EL DIVAN

Representaciones de un mundo urbano: el metro de la Ciudad de México

El diván. Maestro Alejandro Quijano
El diván. / Maestro Alejandro Quijano
El metro representa al mundo chilango en sus prácticas e imágenes, en sus sonidos, y hasta en sus olores. En sus sueños e historias, en las voces que lo cuentan y que lo cantan, está grabada la vida de la Ciudad de México.
Representaciones de un mundo urbano: el metro de la Ciudad de México


Adiós mi linda Tacuba,

bella tierra tan risueña,

ya me voy de tu Legaria,

tu Marina y tu Pensil.

Ya me voy, me lleva el metro por un peso hasta Tasqueña;

si en dos horas no regreso

guárdame una tumba aquí.

Chava Flores

En los espacios se tejen historias, son representaciones del modo de vida de quienes los habitan, manifiestan su historicidad y generan identidades. Pocos espacios urbanos son tan representativos en la Ciudad de México como el Metro. El sistema de transporte colectivo más eficiente de la ciudad cumple 52 años, fue inaugurado el 4 de septiembre de 1969 por el entonces presidente Gustavo Díaz Ordaz, a quien se le recuerda como el perpetrador de la matanza de 1968 y que en su afán por la modernización echó a andar la primera línea del metro a la que se fueron agregando once más.

El metro es una red que teje la ciudad y conecta todos sus espacios. En sus terminales están los puntos de salida a la zona metropolitana y más allá: desde el nuevo cablebús, hasta el transporte suburbano, pasando por el Metrobús y el tren ligero, la red de movilidad que forja, permite recorrer y señalar el dónde y el qué en la ciudad, es el símbolo de sus prácticas y contradicciones. Con tan sólo cinco pesos—el equivalente a 0.21 euros—es posible atravesar la ciudad de norte a sur y de este a oeste. Las clases altas de la Ciudad desprecian al metro como el espacio de las clases populares, un mundo que les resulta ajeno y atemorizante. Sin embargo, dentro de sus vagones convergen diversos estratos sociales y tribus urbanas, el metro es democrático y trata a todos por igual.

estaciones de metro, colores y símbolos

La Ciudad de México bien podría dividirse en líneas y estaciones de metro. Los ideogramas que representan cada una de sus estaciones, han sido reconocidos internacionalmente a consecuencia de la facilidad con que permiten identificar lugares incluso a quienes no saben leer y escribir, recordemos que, en su surgimiento, el número de analfabetas en México era mucho mayor. Los colores y los símbolos conectan las historias de una urbanidad casi onírica, testificando la transformación de su urbanidad, su crecimiento demográfico, el incremento de la violencia, la agudización de la desigualdad económica, las contradicciones entre las zonas medias y populares. La estación Polanco, con sus escaleras lúdicas que tocan melodías como un piano gigante, difiere por completo de la estación Pantitlán, que llega a la zona oriente de la ciudad, una de las más marginadas históricamente y desde donde entra y sale la fuerza obrera que nutre el corazón y sur de la ciudad.

Su potencial político es todavía mayor, rebasa por completo los límites del poder cotidiano. Tal es su importancia, que cualquier político en campaña viaja en metro y se toma la ineludible foto para los medios, una simple búsqueda en la web arrojará a los expresidentes de la nación en algún vagón, a candidatos estatales y presidenciales, al canciller mexicano e incluso al actual presidente de México, Andrés Manuel López Obrador. No es casual: reconocer el entramado urbano es también conectar con la clases trabajadoras y medias, puesto que representa un parteaguas para la economía y la interacción social.  Las grandes manifestaciones subversivas también viajan en metro: cada 2 de octubre el zócalo es punto de llegada de los contingentes que se dirigen a la marcha más grande del año, y ésta es sólo una de ellas, pues es lugar en resistencia, simboliza lucha, trabajo y supervivencia.

