¿Estamos solos en el universo? ¿Cuántos planetas puede haber con vida en la Vía Láctea?

Científicos de diversas partes del mundo continúan buscando intensamente señales de radio enviadas por hipotéticas civilizaciones extraterrestres.
Científicos de diversas partes del mundo continúan buscando intensamente señales de radio enviadas por hipotéticas civilizaciones extraterrestres.
La Ecuación de Drake pretende estimar el número de civilizaciones técnicas extraterrestres que hipotéticamente podrían establecer comunicación con nosotros. Algunos de sus factores son especulativos.
¿Estamos solos en el universo? ¿Cuántos planetas puede haber con vida en la Vía Láctea?

La ecuación de Frank Drake.- La ecuación elaborada a comienzos de los años 6o por el astrónomo norteamericano Frank Drake, catedrático de Astronomía en la Universidad de California, en Santa Cruz, y presidente de SETI -Búsqueda de Inteligencia Extraterrestre, pretende calcular el número de civilizaciones con capacidad tecnológica que existirían en nuestra galaxia Vía Láctea.

El resultado es producto de multiplicar siete factores cuyos valores son poco conocidos, algunos de ellos más certeros ahora que hace 50 años atrás cuando el investigador elaboró la fórmula.

Veamos brevemente de que se trata: el primer término de la ecuación se refiere al ritmo de formación de estrellas parecidas a nuestro sol (el número no es conocido con exactitud pero pueden manejarse cifras aproximadas sin temor de caer en graves errores) multiplicado por la fracción de estas estrellas que tienen planetas (el descubrimiento de mundos extrasolares por la nave Kepler nos brinda algunos indicios confiables en relación a este factor). Este valor debe ser multiplicado por el número de planetas similares al nuestro y luego por la fracción de estos mundos en los que la vida surge realmente; momento en que la ecuación comienza a perder consistencia.

Desconocemos totalmente cuantos planetas puede haber con vida en nuestra galaxia Vía Láctea y de hecho ni siquiera tenemos el más mínimo indicio de si esta particular organización de la materia surgió en otros mundos. Tampoco es menos cierto que las leyes de la física y de la química -al igual que el descubrimiento de moléculas orgánicas complejas en meteoritos, cometas y en nubes interestelares- nos sugieren que es muy probable que la vida aparezca espontáneamente si se dan las condiciones ambientales adecuadas.

A los factores mencionados debemos multiplicarlos por  la fracción de planetas con vida inteligente (la gran incógnita, el gran signo de interrogación, el factor menos estimable del computo) y al valor de este factor debemos, a su vez,  a su vez, multiplicarlo por los factores conocidos como Fc y Fi (capacidad tecnológica y tiempo durante el cual emite señales de radio una civilización). El factor Fi es, simplemente, inferencia del anterior y, por lo tanto, su valor debe considerarse en función directa de los guarismos que la habilitan. Es decir: no tiene realmente un valor independiente en la ecuación ya que si admitimos que la vida inteligente tuvo una oportunidad debemos suponer que en algún momento alcanzó un cierto grado de desarrollo tecnológico y por lo tanto debe emitir señales de radio.

¿Es la inteligencia una ventaja evolutiva? El problema central respecto al factor "vida inteligente" en particular es que solo tenemos un ejemplo, un solo caso conocido en el universo: nosotros. Y por si fuera poco el desarrollo de la inteligencia, la humanización del primate que hace tres millones de años caminaba erguido sobre la sabana africana es, como veremos,   producto de una infinita concatenación de variables. Los elementos aleatorios y la necesidad se encuentran intrínsecamente imbricados y entrelazados de una manera tan exquisita y compleja que resulta muy difícil, por no decir imposible, precisar cuales son los factores que, en definitiva, determinaron nuestro" triunfo" sobre la animalidad y, en consecuencia, nos hicieron inteligentes y humanos.

Para empezar debemos realizar un recuento sobre los "últimos minutos de la historia de la Tierra", el breve lapso de tiempo durante el cual el ser humano a caminado sobre el planeta. Es muy difícil precisar cuando exactamente aparece el "Hombre" pero siempre se toma como referencia, como punto de partida de la hominización, al Australopithecus Afarensis con tres millones de años de antigüedad -llamado Lucy- que descubrió en el sur de Etiopía en 1974 el antropólogo Donald Johanson.

Lucy caminaba erguida y muchos atribuyeron a esta cualidad y no al crecimiento del cerebro -como creía Louis Leakey en los años 60- el disparador de la humanidad. Sin embargo el proceso que conduce hasta nosotros es largo, arduo, tortuoso y, tal como lo ha puesto de manifiesto la teoría de la Radiación Adaptativa, muy ramificado. Las ramas de este árbol muchas veces condujeron a callejones sin salida, experimentos fallidos de la evolución, productos casi humanos que no lograron superar los protocolos de la Selección Natural Darwiniana. No obstante, dentro de este complejo árbol, es posible identificar ciertas instancias claves que, por factores probables o improbables, permitieron el desarrollo del Homo Sapiens. Pero hubo otras especies tanto o más exitosas que el Homo Sapiens surgidas del Erectus evolucionado en el Africa Oriental y que se los conoce como Neanderthales. Ellos fueron nuestros parientes más cercanos y abandonaron el "continente negro" hace 250 mil años para adentrarse en las estepas y tundras de la Europa glacial.

Todos coinciden en afirmar que este subgrupo de nuestra misma especie estaba maravillosamente adaptado al medio ambiente en el que debieron vivir. Su cuerpo estaba constituido como una exquisita maquinaria biológica que le permitía afrontar las bajas temperaturas de la edad de hielo.

