La ruta de las emociones
Las emociones son respuestas. Es la traslación de un proceso bioquímico a otro de características etéreas.
Dice el psicólogo Paul Ekman (1934) que, de forma universal, el ser humano activa seis emociones, independientemente de su cultura, etnia, raza o religión. Dichas emociones (Sorpresa, Tristeza, Alegría, Ira, Miedo y Asco) no se activan conscientemente, sino que obedecen a cierta reactividad natural exenta de consciencia. Por ello, son emociones y no sentimientos.
Digamos que nuestros cerebros tramitan los estímulos que las generan, pero lo hacemos sin darnos cuenta. Nuestro cerebro se ocupa de ello sin involucrarnos en dicha tramitación.
Lo cierto es que, para que exista un sentimiento, se debe convocar la consciencia a través de un proceso mínimamente cognitivo. Así, el miedo puede derivar en un sentimiento de desprotección o abandono, mientras que la alegría puede desembocar, entre otras muchas opciones, en placer, satisfacción, gozo o diversión.
Todas las emociones básicas y sus procesos posteriores, que desembocan en sensaciones y en sentimientos, poseen los mismos elementos bioquímicos y, en consecuencia, los mismos neurofactores psicogénicos. Realmente, la diferencia está en la cantidad, intensidad, potencia y mezcla de dichos factores que las constituyen.
En este sentido, no sólo hay gente que siente más o menos temor ante el mismo estímulo, sino que también la hay que no lo siente y le entra la “risa floja” ante ese mismo suceso.
En definitiva, cada emoción, sensación y sentimiento, posee su fórmula y con ella, un resultado, el cual está formado por las mismas variables, pero con un indeterminado orden en la ecuación y con diferente cantidad e intensidad. Así, conseguimos emocionarnos más o menos, y también, pasar de una emoción a otra.
¿Es posible transitar por diferentes emociones?
¿Cómo lo podemos hacemos? Es sencillo. Imagínese que usted coge un avión en Málaga para desplazarse a Estocolmo y para ello, debe realizar escala en Londres. Tan fácil como eso. Nuestro cerebro compara las fórmulas de las emociones a través de los neurofactores que las generan. Primero, la emoción de arranque y después, la de destino (por ejemplo, Miedo y Sorpresa). Así, aprovechando los neurofactores comunes, saltamos de una otra a través de un número determinado de cadenas sinápticas que se van acomodando hasta concluir ese traslado.
Pero como le decía, no siempre hay un trayecto directo. Por ejemplo, para pasar de la Tristeza a la Alegría, la ruta está llena de baches y obstáculos. Por ello, en esta trasferencia, lo más recomendable es realizar un trasbordo en “la estación” de la Sorpresa.
Creer que únicamente somos capaces de mostrar seis emociones sería un pensamiento muy simplista, ya que dichas emociones también poseen la capacidad de generar, vía racimo, nuevas sensaciones, o también llamadas Emociones Híbridas. Me refiero, por ejemplo, a la sensación de abandono, de rechazo, de soledad o de felicidad.
Lo cierto es que el ser humano aprende a sentir. Aprende a identificar las sensaciones y, sobre todo, aprende a manejar su reflejo posterior que, una vez procesado, da sentido a la existencia de los sentimientos. Así, podemos decir que los sentimientos son aquellas sensaciones que acumulan una tenacidad sináptica superior. Por ello, en una escala de tenacidad del 1 al 3, la cual trabaja con la Matriz “Potencia / Permanencia”, podríamos decir que una emoción es nivel 1 (más Potencia y menos Permanencia) se transforma en sensación de nivel 2 (menos Potencia y menos Permanencia) y que esta, se transforma en sentimiento de nivel 3 (menos Potencia y más Permanencia).
Así, la emoción es una respuesta reactiva, inconsciente e instintiva ante una percepción, mientras que la sensación es el poso que deja dicha emoción. Por ello, el sentimiento trata de la evaluación consciente que hacemos de dicha sensación. Por ello, un sentimiento se torna en un aprendizaje robusto que condiciona la materialización de nuevas emociones y posteriores sensaciones, generando, en casos concretos, las creencias. @mundiario