Pescado saludable, pero con “químicos eternos”: ¿cuánto riesgo importa el comercio mundial?

Un estudio plantea que el mercado no solo mueve proteínas y divisas, sino también contaminantes persistentes capaces de viajar miles de kilómetros desde mares remotos hasta los platos de los consumidores.
Puerto pesquero en Taiwán. /  Pixabay
Puerto pesquero en Taiwán. / Pixabay

El pescado suele asociarse a una dieta saludable y a beneficios cardiovasculares ampliamente documentados. Sin embargo, una investigación reciente añade un matiz incómodo a esa imagen: el comercio mundial de pescado estaría actuando como un vector global para los llamados “productos químicos eternos”, conocidos científicamente como PFAS.

El hallazgo no cuestiona el valor nutricional del pescado, pero sí obliga a analizar con mayor detalle los riesgos invisibles ligados a una cadena de suministro cada vez más globalizada.

Los PFAS (sustancias perfluoroalquiladas y polifluoroalquiladas) son compuestos sintéticos utilizados desde hace décadas en productos cotidianos como sartenes antiadherentes, envases alimentarios, textiles impermeables, cosméticos o espumas contra incendios. Su rasgo distintivo es su enorme estabilidad química: apenas se degradan en el medio ambiente y pueden permanecer durante décadas en agua, suelos y organismos vivos.

Numerosos estudios han vinculado la exposición prolongada a PFAS con problemas de salud como alteraciones hepáticas, trastornos hormonales, disminución de la respuesta inmunitaria e incluso ciertos tipos de cáncer. Aunque la exposición puede darse por múltiples vías, la alimentación —y en particular el consumo de pescado— se perfila como una de las más relevantes.

Del océano al plato: cómo se acumulan en el pescado

El estudio describe un proceso bien conocido en ecotoxicología: la bioacumulación y la biomagnificación. Los PFAS llegan al océano a través de ríos, vertidos industriales o deposición atmosférica. Una vez allí, son absorbidos por organismos microscópicos como el plancton y las algas. Al no poder descomponerse, se concentran en sus tejidos.

Cuando peces pequeños se alimentan de estos organismos, incorporan los contaminantes, y los niveles aumentan a medida que se asciende en la cadena trófica. Los grandes peces depredadores —muchos de los más demandados en el mercado internacional— terminan acumulando concentraciones significativamente mayores de PFAS en músculos y órganos.

Para cuantificar este fenómeno a escala global, el equipo investigador diseñó un modelo informático que incluía 212 especies marinas. El objetivo era rastrear cómo se acumulan los PFAS en distintos niveles de la cadena alimentaria. Este modelo fue contrastado con análisis de laboratorio realizados en muestras de pescado procedentes de numerosos países, lo que permitió validar las estimaciones teóricas.

El comercio internacional como “cinta transportadora” de contaminantes

El paso decisivo fue cruzar estos datos con registros internacionales de comercio de productos pesqueros. De este modo, los científicos pudieron seguir no solo el recorrido biológico de los PFAS dentro del ecosistema marino, sino también su desplazamiento económico y geográfico a través de exportaciones e importaciones.

Una de las conclusiones más relevantes del estudio es que el comercio mundial de pescado funciona como una auténtica red de redistribución de PFAS. Países con aguas relativamente limpias pueden verse expuestos a niveles elevados de estos contaminantes simplemente por importar pescado de regiones más afectadas.

El caso de Italia resulta ilustrativo: aunque solo adquiere alrededor del 11% de su pescado de Suecia, esas importaciones representan más del 35% de la exposición total a PFAS asociada al consumo de pescado en el país. El dato desmonta la idea de que la contaminación química es un problema estrictamente local y subraya su dimensión transfronteriza.

La solidez del estudio reside en la combinación de enfoques: modelización ecológica, análisis empírico de muestras reales y evaluación de flujos comerciales. Al integrar estas tres capas de información, los investigadores pudieron estimar no solo dónde se generan los riesgos, sino cómo se trasladan de un país a otro a través de mercados interconectados.

Además, el trabajo incorpora una perspectiva temporal. Al analizar políticas pasadas, como la restricción internacional del PFOS —uno de los PFAS más conocidos—, los autores observaron una reducción del 72% en el riesgo sanitario asociado a este compuesto en peces marinos desde 2009. El dato sugiere que las medidas coordinadas pueden tener efectos tangibles.

El estudio no plantea conclusiones alarmistas, pero sí invita a reconsiderar la gestión del comercio pesquero desde una óptica de salud pública y cooperación internacional. Si los PFAS viajan con el pescado, las estrategias de control no pueden limitarse a fronteras nacionales ni a la calidad de las aguas locales. @mundiario

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