, no repitas el error de tu padre”. Sea apócrifa o real, esa frase resume su espíritu: digno, orgulloso, indomable.
MUERTE, MEMORIA Y UNA TUMBA CON LIBRO
Leonor murió en 1204 en la abadía de Fontevraud, rodeada de clérigos y nietos. Tenía 82 años. Fue enterrada junto a Enrique II y Ricardo. Pero incluso en su sepultura dejó su huella.
Mientras otras mujeres yacían con las manos cruzadas en actitud orante, Leonor fue esculpida reclinada… leyendo un libro. Su tumba es un manifiesto silencioso: lectura, saber, pensamiento. Ni muerta renunció a su papel de mujer libre y culta.
Hoy es símbolo del Renacimiento antes del Renacimiento, del feminismo sin nombre en plena Edad Media, del poder sin espada, de la política con música.
¿MÁS GRANDE QUE FALLACI O SERRAT PARA ESTE SEGURO SERVIDOR?
Uno admira a Oriana Fallaci por su valentía, su pluma incisiva, su dignidad indomable. A Joan Manuel Serrat por su sensibilidad, su lírica cotidiana, su mirada poética sobre lo humano y su sublime ironía. Pero Leonor de Aquitania fue las dos cosas en una mujer del siglo XII: periodista de sí misma, poeta de la política, amante de la belleza y maestra del poder.
Ella gobernó cuando las mujeres no tenían voz, y mucho menos voto. Escribió —con gestos, no con tinta— una historia que aún resuena. Y si en este siglo admiramos la inteligencia comprometida de Fallaci o el alma sensiblemente irónico de Serrat, no es menos cierto que Leonor las anticipó con armadura (o en pelota picá) y corona, libro y estrategia, maternidad y rebeldía.
Por eso la admiración que me provoca Leonor no es una moda, ni una simpatía estética.
Es una reverencia histórica. Una lealtad. Una deuda. @mundiario


