Una embajada singular: la visita a España del rey de Siam

Rey de Siam. / Wikipedia
Rey de Siam. / Wikipedia

El autor nos hace un recordatorio de una de las visitas reales más peculiares que ha recibido España en el período contemporáneo.

Una embajada singular: la visita a España del rey de Siam

La visita del rey Chulalongkorn de Siam (Tailandia) en octubre de 1897, se enmarcó dentro del proyecto gubernativo de impulsar las relaciones de nuestro país con los países asiáticos. El resultado final de esta política, de la cual este viaje fue paradigmático, fue estéril, a pesar del magnífico trampolín que Filipinas por su situación geográfica y sus ricos recursos naturales ofrecía en el mercado asiático. Contribuyó al fracaso, además del déficit de medios materiales y humanos, la falta de objetivos claros, repitiéndose continuamente desde el Ministerio de Estado la instrucción telegráfica: “haga lo que el resto de las potencias”.

La percepción que ambos mundos tenían el uno del otro era indirecta y en muchos casos teñidas de prejuicios cargadas por el filtro anglosajón: la crueldad, el exotismo y la ostentación eran epítetos que se canjeaban a ambos lados. En este sentido observemos la descripción realizada por el cronista de El Imparcial en torno a los reales invitados, nada más pisar éstos la estación ferroviaria de Irún:

 “Es un tipo tan poco fino y tan vulgar que nada revela en él ni un solo destello de la realeza. Es amarillo, pero amarillo rayano del naranja oscuro; de pelo negro muy lacio, bigote recortado, poco abundante. Ojos pequeños y negros, poco hendidos y pómulos salientes. No se desmiente en él ni un rasgo típico de la raza asiática. Es de estatura regular y más bien grueso que esbelto. Solo se advierte que puede ser un soberano por el desdén con que trata a todos los suyos. Más simpáticos que él son sin duda, sus hijos, jóvenes no mayores de 10 u 8 años, que a pesar de tener todos los rasgos propios de la raza son más finos y de fisonomía más animada”.

Aunque la agenda de tan pintoresco periplo comprendía la visita de ciudades tan turísticas como Barcelona y Sevilla, fue realmente en Madrid donde se desarrolló el grueso de ceremonias y honores. La primera gran manifestación, consistió en la realización de un exquisito banquete de honor en el comedor de gala del Palacio Real, “ese gran salón ante cuya riqueza y suntuosidad se sorprenden cuantos diplomáticos extranjeros vienen a España”. Al acto acudieron aproximadamente setenta comensales. Repasemos con atención la lista de invitados:

“Las Reales personas, alta servidumbre del monarca y de los príncipes siameses, los ministros de la Corona, caballeros del Toisón de Oro, Capitanes Generales, altos funcionarios palatinos con sus señoras y la servidumbre de S.M.  Se excusaron de asistir por lutos y enfermedades el Presidente del Consejo de Ministros, sr.Sagasta, y los presidentes de ambas cámaras”.

Curiosamente, las autoridades españolas dispusieron en el acceso principal del Palacio Real, un hermoso carruaje “gobernado” por el jefe de la tribu de los Ashanti (Ghana), acompañado de una de sus mujeres y de su hijo, que presenciaron emocionados la entrada del monarca de Siam.

Además del convite, el egregio edificio fue sede seguidamente de un magnífico concierto, dirigido por el compositor madrileño de origen irlandés conde de Morphy, con piezas de Verdi, Chopen, Sarasate, Meyerbeer y Leoncavallo.

A continuación, un punto que concitó mucha expectación, pero también mucha controversia en la opinión pública, por el escaso aforo que ofrecía para tan magno acontecimiento, fue la función de gala constatada en el Teatro madrileño de la Princesa:

“En una población donde hay tantos elementos aficionados a espectáculos gratuitos y donde el elemento oficial basta para llenar el valle de Josefat, han ido a escoger el teatro más pequeño de Madrid”.

