Epstein, el fantasma que ni Trump puede enterrar
Hay fantasmas que se resisten al olvido. Para Donald Trump, pocos espectros del pasado resultan tan incómodos como Jeffrey Epstein, el millonario depredador sexual que supo tejer una red de influencias entre las élites más poderosas de EE UU. El presidente, cuya relación con Epstein se prolongó durante década y media, intenta ahora desprenderse del fardo mediante una mezcla de desmemoria selectiva, descalificaciones a sus propios seguidores y una demanda desproporcionada contra uno de los grandes bastiones mediáticos del conservadurismo estadounidense.
El detonante de esta última tormenta ha sido la reapertura mediática del caso Epstein, ahora reactivado por la presión de los sectores más radicales del movimiento MAGA, que reclaman transparencia total sobre las amistades, favores y encubrimientos en torno al magnate fallecido en extrañas circunstancias en 2019. El hecho de que el propio Trump haya ordenado a su fiscal general, Pam Bondi, solicitar la publicación de los documentos del gran jurado en el caso Epstein no es un gesto de transparencia, sino una jugada para ganar tiempo. El presidente, más que enfrentarse a los hechos, intenta controlar la narrativa, como ha hecho durante toda su carrera política.
La estrategia es tan clara como peligrosa: se busca calmar la rebelión interna de sus propios conspiranoicos, los mismos que ven en Epstein el símbolo de una supuesta red de corrupción moral y política orquestada por el “estado profundo”, y que ahora ven con sospecha al propio Trump. Su intención es desactivar ese frente interno sin romper del todo con su base radical, a la vez que se enfrenta en paralelo a otro fuego cruzado: la publicación por parte del Wall Street Journal de una supuesta felicitación de cumpleaños que envió a Epstein, con dibujo incluido y tono ambiguo. La carta, que Trump niega haber escrito, ha desatado una cascada de contradicciones en su entorno.
El presidente ha respondido como acostumbra: redoblando la apuesta. En lugar de ignorar o desmentir con sobriedad, ha optado por denunciar al periódico, a Rupert Murdoch —su antaño aliado— y a los periodistas firmantes por libelo, exigiendo 10.000 millones de dólares de indemnización. La demanda tiene escaso recorrido jurídico, pero cumple su objetivo político: movilizar a sus fieles contra un nuevo enemigo, esta vez dentro de casa. Y es que el trumpismo necesita conflicto constante para sobrevivir. Si el enemigo no viene de fuera, se fabrica desde dentro.
La paradoja es evidente: Trump intenta distanciarse de los delirios de su propia base, calificándolos de “cobardes” y tildando de “gilipollez” las teorías sobre Epstein, mientras al mismo tiempo actúa como si esas sospechas fueran reales, pidiendo a los tribunales que publiquen lo que ya el Departamento de Justicia había declarado inexistente. Es un ejercicio de equilibrismo político que refleja hasta qué punto su liderazgo se ha vuelto rehén de su propia maquinaria de desinformación.
Pero esta deriva tiene consecuencias. Ya no se trata solo de si Trump estuvo implicado o no en los crímenes de Epstein —nada lo vincula penalmente, por ahora—, sino de cómo gestiona el pasado y sus contradicciones. En 2002, el entonces empresario dijo en una entrevista que Epstein era “un tipo estupendo” al que le gustaban “las mujeres jóvenes”. Hoy niega haberlo conocido más allá de lo inevitable. Pero los documentos, las fotos y los testimonios revelan otra historia. Y eso, en política, pesa más que cualquier procedimiento judicial.
El caso Epstein vuelve así a actuar como un espejo incómodo de los vínculos entre poder, impunidad y doble moral. No es solo un escándalo sexual, sino un síntoma de cómo se construyen —y se desmoronan— los relatos políticos en la era del espectáculo. Trump, que hizo de su desprecio por lo políticamente correcto un arma de seducción masiva, se encuentra atrapado en su propia contradicción: sus seguidores más radicales le exigen una pureza moral que él jamás ha representado.
En este contexto, la revuelta interna del movimiento MAGA no es menor. Influencers como Laura Loomer o Jack Posobiec, tradicionales portavoces del trumpismo digital, han dudado públicamente. Solo una nueva cruzada —esta vez contra el Wall Street Journal— ha logrado reencauzar la narrativa. Pero las grietas ya están ahí. El trumpismo sigue vivo, pero ha dejado de ser monolítico.
Al final, la gran pregunta no es si Trump sobrevivirá a este nuevo episodio —su resiliencia política es innegable—, sino cuánto más puede tensar la cuerda sin romperla. El escándalo Epstein ha durado ya más de lo habitual en el ciclo mediático estadounidense, lo que revela que, esta vez, el eco puede ser más profundo. Y, sobre todo, que el tiempo —esa variable que Trump siempre ha manejado con maestría— puede empezar a jugar en su contra.
Porque hay fantasmas que no se esfuman con un tuit. Y el de Epstein, más que un espectro, es un símbolo: el de las sombras del poder que ni el más hábil prestidigitador político puede hacer desaparecer del todo. @mundiario


