Las raíces criollas del Papa León XIV en Nueva Orleans: una historia católica olvidada
La elección del Papa León XIV ha generado múltiples titulares, principalmente por su condición de ser el primer pontífice estadounidense y peruano. Sin embargo, detrás de su biografía pública emerge una historia aún más significativa, profundamente arraigada en la compleja herencia criolla de Nueva Orleans, una ciudad donde la fe católica se entrelaza con la resistencia cultural y la memoria afroamericana en el sureño estado de Luisiana, un territorio primero administrado por españoles y franceses antes de ser incorporado en EE UU.
El descubrimiento, realizado por el historiador y genealogista Jari Honora, revela que los abuelos maternos de León XIV —Joseph Martínez y Louise Baquié— vivieron durante décadas en el Séptimo Distrito de Nueva Orleans, un enclave históricamente criollo, católico y de mayoría afrodescendiente. Se casaron en 1887 en la iglesia de Nuestra Señora del Sagrado Corazón, una institución que, como muchas en esa comunidad, ha sido durante siglos un bastión espiritual para los católicos de color.
Estos datos, extraídos de registros censales y matrimoniales, no solo trazan un mapa genealógico, sino que ponen rostro y cuerpo a una historia ignorada: la del catolicismo negro en Estados Unidos, un país donde la mayoría cristiana es protestante.
En Luisiana, los criollos son descendientes de los pobladores de la época colonial, y suelen ser de ascendencia francesa, española (principalmente canaria y vasca), indígena o africana. Muchas personas que se identifican en este grupo son mestizos.
Una historia familiar en torno a Nueva Orleans
Honora, investigar de la Colección Histórica de Nueva Orleans y cofundador de la Asociación Genealógica e Histórica Criolla, primero creyó que el apellido paterno del Papa, “Prevost”, indicaría un linaje francocanadiense o acadiano, es decir, franceses de la provincia de Acadia (en el virreinato de Nueva Francia regido por París) de la que fueron deportados por la Corona británica al sur de EE UU en el siglo XVIII. Sin embargo, la persona con vínculos con la ciudad resultó ser la madre del Papa, Mildred Martínez.
Los abuelos maternos del Papa, Joseph Martínez y Louise Baquié, vivieron en el Séptimo Distrito de Nueva Orleans al menos 10 años, aunque los registros históricos encontrados demostrarían que estuvieron en el lugar durante al menos 25 años. Después, en el Censo de 1900 figuraban como residentes de la North Prieur Street. A principios del siglo XX, el matrimonio se trasladó a Chicago, Illinois (en el Medio Oeste), donde nació Mildred en 1912. En su acta de nacimiento, el lugar de origen de su padre se registra como la República Dominicana y el de su madre como Luisiana. Pero en el censo, la raza de Joseph fue descrita como “negra”, su lugar de nacimiento como Haití y constaba que era fabricador de puros.
Históricamente, muchas familias de origen mestizo en EE UU, bastante comunes en territorios administrados por potencias europeas católicas (España y Francia) ocultaron sus raíces afrodescendientes o indígenas para acceder a oportunidades socioeconómicas vedadas. No es casualidad que este fenómeno se acentuara con la llamada “Gran Migración”, cuando miles de personas abandonaron sus comunidades para evitar la segregación del sur y encontraron en las ciudades del norte una forma de reinventarse, aunque fuera a costa de borrar parte de su identidad.
La herencia criolla y cajún en el sur de Luisiana
Que el Papa sea nieto de una mujer nacida en Nueva Orleans, cuya ascendencia afrocaribeña y criolla deja constancia en los registros oficiales, plantea una pregunta urgente: ¿por qué esta dimensión de su historia ha permanecido invisible, incluso dentro de su propia familia? La respuesta, según Honora, podría encontrarse en los silencios en las estrategias de “blanqueamiento” cultural que muchas familias afroamericanas implementaron al migrar al norte del país, como hizo la familia Martínez-Baquié al trasladarse a Chicago entre 1910 y 1912, donde finalmente nació Mildred, la madre del Papa León XIV.
Sin embargo, el hermano del Papa, John Prevost, ha confirmado al diario The New York Times los hallazgos de Honora, aunque matizó que la familia nunca se identificó como negra y que no hablaban de sus raíces criollas.
El caso del Papa León XIV pone sobre la mesa una necesidad histórica y teológica: la de reconocer la riqueza espiritual y cultural de los católicos negros, quienes, pese a ser una parte fundacional del catolicismo estadounidense, han sido relegados sistemáticamente al margen de la historia oficial de la Iglesia. Desde los esclavos bautizados en las misiones coloniales hasta las comunidades afrocriollas que preservaron su fe en condiciones de exclusión, la historia del catolicismo en América no puede contarse sin ellos.
Este vínculo con Nueva Orleans, además, abre una ventana a una de las culturas más mestizas y vibrantes del hemisferio occidental. Los criollos de Luisiana, mezcla de europeos, africanos, haitianos y caribeños, no solo preservaron el catolicismo como fe, sino como cosmovisión viva: en sus ritos, en su música, en su gastronomía, en su comunidad. Que el máximo representante de la Iglesia Católica lleve esa herencia en la sangre es más que un dato anecdótico; es una oportunidad providencial para revisar el legado oculto de millones de creyentes negros. @mundiario




