Estaba seguro de que esa chica iba a dar mucho juego en su vida

Mujer de espaldas con vestido rojo fumando
Una mujer de espaldas con vestido rojo, fumando.

Al despertar, además del dolor de cabeza característico tras una noche regada con alcohol, Martina estaba sentada en el sillón de la habitación con un camisón rojo...

Estaba seguro de que esa chica iba a dar mucho juego en su vida

Todos mis amigos se ríen de mí porque dicen que no soy tímido, que lo mío ya es enfermedad. Sobre todo en lo que a chicas se refiere. No me gusta eso de salir y tener que salir a “cazar” porque sí, porque hay que acostarse con todas las que puedas, eres un chico joven y lo normal es beber y, después, hacer lo que se pueda con la primera chica que te sonría y que haya bebido más que tú. No. Eso no me gusta.

El bello de mis brazos se eriza cuando la chica con gafas y coleta que está sentada enfrente de mí en la biblioteca, una tarde de estudio, me sonríe; sin embargo, que la chica que está bailando con sus amigas, al lado de mi grupo en una discoteca, que estuvo una hora alisándose el pelo y otras dos maquillándose, se acerque a preguntarme si bailo, me resulta indiferente. Es más, me hace sentir vergüenza ajena. ¿No les hace sentir menospreciadas?

Bien, pues así eran mis noches. Hasta que decidimos organizar un fin de semana para celebrar la despedida de soltero de Noé e irnos a una zona de playa. Mucho alcohol y muchas horas de pubs y resacas.

El último día que estuvimos allí, después de dos jornadas de gintonics, yo empecé a ser simpático con las chicas que venían a hablar conmigo, especialmente con ella, Martina. Era algo mayor que yo, pero impresionantemente sexy y con una melena riza que llegaba a rozarle las caderas.  Era mi mito, para mí fue como tropezarme con el amor de mi vida. Estuvimos hablando un buen rato, yo le conté todo sobre mí. Mis desengaños, también le hablé de mi familia, de mis estudios… todo. Ella escuchaba atenta y sonriente, dando una conversación que a mí me parecía brillante.  Después de estar, no sé exactamente cuánto, disfrutando de su compañía, ella me invitó a acompañarla a su hotel. Acepté sin pensarlo. Estaba seguro de que esa chica iba a dar mucho juego en mi vida.

Fuimos. Fue una noche espectacular, lo que recuerdo de ella… es lo que tiene la ginebra en cantidad industrial, que provoca lagunas en la memoria. Al despertar, a parte del dolor de cabeza característico después de una noche regada con alcohol, Martina estaba sentada en el sillón de la habitación con un camisón rojo, que creo que llegó a cortarme la respiración, mirando por la ventana mientras se fumaba un cigarro. Me fijé en la cajetilla, era tabaco del bueno. “Debe de tener un buen sueldo”, pensé.

-  Ah, hola, ya te has despertado… ¿Cómo era tu nombre?

Mi ilusión se desvaneció como el humo de su cigarrillo a través de la ventana. No recordaba mi nombre…

- Edgar, me llamo Edgar… ¿No te acuerdas?

- Corazón… si me tuviera que acordar del nombre de todos…  - me dijo mientras se ponía las medias-  Ahora me tengo que ir, ya sabrás que me debes 200 euros por los servicios prestados.

En ese momento sí que estoy seguro de haber dejado de respirar. ¡Era una prostituta! Así que mi amor platónico me acompañó al cajero más próximo y, dándome un beso en la mejilla, se marchó entre la gente.

Sí, señores, soy un pardillo. Estábamos en un prostíbulo de alto standing y yo pensando que había encontrado a la madre de mis hijos…

Estaba seguro de que esa chica iba a dar mucho juego en su vida
Comentarios