Un nuevo orden en el viejo orden

El presidente español Pedro Sánchez y el secretario de la OTAN Jens Stoltenberg. / La Moncloa
El presidente español Pedro Sánchez y el secretario de la OTAN Jens Stoltenberg. / La Moncloa

Se tratan de soldar las grietas que, desde 1989 hasta hoy, acusa el viejo sistema de bloques, y que la globalización económica no  cambió.

Un nuevo orden en el viejo orden

Califican como “histórico” lo que está pasando con la OTAN en Madrid; pero si se añade a lo que acontecido a las puertas de Melilla, lo realmente histórico es constatar que el mundo justo y pacífico, con trabajo para todos, sol luciendo en un cielo azul, un agradable pasear por calles bien ajardinadas, y todos respetándose en la diversidad, está lejos. Es utópico: sigue siendo inalcanzable para la inmensa mayoría de los humanos y no tiene cabida en el espacio y tiempo concretos en que nos toca vivir; el entorno existente contradice ese ensueño tan guapamente dispuesto y ordenado, muestra sus roturas en fragmentos contradictorios entre sí. Pese a ello, algunos se empeñan en sostener algún ansia de cambio para el mundo actual, y la mayoría se resigna o acepta la realpolitik de un nuevo orden.

En líneas generales, lo que muestran los últimos telediarios no pasa de ser una recolocación de las piezas que había; los humanos de hoy repetimos los tropiezos históricos de los antepasados y con similares pretextos Mientras nuestra mirada se acomoda, seguirá habiendo historias que no vemos o no queremos ver; algunas parecerán más concordantes y tendrán más visibilidad en los presupuestos generales del Estado, pues estos reacomodos se hacen con el dinero de todos. Otras historias reales ni se mencionarán. Poco a poco, según crezca y se repita el masaje de los nuevos mensajes, el renovado orden se erigirá en filtro de la bondad o maldad de la relación de las cosas entre sí; lo que en adelante case bien con el nuevo guión será orden y lo que no encaje adecuadamente será desorden. Según decía  Michel Foucault en Las palabras y las cosas, “los códigos fundamentales de una cultura –los que rigen su lenguaje, sus esquemas perceptivos, sus cambios, sus técnicas, sus valores o la jerarquía de sus prácticas- fijan de antemano para cada hombre los órdenes empíricos con los que tendrá algo que ver y dentro de los cuales se reconocerá”.

Qué diga o no la Historia al respecto y qué tienda a decir la Educación irán de la mano como siempre, según las funciones que se le asignen. Teóricamente, pueden inducir a la repetición reproductora de lo que hay o a modificar la relación entre las personas, las cosas y los acontecimientos. En la práctica, pueden expandir mitificaciones y prejuicios, transmitir modelos de ejemplaridad discutible y tradiciones obsoletas, que deberán imitarse ajenas al tiempo transcurrido de conciencia humana en el mundo; o pueden, más bien, procurar desarrollar conocimiento crítico del momento presente, que prepare los cambios imprescindibles para anticipar el futuro. En todo caso, sin la acción socializadora de la educación, el ser humano se encuentra perdido entre cosas y acontecimientos, que tienen su autonomía y no le están subordinadas ni son homogéneas. Por eso es fundamental en toda educación que se precie de tal procurar observar el lenguaje en que se han contado y se cuentan o enseñan la historia de la economía, de la sociedad, del clima, de la vida política, de las creencias y costumbres. En cómo se hace cada una de esas historias,  habla la voz de alguien, adquiere relieve el valor semántico que da a unas u otras palabras, y el modo de expresar o callar lo que acontece.

Llegar a tener criterio razonable y razonado no es sencillo y requiere tiempo, y más si se da cancha a la sugestión de que todo está en Internet. Desde antes de que Claudio Moyano hiciera la primera Ley general de Educación española, siempre ha habido posiciones muy activas en promover una Historia y una Educación en que predomine la pasividad ante “lo que hay”, y en que siga siendo así in saecula saeculorum. Ahora bien, en la medida en que el hombre es una finitud a la que le queda algo que pensar en el instante mismo en que piensa, o para enmendar lo que ha pensado, el que sea consciente tiene más oportunidades de situarse con criterio ante su entorno, y con voz propia para interactuar lealmente. Solo su capacidad hermenéutica liberará los contenidos de la Historia, los relacionará con lo que acontece y dotará de sentido su propia existencia dentro del orden o desorden de cuanto  rodee su vida: si controla la finitud cambiante del lenguaje será más libre para manejar las cuestiones que atañen a su presente.

Lucha de frases

Existen numerosos ejemplos de manipulación de la Historia y de la Educación, algunos visibles en textos escolares que alteran el valor de las palabras significativas y tergiversan profundamente lo acontecido. Análisis hay -como los del historiador Emilio Castillejo-  en que se ve se claro lo alejados que están no pocos de estos libros de lo que dice la historiografía más acreditada. No es menos cansino el discurso que emiten muchos noticiarios, medios diversos y no pocos políticos para que nos conformemos con tópicos prefijados. A su vez, muchas de las revisiones del pasado bien que se ocupan de que un determinado orden de cosas parezca como  de siempre; las relaciones entre Memoria e Historia del presente con su inmediato pasado hacen irregular el empeño de cuantos  utilizan como arma política falsificaciones y censuras de siempre.

Hasta los silencios fueron muy locuaces para ocultar los conflictos que ha acarreado la disidencia  de nombrar lo que acontecía con las palabras exactas. Incluso en círculos institucionales, “movimiento obrero”, “lucha social”, “clase social” y similares -en que pudiera asomar el lenguaje del Manifiesto Comunista-, se procuraron  borrar después de 1848. En su lugar, abarcándolo todo, y para aparentar armonía y fraternidad, se hablaba de “la cuestión social”, que ocultaba cuanto ponía en entredicho el orden instituido, por injusto que fuera para cuantos tenían que vivir de un mal salario y sin ninguna ley protectora; el sacrosanto orden que dictaba la propiedad privada así lo ordenaba. Su imperio se moderó con las instituciones del Estado Social y, sobre todo, con las que promovió el Estado de Bienestar en la Europa posterior a la IIGM. De entonces acá, en el nuevo orden que viene imperando desde 1989, en que la caída del Muro de Berlín pronto fue maridada con la erosión de aquella protección social, lo habitual es que, para disimular que no pasa nada, esté creciendo exponencialmente el tácitamente ingenioso estímulo que provoca una publicitaria “lucha de frases” -que decía Eulalio Ferrer en 1992-, en sustitución de aquella “lucha de clases” que preocupaba al obrerismo internacional  en el siglo XIX y en los inicios del XX. @mundiario

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