La mera escolarización da poco de sí

Medios de comunicación. / Manel Vizoso
Medios de comunicación. / Manel Vizoso

La cantidad de niños desaparecidos, violados o muertos, debiera movernos a replantear con más urgencia qué sociedad estamos desarrollando en nuestro sistema educativo.

La mera escolarización da poco de sí

El drama de los refugiados no cesa y, como señala Agustín Moreno, aunque está sucediendo ante nuestros ojos, tendemos a olvidarlo, como la historia de nuestro pasado. Igual sucede con su grupo más frágil, los niños. Desde que la fotografía de Aylan Kurdi, el niño sirio muerto en las playas de Turquía nos conmoviera un poco en el septiembre último, no han cesado de aparecer, de manera intermitente pero continua, como dato más o menos estadístico. Sólo en este mes de enero pasado fueron 64 y pasaron a engrosar la rutina de noticias colaterales de una guerra aparentemente fantasmagórica en Siria, que ya ha generado más de cuatro millones de exiliados.

Niños perdidos y no hallados

De pronto, en nuestros telediarios han sido noticia 10.000 niños que, a efectos burocráticos, han dejado de existir. Las instituciones europeas –presuntamente tan eficientes otras veces- les habían perdido la pista, o eso decía la prensa el pasado 31/01/2016. La noticia sugería, además, que pudiera haber por medio un contrabando inconfesable para nuestras sensibilidades de personas morigeradas. Y, de añadido, que era posible que algunas policías europeas habrían empezando a culpabilizar a los voluntarios de algunas ONGs por ayudar a los refugiados. Las rutinas de la burocracia amortiguadora de nuestras inquietudes cumplía con su papel fundamental mientras la tragedia de los críos perdidos y no hallados prosigue. Nadie ha informando de si los han encontrado. Ya estábamos tranquilos y, el cuatro de febrero, la muerte a tiros de un crío mexicano de siete meses, en Oaxaca, ha vuelto a ocupar un momento estratégico del relato de noticias televisivo. 

El brote sentimental de este tipo de información explica la rapidez con que prende en las redes sociales y se propaga hasta los noticiarios. Ese toque le sienta bien al discurso que trenza cada telediario. Le pone algo de humanidad a la aburrida secuencia política o económica del día a día.  El momento ideal suele ser poco antes de los cotilleos deportivos, en el transcurso de lo que eran antes los “sucesos” y que, en este momento, es pasarela de la Audiencia y los juzgados. El telediario de mediodía suele estar calculado para que quienes estén al calor del condumio, al oír algún grave indicio de que entre los humanos existe el mal –más evidente cuanto más inerme sea el infante afectado- , no sea salpicado. Un toque de humor negro que conmueva, pero que prolongue la confiada rutina de seguir vivos y tener la suerte de seguir comiendo.

El “orden” apaciguador

Habitualmente,  en prensa y radio o televisión, la intermitencia informativa sobre el comportamiento cruel con la infancia está muy calculada por quienes diseñan las líneas editoriales y el relato de cuanto acontece. Los consumidores deben seguir adormecidos en su buena conciencia, no han de inquietarse más de lo conveniente y, a ser posible, siempre han de seguir fieles al “buen orden”, “la estabilidad” y el “sentido común”, ”la cordura, la moderación, el realismo y la sensatez”.  Al lado del arrullo de este campo semántico, el centro continuo de la información es –como puede palparse reiteradamente estos días-  el “no a la incertidumbre”, “no permitir que se hagan disparates” y, en definitiva, el alejamiento de “radicalismos” y la expectativa de un “gobierno fuerte”. Esta búsqueda de la gran coalición que dé “estabilidad” a la situación -sin arrepentimiento alguno de lo realizado en cuatro años- es el símbolo perfecto, sin embargo, de lo inestables, cambiantes y poco fiables que son las asimetrías, rotos y descosidos que nuestros modos de proceder intentan olvidar a conveniencia.

Ese discurso apaciguador tan pragmático es  parasitario del falso idealismo de la evolución histórica en que nos han educado. Como si por necesidad intrínseca, el futuro siempre hubiera de ser mejor que el presente y, por descontado, mucho mejor que el pasado. Acepta acríticanmente el presentismo de “lo que hay” dando por supuesta la estricta linealidad histórica, inamovible y natural, como si de la ley de la gravedad se tratara. Nada más cabría, en consecuencia, que aceptarla y seguir la fecunda marcha hacia el inmovilismo. Esta concepción da mucho juego a quienes creen que los cambios, por otra parte, cuando los hay son cuestión de prontos esporádicos, aunque les falle la diligencia y les sobre postergada puntualidad. Ahí está Rajoy, que acaba de pontificar -a propósito de la masiva corrupción de gente que le es muy próxima- que “esto se acabó y aquí no se va a pasar ninguna”. Y se queda tan a gusto, cuando la atrición –al menos antes- no bastaba para que se nos perdonaran los pecados mortales.

