La huella de los químicos eternos llega a la Patagonia a través de los pingüinos
La imagen de la Patagonia como uno de los últimos refugios prístinos del planeta empieza a matizarse. Un estudio liderado por la University of California, Davis y la University at Buffalo ha encontrado señales claras de los llamados “químicos eternos” en colonias de pingüinos que habitan la costa argentina. El hallazgo no solo amplía el mapa de la contaminación global, sino que introduce una nueva forma de medirla: animales convertidos en sensores ambientales.
Los compuestos detectados pertenecen al grupo de las sustancias perfluoroalquiladas y polifluoroalquiladas, conocidas como PFAS. Se trata de productos químicos ampliamente utilizados en industrias y bienes de consumo —desde textiles impermeables hasta espumas contra incendios— cuya principal característica es su extrema persistencia: no se degradan fácilmente en el medio ambiente.
Esa resistencia es precisamente lo que los convierte en un problema global. Pueden viajar largas distancias a través del aire y el agua, acumulándose en ecosistemas alejados de cualquier fuente directa de contaminación.
El estudio se centró en el pingüino de Magallanes, una especie emblemática del sur de Argentina. Durante las temporadas reproductivas entre 2022 y 2024, los investigadores colocaron discretas bandas de silicona en las patas de 54 ejemplares.
Estos dispositivos actuaron como “muestreadores pasivos”: absorbieron sustancias químicas presentes en el entorno mientras los animales se desplazaban para alimentarse y cuidar de sus crías. A diferencia de métodos tradicionales —como análisis de sangre o plumas—, este enfoque es mínimamente invasivo y permite registrar la exposición ambiental en tiempo real.
El resultado fue contundente: más del 90% de las bandas detectaron PFAS.
Un cambio silencioso en los contaminantes
El análisis no solo confirmó la presencia de contaminantes históricos, sino también de nuevas generaciones de compuestos. Entre ellos destaca el llamado GenX, desarrollado como alternativa a los PFAS tradicionales.
Este dato es clave porque sugiere una transición en el tipo de contaminación global. Como explicó la investigadora Diana Aga, la presencia de estos sustitutos indica que “no se quedan en los lugares donde se producen”, sino que también alcanzan regiones remotas.
En otras palabras, incluso las soluciones diseñadas para ser “más seguras” mantienen una capacidad significativa de dispersión.
El hallazgo tiene varias implicaciones relevantes. En primer lugar, confirma que la contaminación química no reconoce fronteras geográficas. La Patagonia, a miles de kilómetros de grandes polos industriales, no está aislada de estos flujos invisibles.
En segundo lugar, evidencia que los ecosistemas marinos funcionan como receptores finales de contaminantes globales. Los pingüinos, al situarse en niveles intermedios de la cadena alimentaria, reflejan esa acumulación.
Y en tercer lugar, introduce una herramienta metodológica novedosa: el uso de fauna silvestre como plataforma de monitoreo dinámico. Los propios investigadores destacan que este sistema podría aplicarse en futuras investigaciones sobre vertidos de petróleo, naufragios o contaminación industrial.
Uno de los mayores retos en el estudio de la contaminación marina es la dificultad de obtener datos en zonas remotas o de difícil acceso. En este contexto, convertir a los animales en portadores de sensores abre nuevas posibilidades.
Los investigadores planean ampliar el enfoque a otras especies, como cormoranes, capaces de bucear a mayor profundidad. Esto permitiría obtener una imagen más completa de cómo se distribuyen los contaminantes en diferentes capas del ecosistema marino. @mundiario