En los vagones: desde caramelos hasta objetos surreales

Las tensiones son permanentes. Para sobrevivir, muchos chilangos han optado por el comercio informal, formando extensas redes que se han convertido en un poder alterno. En los vagones uno puede encontrar desde caramelos y juguetes, hasta desarmadores, martillos, pelucas, bocinas, gadgets para celulares, flores y otros objetos surreales. No faltan los artistas callejeros, el sonido de guitarras y acordeones; suben y bajan payasos, mimos y hasta actores de obras clásicas. Con tal de ganar una moneda, los pasillos se inundan de ruidos, gritos de venta, chiflidos, cumbias, temas de jazz y hasta obras de Mozart. Cada cierto tiempo, los policías se llevan a los ambulantes entre jaloneos y rechiflas, pero el comercio informal es un monstruo incontenible. A pesar de que la inversión formal en el metro es sustanciosa, es imposible ignorar a los cientos de familias que no cuentan con un empleo ni acceso a la seguridad básica.

El metro es tan indispensable para la vida chilanga, que se ha acudido a él para comunicar la cultura a todo el público, rompiendo con el paradigma de la “alta cultura” y reconociendo el basto tesoro que guarda México en sus pueblos originarios, en su pasado novohispano, en su arquitectura neoclásica y afrancesada característica del siglo XIX, en sus edificios modernos y posmodernos. Más de una vez, las estaciones del metro se han convertido en galerías para exposiciones, música y artes escénicas.  Al pasar por la estación Bellas Artes, uno puede conocer el famoso mural maya de Bonampak, o encontrarse cara a cara con artistas contemporáneos y sus obras.  En Pino Suárez hay una zona arqueológica, mientras que el famoso “túnel de la ciencia” en la Raza es imperdible. Los murales de Copilco y Universidad se plantan como paisajes de una historia común, mientras que, en el metro politécnico se recuerda a Lázaro Cárdenas. Las diferencias sociales se marcan en las estaciones, mientras que, a sus alrededores, la ciudad se funde con sus entradas y salidas, con el ir y venir de personas desde la madrugada hasta bien entrada la noche.

Pero los relatos y leyendas también definen la representación simbólica del metro. A sus 52 años, sus instalaciones han visto perder la vida a un sinnúmero de personas, desde los que lo eligen como el destino final de sus sufrimientos y caen a las vías junto con la luz que se asoma por el túnel; hasta los que han enfrentado accidentes terribles, consecuencia de la falta de mantenimiento y el bajo presupuesto que suele recibir. Recientemente, la tragedia del metro Tláhuac puso de manifiesto el descuido que por años aquejó a la más nueva de las líneas y cobró la vida de 27 personas, la mayoría de ellos volvían a sus hogares tras un arduo día de trabajo.

La delincuencia ha viajado muchas veces en metro

La gente narra historias todos los días. La delincuencia ha viajado muchas veces en metro, asaltos y hasta secuestros han ocurrido en sus vagones. Historias de peleas y enfrentamientos sobran, así como de desaparición infantil y abuso policiaco. Al mismo tiempo, el problema del acoso sexual hacia las mujeres es bastante grave, y no ha podido contenerse ni siquiera con la implementación de división por géneros en el viaje. Las mujeres se organizan en resistencia y luchan todos los días contra las prácticas comunes de una misoginia histórica. No son las únicas. Los grupos de la comunidad LGBT también han encontrado formas de defenderse del acoso y la violencia viajando extraoficialmente en los últimos vagones, donde según cuentan las historias, se han formado verdaderos espacios de encuentro amoroso.

Así pues, el metro representa al mundo chilango en sus prácticas e imágenes, en sus sonidos, y hasta en sus olores. Comprende un universo que viaja, en su mayoría, de manera subterránea, como alargando la ciudad hacia el inframundo. En sus sueños e historias, en las voces que lo cuentan y que lo cantan, está grabada la vida de la Ciudad de México. @mundiario

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