El Neanderthal conocía el fuego, construía utensilios y herramientas y su cuerpo grueso y fornido -de  miembros cortos y desarrollados- impedía que el calor interno se irradiara en forma excesiva. Sin embargo, hace poco menos de 40.000 años, cuando el Homo Sapiens llega a Europa el Neanderthal se extingue inexplicablemente en el curso de pocos miles de años.

Y llegamos ahora al meollo del asunto: ¿es la supervivencia del Homo Sapiens producto de su inteligencia?. Siento decepcionarlo señor lector si Ud. piensa de esa manera porque la vida en la Tierra no parece sustentar esta tesis, por lo menos no de un modo concluyente. Como han apuntado numerosos investigadores la inteligencia no parece ser una ventaja evolutiva.

Los dinosaurios -por citar un ejemplo- tenían el cerebro del tamaño de una caja de cerillas y sin embargo dominaron el planeta durante más de 100 millones de años.

En varios de sus libros y especialmente en "La aparición del Hombre", Josef H Reichholf, profesor de biología evolucionista y ecología en la Universidad de Munich, plantea una serie de cuestiones que son por demás demostrativas del problema que planteamos.

"Sin lugar a dudas -afirma el Dr. Reichholf- la evolución del ser humano no es producto de casualidades pero tampoco de predeterminación".

En primer lugar debemos señalar que la sabana africana (ecosistema en el que aparecen y se desarrollan los Australopitecinos) surge a partir de un acontecimiento ambiental particular: el retroceso de los bosques como consecuencia de una disminución radical de la temperatura media del planeta. Este acontecimiento, que se produjo en el  periodo Terciario, modificó el clima, de cálido y húmedo a frío y seco.

En la sabana los primitivos Australopithecus, así como sus sucesores, los Homo habilis, encontraban los alimentos que potenciaron sus facultades; ¿como?, ¿por qué?, en primer lugar debemos recordar que la bipedia le permitió a nuestros ancestros localizar buitres en el cielo (suponemos que el Homo Habilis era hipermetrope, es decir tenía una visión adaptada para ver a grandes distancias) y de esa forma ubicar la existencia de animales muertos.

Si bien los Australopitecinos eran omnivoros, se alimentaban principalmente de carroña.

Ahora bien, la carne que comían como parte de su dieta, y que aprovecharon  en mayor grado los Homo Habilis, les proporcionó una fuente importante de fósforo y proteínas (esencial para el establecimiento de conexiones neuronales y sinapticas) que no hubiera sido posible obtener si la marcha no hubiera sido bípeda. La caminata erguida les permitió "mirar" por encima de la vegetación de la sabana y localizar las aves de rapiña.

Pero la bipedia no ha sido explicada satisfactoriamente ya que los autores suponen que tanto Australopitecinos como simios tuvieron un origen común: un primate que caminaba por el suelo y que posteriormente generó dos senderos evolutivos diferentes (la postura erguida de los hominidos y el andar por los arboles de los simios).

Como señalábamos anteriormente la cerebración no fue el disparador de la evolución pero fue un factor clave en el proceso de hominización.

Cuando el Homo Habilis cortaba la piel dura de los animales muertos con herramientas que le permitían obtener las proteínas de las médulas estaba "conduciendo", eligiendo, seleccionando -sin proponérselo seguramente- un sendero evolutivo que llevaría al hombre moderno.

Estas herramientas estaban hechas de obsidiana o vidrio volcánico; hasta donde sabemos tal circunstancia no hubiera sido posible si nuestros ancestros no se hubieran concentrado en la región volcánica del África Oriental o si África hubiera carecido del Gran Rift de hundimiento tectonico. Circunstancia absolutamente fortuita.

El Sapiens conquistó el lenguaje, una facultad que ningún ancestro la tuvo y que le permitió potenciar sus capacidades: sin embargo el lenguaje, y en consecuencia la posibilidad de manejar un sistema simbólico de referencia para transmitir, compartir y comunicar información, fue producto de modificaciones anatómicas determinadas por la Selección Natural.

El Neanderthal tenía la laringe en posición elevada, lo que no le permitía producir sonidos articulados; con el Sapiens la laringe se encontraba en una posición más baja y pudo articular palabras e inventar el lenguaje.

El lenguaje es un sistema de comunicación basado en símbolos que se sirve de conceptos abstractos y que por lo tanto implica funciones cognitivas superiores. Este sistema requiere de regiones especializadas del cerebro conocidas como área de Broca y de Wernicke. Neanderthales y Sapiens las poseían, pero solo estos últimos -por razones estrictamente anatómicas- pudieron utilizarlas.

Conclusiones.- La evolución humana y, en consecuencia, el triunfo de la inteligencia no es solamente un producto muy tardío en la historia de la vida en la Tierra sino que además responde -y aquí volvemos nuevamente al profesor Reichholf- a una extensa y sumamente compleja serie de adquisiciones que fueron obtenidas muchas veces por concurso del azar y otras de forma orientada y deliberada por la necesidad de supervivencia.

La famosa Ecuación de Drake es absolutamente susceptible a estos factores que deberían tenerse en cuenta cuando se manejan arbitrariamente cifras que pretenden estimar el número de civilizaciones técnicas que hipotéticamente existirían en nuestra galaxia.

¿Estamos solos en el universo? ¿Cuántos planetas puede haber con vida en la Vía Láctea?