La indolencia y la realidad

De similar indolencia padecemos cuando creemos que, cuando una ley atiende algo relacionado con una urgencia social –del tipo que sea- tenemos un magnífico indicador de lo mucho que avanzamos. Como si ya hubiera que cejar en todo esfuerzo y fuese enfermizo proseguir en la demanda de mayor exigencia, muy atentos a los agujeros que la realidad vaya mostrando. A esta especie tienen peculiar adicción aquellos políticos que, ante cualquier problema – también da igual cuál sea-, dicen que es cuestión de  educación y, después de la declaración correspondiente, de inmediato dan por zanjada su responsabilidad. Si en un tiempo corto vuelve a surgir algún problema en la susodicha cuestión, son los primeros que muestran gran afecto a poner al profesorado como chivo expiatorio. Poco importará que no se hayan interesado por la preparación y motivación adecuada de los educadores, por mostrar su interés con una inversión concienzuda o, al menos, la evaluación pertinente para saber -entre otras cosas-  si las menciones a la educación no son mero pretexto para echar balones fuera.

La realidad –eso que también sucede estos días al margen de toda táctica política- es sobradamente rica en contradecir tantos idealismos cultivados en plan opiáceo. Al lado de las inexplicadas desapariciones de niños o de homicidios insoportables como el del crío mexicano, ahí están, continuidades como la del bloguero ultrapatriarcal que defiende la legalización de la violación, como un presunto derecho cultural, o la confesión de muchas víctimas de acoso escolar señalando que “falta concienciación” acerca de la violencia escolar y que “hay casos en todos los colegios”; hay “miles” que lo padecen –dicen-, e incluso “piensan en el suicidio”. Es evidente, desde luego, que es un gran logro que hayamos logrado escolarizar a todos nuestros niños y adolescentes menores de 16 años y que, además, también haya crecido muy felizmente la población con estudios posteriores a esta edad obligatoria. Pero no todo el trabajo está hecho con este logro. Es obvio, igualmente, que bajar la guardia conduce a frustrar el valor de lo conseguido. Nos falta generalizar el bien hacer para que ese prolongado tiempo de escolarización no se convierta en instrumento sin sentido. Hay mucha tarea por delante todavía en muchos aspectos, incluido un compromiso más profundo de colaboración mutua de los centros educativos, las familias y la Administración. Y en cierto sentido, es una tarea inacabable si de verdad se quiere una digna y continuada atención educativa, sin excepción, para todos nuestros chavales.

Y el acostumbrado continuismo

Lo más educativo  de la historia humana, en este sentido, tal vez sea la desconfianza que debiéramos tener hacia las continuidades de su linealidad cronológica.  Cuando indiferentes y apáticos la dejamos a su aire, se repite a sí misma indefectiblemente, con el fuerte machacando al débil. Se pretendió en 1892 regular el trabajo de mujeres y niños con limitaciones que hoy nos dan vergüenza, pues se trataba de trabajos dañinos para mujeres embarazadas o edades de niños de 11 años en lugares  peligrosos y con horarios diarios superiores a las diez horas, y es curioso que la argumentación de quienes veían revolucionario limitar tales condiciones esclavistas, fuera prácticamente idéntica a la que se usa actualmente cuando, a la inversa, de revertir y recortar logros sociales se trata. En los periódicos de la época, abundaron las críticas el intento legislativo porque, al parecer, provocaría enormes gastos y trastornos a la propiedad privada, sería una intromisión ilegítima del Estado y peligraría la buena marcha de la nación. ¿Les suena?  Un destacado representante de los empresarios textiles de Sabadell, Sallarés i Pla, nos ha legado El trabajo de las mujeres y de los niños (Sabadell, 1892), opúsculo donde, sin rubor, argumenta que, en caso de que se regulara el trabajo que venían haciendo las mujeres y los niños (de los obreros), estaría en riesgo la atención “a las necesidades de la vida con los escasos recursos que para satisfacerlas cuenta la generalidad de nuestro pueblo”. Si con sólo el trabajo masculino, ni los hombres alcanzaban a tener suficiente para alimentarse -como sabemos por otras muchas fuentes documentales-  ¿cómo subvenir a las necesidades de toda la familia?

La educación actual como parte sustancial del Estado social de derecho para atender la socialización cultural de los niños y adolescentes actuales, continuará condicionada por idénticas rémoras que hace 124 años, salvo que seamos conscientes de esas telarañas siguen ahí.

La mera escolarización da poco de sí
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