Symplocos kowalewski: la flor más grande conservada en ámbar de hace 38 millones de años
Los análisis realizados al polen incrustado en la resina petrificada han podido identificar la especie de planta, que floreció en un ambiente tropical ya no crece en los bosques bálticos.
Hace 150 años, un farmacéutico prusiano de apellido Kowalewski encontró una flor eternizada en ámbar en la región oriental de los alrededores de la laguna del Vístula, en el actual oblast de Kaliningrado, el enclave ruso entre Polonia y Lituania frente al mar Báltico. Un botánico alemán, el también prusiano Robert Caspary, la describió en el siglo XIX, como una flor proveniente de una planta de té incrustada, pero la ciencia moderna ha permitido demostrar que no solo no se trata de eso, sino que es la más grande y antigua que ha sido encontrada.
Caspary asignó el espécimen como parte del género Stewartia, al que pertenecen una veintena de plantas asiáticas actuales y en su mayoría productoras de té. Pero ahora dos investigadoras han redescubierto el ejemplar dentro de un cajón en un instituto científico en la ciudad de Berlín, y gracias a sus prácticas modernas pudieron darse cuenta de que se trata de la flor más grande y antigua inmortalizada en resina fósil que jamás se ha descubierto.
Tras realizar los análisis, la investigadora Eva-Maria Sadowski, del Museo de Historia Natural de Berlín, y su colega Christa-Charlotte Hofmann, del Instituto de Paleontología de la Universidad de Viena, ha determinado que la flor debió haberse visto rodeada por la resina de alguna conífera hace entre 34 y 40 millones de años, en la era del Eoceno tardío.
De hecho, las investigadoras resaltan que las condiciones de preservación son inusualmente excelentes, pues la flor está completa, no está aplastada ni fosilizada y pueden apreciarse todas sus partes. Dentro de la roca de ámbar están intactas la corola, pétalos, sépalos, estambres, pistilo e incluso polen prehistórico. Este último hallazgo permitió que las investigadoras se pusieran manos a la obra, para extraer unos pocos gramos de polen de la resina usando un escalpelo y con mucho cuidado.
Las investigadoras reescriben la historia
El análisis del polen incrustado en el interior de la muestra, según explica el estudio científico publicado en la revista especializada Scientific Reports, han descubierto que no se trata de una flor de té, sino de una especie de planta ya extinta. “La describieron como una Stewartia y hemos podido demostrar que el espécimen en realidad pertenece a las Symplocos, que es de una familia diferente (Symplocaceae, familia de las hojas dulces) que las Stewartia (Theaceae)”, explica Sadowski.
Por ello, esta flor ahora ha sido catalogada como Symplocos kowalewski, para combinar su género verdadero y el apellido del prusiano que la descubrió en primer lugar en 1872. Pero más allá de su clasificación, conocer qué especie es realmente permite conocer además el entorno en el que floreció. Para empezar, ninguno de los dos géneros con los que fue identificado el ejemplar crecen en Europa en la actualidad, por lo que, para haber sido inmortalizado en la prehistoria, las condiciones del norte de Europa debieron ser bastante diferentes.
“Los ejemplos fósiles y existentes de Symplocaceae indican que la familia prospera en bosques húmedos mesofitos (un tipo de hoja) mixtos en climas templados cálidos a subtropicales, evitando las regiones áridas”, explica Sadowski. Por lo tanto, gracias al estudio de esta y otras plantas atrapadas en el ámbar, las investigadoras creen que el paisaje de los bosques bálticos prehistóricos era “heterogéneo, que incluía pantanos costeros, ciénagas, bosques ribereños y bosques mixtos de coníferas y angiospermas (plantas con flores) entremezclados con áreas abiertas”.
El misterio de la inmortalización en ámbar
La resina de árbol tiene la propiedad de envolver ciertas cosas y endurecerse con el paso de millones de años. Es un proceso que termina en el ámbar, un material sólido, de origen vegetal y pétreo que es capaz de conservar en buen estado objetos orgánicos de la antigüedad. Esto ocurre gracias a que las coníferas primigenias ya tenían la capacidad de segregar resina natural, la cual podía ser arrastrada hasta quedar en el suelo, donde a través del tiempo comenzarían los procesos de compactación y fosilización de la resina.
El gran misterio que aún no ha sido resuelto es cómo es que un pedazo de ámbar pudo conservar una flor tan grande, en perfectas condiciones. Ya se han registrado varias flores preservadas a la perfección, e incluso más antiguas que esta, pero todas ellas han sido de un tamaño muy reducido, de apenas unos pocos milímetros, siendo 10 el promedio. No obstante, la corola de Symplocos kowalewski mide unos 28 milímetros, un tamaño excepcionalmente grande para ser inmortalizada sin que se quiebre, como se ha apreciado en ejemplares anteriores.
Las flores más antiguas también pueden ser encontradas en muestras de ámbar, como las descubiertas en las serranías de Cuenca y Lleida, pero esas son minúsculas en comparación, a pesar de sus 130 millones de años de antigüedad. Por esto las investigadoras han tratado de dar con el origen de la resina vegetal, pero además de las coníferas, son pocas las especies de plantas en Europa que puedan segregar resina vegetal que mineralice y cristalice de esta manera.
Además, sería muy difícil encontrar el tipo de árbol, pues es bastante probable que ya esté extinguido. Comparar el ámbar y las resinas actuales tampoco parece ser una opción muy viable, pues según las investigadoras, “durante la formación del ámbar, la resina cambia sus propiedades, por lo que las comparaciones con las resinas existentes son un desafío”. @mundiario



