Haz la guerra, no el amor: tiempos para la reflexión

Una imagen de la Guerra de los Seis Días. / WIkipedia
Una imagen de la Guerra de los Seis Días. / WIkipedia

Hay quien dijo que venimos al mundo para dejar huella. Otros muchos vuelven reencarnados para hacer la guerra y no el amor. Son tiempos para la reflexión.

Haz la guerra, no el amor: tiempos para la reflexión

Tener un hijo, plantar un árbol, escribir un libro y hacer una guerra. Son las huellas que dejamos para la posterioridad. Costumbres sanas que cambian con los tiempos. Y añado una: hasta los más pacifistas reencarnados se tornan belicistas para contener una agresión con mortero.

El que más o el que menos educa a un hijo, o en el peor de los casos, debido a nuestra bajísima natalidad, criamos una mascota. Para muchos son un miembro más de la familia pero sin derecho a heredar. Esto no quita que en España hagamos más la guerra que el amor con descendencia. 

Plantar un árbol es una tarea algo más compleja. Pero siempre puede germinar un árbol frutal por generación espontánea que contribuya a mitigar la huella de carbono. Poco se hace y más debería hacerse en un planeta asfixiado y distraído por las guerras.

Lo de escribir un libro, como sugería el poeta cubano Jose Martí, eso sí que no es espontáneo, aunque cada vez creamos más eruditos. No leemos un carajo, pero hay quienes se vanagloria de no hacerlo nunca, lo que no nos impide ser una potencia editora en un país sin lectores.  Pese a ello, nos regocijamos en el analfabetismo propio y en la mediocridad ajena, muy probablemente por falta de lectura, de escritura y de permitir pasar de curso sin aprobar.

Despotricamos contra la penúltima ley de educación y la inmersión lingüística en algunas CCAA, pero descuidando el lenguaje escrito. Que altos cargos de la administración confundan el lenguaje coloquial con el formal, o que cometan errores gramaticales en escritos públicos a estas alturas ya nos escandaliza lo justo. 

Exigimos a nuestros herederos que cuiden la lingüística y el léxico. Pero algunos hooligans nacionalistas se permiten el lujo de arrinconar y ultrajar  el español en sus bandos, señalética, callejeros y hasta en sus páginas web en internet. Somos global pero de pueblo. No es raro que salgan a flote sus vergüenzas de inmersión lingüística cuando tienen que expresarse en español, cometiendo todo tipo de faltas básicas de primaria. 

Pensar que el español en dichos territorios no necesita aprendizaje ni educación porque “ya lo aprenden en el recreo”, denota la vileza de esos talibanes ideólogos. Pese a las reiteradas sentencias judiciales, las fuerzas del Estado y del gobierno se niegan a hacer cumplir la constitución, porque se les va la vista mirando para otro lado.

LO NUESTRO ES EL ESPERANTO CON PEDIGRÍ

Cómo un país que no cuida los derechos infantiles (de aprender en su idioma materno), ni respeta los árboles, ni la lectura, sino que por contra mete cizaña, propia de la guerra, pretende prosperar? Lo nuestro es el lenguaje de los signos, el morse no verbal, la gesticulación hiperventilada, los emoticonos radiales y las protestas chuscas verbales. Vamos, esperanto con pedigrí.

La simpatía por la correcta dicción y expresión pasan a segundo plato. Suerte que existen otros 500 millones de hispano-hablantes, entre ellos 60 millones de hispanos en los EEUU, que parecen mostrar más sensibilidad por el español y menos por la guerra ficción que las autoridades nuestras.

¿A alguien le sorprende que Miami ya sea el hipocentro de la cultura en español en el mundo y Madrid /España se haya convertido en una mera sucursal de barrio? Mucha igualdad de género, derechos LGTBI, matrimonios del mismo sexo y lenguaje inclusivo pero permiten la exclusión del español en cada vez más territorio nacional, cuando no hasta su desprecio público.  

En nuestro imaginario bélico, la lengua más que unir es un arma para separar. Que no se diga que no guerreamos desde que expulsamos a los moros y judíos de la Península Ibérica. Pero no se apuren. No hay que conformarse con los hijos, el árbol y el libro. Que se lo digan al papel de algunos medios,  siempre tan condescendientes con el poder público en sus guerras por la post verdad. En las redes sociales es donde quizá también se suceden, a falta de munición, los disparos con composiciones afónicas.

