La capilla ardiente del Papa Francisco: una despedida humilde en medio de la solemnidad

Los restos del Papa Francisco en procesión. / Cruz croce-Wikimedia Commons

La primera jornada del último adiós a Bergoglio en la plaza de San Pedro ha reunido a miles de fieles en una conmovedora muestra de respeto a un sumo pontífice que marcó un antes y un después en la Iglesia Católica.

El 23 de abril pasará a la historia como el día en que la Iglesia universal comenzó a despedirse formalmente del Papa Francisco. Desde primeras horas de la mañana, miles de personas —algunas llegadas por fe, otras por azar turístico— hicieron cola en la plaza de San Pedro para rendir homenaje al Pontífice que revolucionó el Vaticano con su cercanía, su visión social y su capacidad de romper moldes.

La capilla ardiente, instalada ante el altar mayor de la basílica, ofrecía una imagen imponente y a la vez austera: el cuerpo del Papa reposaba casi a ras de suelo, sin catafalco, con un rosario entre las manos. Un símbolo coherente con su rechazo a los excesos litúrgicos y su insistencia en una Iglesia despojada de vanidad.

Francisco había expresado su voluntad de ser enterrado “en la tierra desnuda”, y esa renuncia a los ornamentos fue fielmente respetada. A pesar del despliegue ceremonial de cardenales, obispos, guardias suizos y altos prelados, la atmósfera tenía más de recogimiento que de pompa. La afluencia de público fue tan elevada —más de 19.000 personas solo en esta primera jornada— que el Vaticano ya contempla extender el horario de visita más allá de la medianoche para este jueves, el viernes no porque deben realizarse los preparativos para el funeral el sábado.

Quienes desfilaron ante el féretro eran el reflejo de una Iglesia Católica: sacerdotes, religiosas, turistas, niños guiados por monjes, fieles de todas las edades. El protocolo era estricto: control de seguridad, detector de metales y luego una larguísima espera, a veces de hasta ocho horas. La cola serpenteaba toda la plaza, pero el paso ante el Papa era breve. Apenas unos segundos, un susurro de oración, una foto alzando el móvil y la súplica de los funcionarios vaticanos de seguir adelante. El silencio era absoluto, como si el tiempo se hubiese detenido entre las columnas de Bernini.

Una historia que lo dice todo: sor Genevieve y el legado de Francisco

Entre todas las imágenes del día, hubo una que sintetiza mejor que ninguna el pontificado de Jorge Mario Bergoglio: una monja francesa, sor Genevieve Jeanningros, se salió del protocolo, se acercó al féretro, y lloró. Nadie se lo impidió. Ella era una amiga especial del Papa. Vive en una caravana en Ostia, en las afueras de Roma, y desde hace más de medio siglo atiende a prostitutas, transexuales, circenses y marginados. Francisco la visitó en dos ocasiones, reconociendo en ella una figura viva del Evangelio.

La historia personal de Genevieve está tejida con la del propio Bergoglio. Su tía, Lèonie Duquet, fue una de las religiosas desaparecidas durante la dictadura militar argentina, un episodio que marcó profundamente al entonces superior de los jesuitas en Argentina. Aquel horror, del que escapó ayudando a disidentes y escondidos, lo llevó al diván de una psicóloga. No era solo un Papa que predicaba la misericordia: era un hombre que había llorado y temido en tiempos oscuros. Por eso sabía mirar al otro sin condenas.

A Francisco se le recordará por muchas cosas, pero sobre todo por haber puesto rostro a los olvidados. Acogió a los transexuales, habló con presos, visitó chabolas, abrazó a los enfermos sin miedo. Fue el primer Papa que reconoció haber ido a terapia, que cuestionó públicamente las lógicas del poder y que se enfrentó a los abusos dentro de la Iglesia sin tapujos. No reformó tanto la doctrina como el modo de ejercer el poder. Y eso, en una institución milenaria, es una revolución.

El duelo por su muerte no es solo litúrgico. Es político, espiritual y simbólico. Mientras sus fieles lloran, sus cardenales reflexionan, y el mundo observa. La Iglesia está ante un cruce de caminos: o sigue el rumbo de Francisco, o gira hacia posiciones más conservadoras. El Espíritu Santo, como dijo uno de los purpurados, tiene la última palabra. Pero también la tienen quienes desfilaron bajo el sol romano, con un paraguas en la mano y una esperanza en el corazón.

Camino al cónclave: una Iglesia en busca de brújula

Mientras el pueblo despedía al Papa de las periferias, los cardenales comenzaban sus reuniones preparatorias para el cónclave que elegirá a su sucesor. Ya se han celebrado las primeras congregaciones generales, aunque la asistencia aún es parcial. De los 252 cardenales, acudieron 103 el miércoles. Nadie quiere apresurarse. Las palabras del cardenal alemán Rainer Maria Woelki resumen bien el clima de esta preselección espiritual.

Yo me preparo para un cónclave más largo, o al menos un precónclave más largo. Ahora, los cardenales deben tener tiempo para conocerse. Es importante que todos tengan la oportunidad de aportar su granito de arena, de dejar claro cómo se juzga la situación de la Iglesia en los diferentes continentes, qué desafíos ven para ella y qué cualidades debe tener el nuevo Papa”, dijo el arzobispo de Colonia a la prensa.

En efecto, el reto es mayúsculo. La Iglesia ha crecido en África, Asia y América Latina, mientras se desvanece en Europa. Por eso suena con fuerza la idea de elegir un Papa de una región más viva, menos burocrática, menos institucionalizada. El cardenal sueco Anders Arborelius, citado como uno de los posibles, lo dijo con franqueza: sobre que Europa vuelva a tener un Papa es “ilusorio pensar que sea elegido alguien de esta parte del mundo”. @mundiario