Los iPhone, también en peligro por los aranceles de Trump
En tiempos de creciente interdependencia global, resulta difícil imaginar un producto tecnológico de consumo —sea un teléfono, una tableta o un reloj inteligente— que no haya recorrido medio planeta antes de llegar a nuestras manos. La globalización, con todos sus matices, ha convertido a Asia en el corazón de la fabricación tecnológica. Es ahí donde comienza la fractura que hoy amenaza con trasladarse sin anestesia al consumidor final.
La decisión del presidente Donald Trump de reactivar una agresiva política arancelaria contra sus principales socios comerciales —especialmente en el ámbito tecnológico— ha disparado las alertas. Los expertos del banco suizo UBS han puesto cifras al posible golpe: los precios finales de dispositivos tan cotidianos como un iPhone podrían incrementarse hasta en un 25%. Es decir, un teléfono de 1.000 euros podría pasar a costar 1.250 sin que haya mejora técnica o innovación alguna.
No es solo un problema de inflación importada. El proteccionismo, en su versión más abrupta, actúa como un impuesto silencioso que penaliza al consumidor sin tocar directamente su renta. El escenario se complica aún más si tenemos en cuenta que muchas de las medidas anunciadas o amenazadas por Trump están aún pendientes de concretarse. El margen de incertidumbre es, por tanto, enorme.
Las cifras arancelarias que se barajan son de una agresividad sin precedentes recientes: hasta un 50% para importaciones chinas, 46% para Vietnam, 26% para India y 24% para Japón. Con esta escalada, incluso compañías tecnológicas de referencia, como Nintendo, se han visto obligadas a congelar el lanzamiento de productos clave en el mercado estadounidense, temiendo el efecto búmeran que estos gravámenes podrían tener sobre sus beneficios y su competitividad.
Este tipo de guerra comercial —porque de eso se trata— no solo afecta a las relaciones diplomáticas y al comercio bilateral, sino también a las expectativas de los inversores. Las tecnológicas, que han sido durante años los valores estrella de los mercados bursátiles, podrían sufrir una notable devaluación si la presión arancelaria se mantiene en el tiempo. UBS, de hecho, advierte de que este impacto podría reflejarse en las cuentas trimestrales de las grandes compañías del sector en las próximas semanas.
Resulta inevitable recordar que esta no es la primera vez que el trumpismo económico pone en jaque a la tecnología global. Ya durante su primer mandato, la imposición de aranceles provocó una caída bursátil inicial del 24% en las tecnológicas, aunque, posteriormente, se produjo una recuperación del 30% a lo largo del año siguiente. La diferencia ahora es que el mundo llega a esta segunda ronda más fracturado, más endeudado y con menos margen para resistir nuevos shocks comerciales.
En el fondo, este episodio vuelve a poner sobre la mesa una cuestión incómoda pero urgente: ¿hasta qué punto es sostenible un modelo global de producción que depende de cadenas logísticas tan extensas y vulnerables? ¿Y qué margen tienen los gobiernos y las empresas para proteger a los consumidores sin renunciar a la competitividad?
Mientras las grandes potencias se enzarzan en su pulso comercial, quienes acaban pagando el precio son los ciudadanos. Y no solo con el bolsillo, sino también con una pérdida silenciosa de acceso asequible a la tecnología que, cada vez más, define nuestro modo de vida. @mundiario