Escribir un libro es cosa tal vez de escogidos. Pero en un país que no lee ni escribe no sorprende que tan poco uso  hagamos de la reclamación por escrito. Somos muy aficionados eso sí a las comisiones parlamentarias que de poco sirven. Leer, ya nos conformamos con hojear los folletos de publicidad en el buzón y las multas de tráfico. Y cuando hemos de escribir si acaso recurrimos al tuit incendiario. Antes eran las Cartas al Director. Eso que nos ahorramos en sellos.

Pero no pasa nada. Ahí estamos. Hemos llegado al siglo XXI y probablemente, si Putin y la OTAN no lo impiden, al XXII. Poco importa que para entonces no tengamos hijos, ni leamos libros ni tengamos árboles para plantar. Lo que sí seguro haremos, emulando desde el medievo a los cristianos españoles, será la guerra y poco el amor. Hay quien augura por eso el auge del cibersexo. 

El amor, ese objeto de bajo consumo en el primer mundo, sí que lo hacen por nosotros el hemisferio sur y que pronto nos llevará a casi 10.000 millones de habitantes en el planeta Tierra. No cabremos en Africa ni en Asia, pero sí en Europa, el continente placentero de los jubilados, que acogerá a millones de desplazados islamistas, herejes y ortodoxos porque nuestros herederos estarán atareados con las mascotas de paseo por el pipican.

Y si no, distraídos con demócratas dictadores harinados en la guerra. Pero no por prescripción intelectual, sino por diversas causas. Serán guerras por el territorio, por la independencia, por la falta de agua, por los estragos del cambio climático, por la sobresaturación de las urbes , el oro negro o la falta de sol.

En fin, las guerras serán la nueva realidad virtual o no que dejarán huella como los hijos, los libros y los árboles. ¿Y el amor? dirán Vds., para festejar en el día de San Valentín.  Esa es la humanidad que tal vez nos espera. Sometida por mascotas cibernéticas y consumista de aflicciones mundanas sin más relevancia que llegar a la hora de echarnos a dormir. Pero no nos retiraremos a torres de marfil sino a fábricas de dinamita.

Las guerras, como dicen los eruditos, las declaran los gobiernos pero las sufren los habitantes aunque no tengan el cielo de su parte. Las guerras aniquilan a los débiles, pero la paz también lo hace. Son tan desastrosas como ganarlas. Y son tan serias que las dejaremos en manos de los piratas informáticos ultra informatizados. Como decía Robert Capa: “En la guerra tienes que odiar o amar a alguien”, aunque sea tan vulgar como hacer el amor sin coito.

Los atractivos de la guerra no son las heroínas con armas en la mano, sino saber que está escrito su final. Algunas tardaron en llegar como la Guerra de los  Cien Años. Otras duraron menos, como la Guerra de los Treinta Años, que fue en realidad la primera contienda mundial entre católicos y protestantes en el siglo XVII y que dibujó el primer mapa de los territorios europeos. La Paz de Westfalia que ponía fin a  esa pugna se firmó en dos  ciudades germanas: Osnabrück y Münster (una católica y la otra calvinista que perduran hasta hoy). 

En todas las guerras, el sol y la luna son iguales para todos. Y cuando creíamos ser civilizados y no volvería a estallar en suelo europeo, nos llega la invasión rusa en Ucrania. En ésta muchos poetas han tomado las armas para defenderse, igual que veterinarios, funcionarios, panaderos y hasta deshollinadores. Somos tan ilusos que pretendemos librarnos de las bombas con otras bombas. El diálogo y la diplomacia demuestran que no son de esta era decadente ecoverde.

Podrían arrojar árboles o libros para hacer rebrotar la paz y la concordia. Y más cuando se nos está yendo el planeta por el desagüe. El amor a la guerra es lo que queda. No es ningún consuelo que nuestro país no esté en guerra, pero lo parece. Porque las tozudas disputas, propias y extrañas, impactan en la estabilidad emocional y la paz duradera. En el país de la prosa no leída, quién fuera poeta jardinero para hacer de todo menos la guerra. @mundiario

 

 

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