Y en cuanto a la crónica…

“Elena Fons cantó la ópera Carmen, y salió como salen las sevillanas de garbo y empuje. El rey de Siamés quedó aturdido ante tanta belleza y gallardía y se comía a Elena con los ojos. De cuando en cuando el monarca sacaba un pañuelo y se limpiaba  el rostro minuciosamente. Diríase que sudaba tinta china. Estoy seguro que anoche se le indigestó la cena. El rey lucía la banda del Mérito Militar, mientras que el principito siamés, llevaba la banda de Carlos III. El lema de dicha banda es Virtuti et mérito y cuyos colores son los de la Purísima Concepción. Si resucitase anoche Carlos III se volvía a morir de repente. En resumen una fiesta agradable, mucha gente, mucha luz, mucho lujo y caras muy bonitas, no incluyendo a éstas a las de S.M. asiática”.

Es verdaderamente digno de recalcar que desde su venida a España, los cortesanos que acompañaban al monarca manifestaron sus deseos de ver una corrida de toros: “Mas como se les dijo que el festejo se había suprimido para no herir los sentimientos religiosos del soberano siamés, se mostraron contrariados y no pararon hasta hacer saber al rey de la suspensión de la fiesta. El rey manifestó que vería con gusto una corrida de toros, pero que lo que él no podía ver era la muerte de las vacas. Se telegrafió enseguida a Madrid para que se preparase una corrida”.

Finalmente y a pesar del malentendido, se celebró apresuradamente una corrida de toros en honor a los ilustres visitantes. El rey de Siam únicamente permaneció en la plaza durante la lidia de los 3 primeros toros, aún así: “los hijos del rey aplaudieron mucho a Guerrita en la lidia del tercer toro”. El motivo notificado de su marcha prematura del coso, se debió al hecho de tener que asistir al Palacio Real para una recepción diplomática. Una ceremonia a la que asistirían representantes de Francia, Alemania, Reino Unido, Rusia, Portugal, Turquía, Guatemala, Brasil, Bélgica, Perú, China y la Santa Sede.

En el memorándum de visitas era imprescindible el Museo del Prado en donde, “permaneció 30 minutos, habiendo quedado muy complacido y elogiando sentidamente nuestras joyas pictóricas (…) Los cuadros que más le han llamado la atención son “Las Meninas”, “La Rendición de Breda” “La Venus” de Tiziano y “los Borrachos”. Además de este museo, el cortejo real disfrutó de las maravillas atesoradas en el Museo Naval, la Fábrica de Tapices, el Senado, el Congreso, o el Parque del Retiro. De igual manera, aprovechando la cercanía a la capital, se efectuaron sendas visitas a los Reales Sitios del Pardo y del Escorial, en cuyo panteón el rey de Siam “depositó una corona de flores naturales en la tumba de S.M. D. Alfonso XII”. 

Peo, ¿cuál fue el balance de la visita? A nivel diplomático ciertamente infructuoso, sin ningún provecho, pero en el plano personal diríamos si nos atenemos a los escritos periodísticos, que el gobernante asiático se marchó bastante complacido…

“El Rey de Siam se encuentra satisfecho del recibimiento cariñoso que se le ha dispensado por la Corte de España. El efecto que le ha producido nuestro ejército ha sido excelente. La capital de España la encuentra animadísima, y en todos los puntos visitados suntuosa. De la fiesta celebrada en la Princesa sólo tiene palabras de elogio. Ha encontrado pintoresca y animadísima la corrida de toros, la vista del público ocupando el anillo que forma el edificio le sorprendió agradándole en extremo. En una palabra Chulalongkorn parte de Madrid agradecidísimo de todos, felicitándose de haber venido a la capital de España, de donde se lleva recuerdos gratísimos e imborrables”.

Indudablemente como habrán comprobado, se trató una de las visitas reales más peculiares que ha recibido nuestro país, en el período contemporáneo.

Una embajada singular: la visita a España del rey de Siam
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