Los humanos se sitúan entre suricatas y castores en la “liga” de la monogamia animal
La monogamia humana ha sido durante siglos objeto de debate científico, filosófico y cultural. ¿Es una adaptación biológica profunda o una construcción social flexible? Una investigación reciente de la Universidad de Cambridge aporta nuevos datos a esta discusión al comparar a los humanos con otras especies de mamíferos a partir de un indicador poco habitual pero revelador: la proporción de hermanos completos frente a medios hermanos.
El resultado es llamativo: en términos reproductivos, los humanos se sitúan entre las suricatas y los castores, lejos de chimpancés y gorilas, nuestros parientes evolutivos más próximos.
El estudio, publicado en Proceedings of the Royal Society: Biological Sciences, está liderado por el antropólogo evolutivo Mark Dyble. Su propuesta metodológica parte de una premisa sencilla que indica que en especies con altos niveles de monogamia reproductiva, es más probable que los descendientes compartan ambos progenitores. En cambio, en sistemas poligámicos o promiscuos, proliferan los medios hermanos.
A diferencia de investigaciones previas centradas en observaciones de comportamiento o registros etnográficos, Dyble utiliza datos genéticos recientes para calcular la proporción de hermanos completos en distintas especies y poblaciones humanas. A partir de esos datos, desarrolló un modelo computacional capaz de traducir esa información en una estimación comparativa del grado de monogamia.
Este enfoque no pretende describir la conducta sexual individual, sino el patrón reproductivo efectivo a lo largo del tiempo, lo que lo convierte en una herramienta especialmente útil para comparar especies muy distintas y sociedades humanas separadas por miles de años.
Humanos en la “zona media” de la monogamia
Según los resultados, los humanos presentan una tasa aproximada del 66% de hermanos completos. Este porcentaje nos coloca en una posición intermedia dentro de un grupo reducido de especies consideradas socialmente monógamas y con preferencia por vínculos duraderos.
En la clasificación elaborada por el estudio, los castores superan ligeramente a los humanos, con un 73%, mientras que las suricatas quedan algo por debajo, con un 60%. La cercanía con estas especies resulta especialmente interesante porque, aunque sus estructuras sociales son muy distintas, todas combinan cooperación, cuidado parental prolongado y cierta flexibilidad reproductiva.
En términos comparativos, los humanos aparecen mucho más próximos a estos mamíferos que a la mayoría de los primates. Los chimpancés, por ejemplo, apenas alcanzan un 4% de hermanos completos, una cifra similar a la de los delfines, mientras que los gorilas de montaña se sitúan en torno al 6%.
La llamada “liga de la monogamia” no pretende establecer jerarquías morales ni definir normas sociales. Lo que mide es monogamia reproductiva, es decir, hasta qué punto los descendientes de una especie o sociedad tienden a compartir los mismos padres.
En el caso humano, los datos reflejan una tendencia dominante hacia la formación de parejas relativamente estables, pero con una variabilidad considerable. Esto encaja con lo que se conoce desde la antropología: aunque muchas sociedades humanas han permitido la poliginia, en la práctica la mayoría de los individuos mantienen relaciones de pareja prolongadas, a menudo de forma secuencial (lo que se conoce como monogamia seriada).
El propio Dyble subraya que incluso las sociedades humanas con normas matrimoniales más flexibles se sitúan muy por encima de la mayoría de especies no monógamas en términos de proporción de hermanos completos.
Una transición evolutiva poco común
Para el análisis de los humanos, el estudio combinó datos genéticos procedentes de yacimientos arqueológicos —como enterramientos de la Edad del Bronce en Europa o comunidades neolíticas de Anatolia— con información etnográfica de 94 sociedades contemporáneas y recientes. Entre ellas se incluyen grupos tan diversos como los cazadores-recolectores hadza de Tanzania o agricultores de arroz en Indonesia.
En el caso de los animales, Dyble recurrió a estudios genéticos ya existentes que habían analizado parentescos dentro de poblaciones naturales. Esa base de datos permitió construir una tabla comparativa que abarca desde especies extremadamente monógamas, como el ratón ciervo de California, hasta otras claramente promiscuas, como las ovejas Soay de Escocia.
El modelo computacional cruza estos datos con información conocida sobre sistemas reproductivos, ajustando las estimaciones para tener en cuenta factores como el tamaño de las camadas o la estructura social. Uno de los aspectos más relevantes del estudio es su interpretación evolutiva. Según Dyble, la monogamia humana probablemente surgió a partir de un sistema ancestral no monógamo. Este tipo de transición es inusual entre los mamíferos.
Solo algunos grupos, como lobos y zorros, muestran trayectorias comparables, pasando de estructuras poligámicas a sistemas con vínculos de pareja más estables y cuidado cooperativo de las crías. En este sentido, la posición humana junto a especies como castores y suricatas refuerza la idea de que la monogamia está asociada a altos niveles de cooperación social y fuerte inversión parental.
El estudio insiste en una distinción clave: medir la monogamia reproductiva no equivale a describir la conducta sexual. En la mayoría de los mamíferos, ambas cosas coinciden estrechamente. En los humanos, sin embargo, la existencia de métodos anticonceptivos, normas culturales y acuerdos sociales rompe ese vínculo directo entre sexo y reproducción.
Esto explica por qué pueden coexistir tasas relativamente altas de hermanos completos con una gran diversidad de formas de relación, desde la monogamia estricta hasta la poligamia estable o las relaciones sucesivas. @mundiario





