La cultura del paripé

PARIPÉ
Un hombre con una máscara.

Eso de engañar o fingir cualquier estado, cualidad o distinción para guardar las apariencias ante la demás parroquia o para conseguir lo que se desea mediante artificios, me lleva frito, a maltraer. 

La cultura del paripé

Imagino que, como muchas otras lindezas en los ‘principios y valores’ de cada cual (suelen confundirse entre ellos) la cosa del paripé ha debido de existir desde que dos personas, mínimo, pateaban este orbe. Otras lindezas como la vanidad, la envidia, la falacidad, el embuste y otras decenas más. Como poco.

Pero es que, -oigan o mejor, lean-, lo que vengo comprobando desde mis más tiernos recuerdos,- y desde entonces mejor comprendidos sin necesidad de preguntas patrias de porqués -, la cultura paripeísta o del paripé (para no pretender parecer más culto de lo que soy) no solamente no se agota, o siquiera disminuye, no; es que crece día a día en proporciones asquerosamente desaforadas. Y un servidor de todos ustedes es – de otros muchos ‘algos’ también, pero no tanto– la predisposición humana que más se me atraganta. Y miren que hay cosas que me oprimen la garganta, tanto que ni la maniobra de Heimlich realizada repetida y constantemente sería capaz de que consiguiese escupirlas. Pues ésta no me la oprime, me la cierra totalmente.

O sea, que me matan, aunque solo fuese durante un poquito. Morir de vergüenza ajena o de asco, pero morir, muero durante unos instantes.

El paripé me desarma, me deja sin fuerzas y sin ganas de rebatir nada de nada a fin de demostrar en su jeta lo estúpidamente caricato que pueda ser el o la menda.

Además, sin capacidad de acostumbramiento. ¡No consigo aprender por más empeño que ponga!

Y eso que me da la matraca diariamente, sin interrupción ni permiso de réplica – a veces no puedo contenerme y exploto etéreamente - desde que salgo a las calles y oigo los primeros paliques en el bar de enfrente o en cualquier otro – a puro grito, y eso que llevo mis auriculares casi a tope – hasta que tengo a bien recogerme, enchufar de rebote y a traición el “first date” ese,- que es una verdadera escuela superior de paripeísmo-, recomendado a todas luces a los eternos paripeístas a fin de conseguir más oficio si cabe -, y tirarme agotado en mi sofá favorito.

Eso de engañar o fingir cualquier estado, cualidad o distinción para guardar las apariencias ante la demás parroquia o para conseguir lo que se desea mediante artificios, me lleva frito, a maltraer.

Al percatarme de cualquier paripé, unas veces me da la risa tonta al oírlo, otras al llanto de cualquier macarena que se precie y otras, me autoengaño haciéndome el paripé a mi mismo con la intención de convencerme de que no he visto ni oído las atrocidades paripéicas-; que en realidad no es eso, sino dura cortesía para conmigo-.

Hay ocasiones en las que ir en condiciones obligadas para asistir a un evento de nuestro gusto y con normas propias– léase restaurante de copete-gala y mantilla negra, o entrada en la ópera más benigna y cercana (a ser posible la de Budapest a mi gusto) para oír un " Don Giovanni "por ejemplo (W.A. Mozart) -, no solamente me parece acertado, sino altamente recomendable. No tanto para impresionar al resto de los comensales y/u oyentes, como para que no haya una mezcolanza con personal altamente indecoroso. Que haberlo lo hay, y en cantidades indecentes. A más y más que normalmente tienen sus normas, y éstas están para cumplirlas.

Lo de prohibir la entrada a un local por llevar calcetines blancos ya me parece algo exagerado; que hortera, lo que se dice garrulo, lo es hasta el sofoco, vale, pero tampoco para que el segurata de turno le dé un empujón – o algo más – si se empeña el palurdo en pasar. Y yo he visto hacerlo, o sea que escribo con propiedad y sin paripé. Si el segurata en cuestión ha actuado así para que los espectadores loen su actuación, lo ha sembrado y segado en verdes. Y si no ha sido por paripé, mejor que lo echen del local a él y con cajas destempladas. Si el paleto de los calcetines blancos sabía la norma de prohibición con ellos, es gilipollas o tiene ganas de gresca. No me quedan otras opciones, aunque las hubiere.

Lo escrito, eso de tratar de impresionar a los demás, disfrazándose de algo de lo que se carece, pero que puede dar el pego, me repugna. Conozco mendas que, con tal de fardar con un deportivo, o con un chalet despampanante, o con ambos o más, se empeña con los bancos hasta los jarretes, sin expectativa de vida para amortizarlo; pero me da la impresión de que engaña hasta a los Bancos; por casi imposible que pueda esto resultar.

Conozco gente que ha sido capaz de comprar, a precios asequibles para colmo, toda una “estampa” en la que se acredita que es licenciado, e incluso doctor, en no sé qué cantidad de carreras y oficios, para fardar y, lo peor, para ejercer de ello. Que además de paripé es un gravísimo delito.

En mi oficio los hay a cientos. Y las autoridades, a la sazón, se quedan haciendo oídos sordos continuando el propio paripé, alargando los procesos de denuncia y expulsión inmediata porque les “falta personal”.

¡Cómo lo estoy escribiendo, y que se rasque a quien le pique!

Conozco gente que, con tal de que sus vecinos y conocidos no les critiquen para mal, son capaces de enviar a sus hijos allende los mares, sin mostrar ningún tipo de interés y ayuda a los mismos, por el mero hecho de haberse quedado embarazada (hija) o por ser homosexual (hija e hijo). Que florezca el paripé, más nunca el desprestigio.

Conozco – mejor decir sé quién es – que es capaz de matar cientos de miles de vidas, con tal de que el mundo entero se entere de que su potencial asesino-sanguinario no tiene parangón. A pesar de que tal Goliat lleve más de cincuenta y tantos días sin ser capaz de doblegar a un diminuto David en puro paripé de potencia y energía (léase Rusia y Ucrania).

Conozco a un hombre – que para colmo es buen hombre – que fue capaz de obligarme – a mí, personalmente – a que me pusiera una hortera, fea e incomodísima bata más o menos blanca, con tal de que de cara a la parroquia demandante, note fehacientemente quien soy y a qué grey pertenezco. Cuando, en realidad, la bata del color que fuere, es para no manchar otras vestimentas que llevas debajo con cualquier acto del oficio. Quizá el hombre no cayó en ese momento que las consultas eran telefónicas y nadie podía crearse un criterio llevando o no la susodicha bata. Puro e incomprensible paripé. Pero paripé al fin y al cabo.

Conozco a…

¡Bah! Demasiados conocimientos para llegar a la conclusión de que, aunque el hecho de mentir, falsear, aparentar y etcéteras tenga existencia desde que dos humanos poblaron la tierra, me resulta evidente que el Paripé no es que forme parte de nuestra cultura. Es que es una cultura en sí misma... La cultura del Paripé.

Ya lo escribió el poeta (Serrat):

“... del derecho y del revés

uno es sólo lo que es,

y anda siempre con lo puesto...”

Si esta es la cultura prestigiosa e influyente, por favor:

¡Déjenme ser un irremediable ramplón y tosco inculto!

(No es que lo haya intentado, ni piense intentarlo, pero el paripé obtura mi garganta cuál rueda de molino, y yo no trago – ni quiero tragar - con tales menesteres)

Y ahora he de dejarles. El De Gaulle (París) y el Logan (Boston) me esperan... y no es cuestión de que me dejen en tierra con todo el pedazo de maletón que acabo de terminar de empacar a empujones. @mundiario 

La cultura del paripé