El fuego avanza en Galicia, Extremadura y Castilla: desalojo en el entorno del lago de Sanabria

La muerte de un bombero en León y las heridas sufridas por su compañero al volcar la autobomba en plena operación vuelven a poner sobre la mesa una verdad: España afronta cada verano un infierno que no solo arrasa bosques y aldeas, sino que también siega la vida de quienes se juegan el todo.
Personal de la UME ataca los incendios. / @Defensagob.
Personal de la UME ataca los incendios. / @Defensagob.

El fuego sigue avanzando en Galicia, Extremadura y Castilla y León, hasta el punto de que obliga a desalojar el entorno del lago de Sanabria. Desde el Gobierno se reconoce que no se podrá acabar con los incendios hasta que remita la ola de calor. Mientras, hay vecinos de Picos de Europa en León que se niegan a desalojar los pueblos.

Lo ocurrido en Espinoso de Compludo no puede despacharse como un accidente más en un verano negro. El conductor del vehículo siniestrado se suma a una trágica estadística que no deja de crecer: tres fallecidos en León en apenas una semana, a los que hay que añadir otros muertos en Madrid y Zamora, además de varios heridos graves. No hablamos de cifras, sino de personas que, en nombre del bien común, acuden a enfrentarse con un enemigo imprevisible y cada vez más devastador.

El sacrificio de los bomberos y brigadistas rara vez ocupa titulares más allá de la conmoción inicial. Sin embargo, detrás de cada operativo se esconden jornadas extenuantes, decisiones al límite y condiciones materiales que muchas veces no están a la altura del riesgo asumido. Las pistas forestales donde se producen accidentes como el de León, los turnos prolongados sin relevo suficiente o la presión psicológica de combatir un frente de llamas incontrolable, son parte de una realidad que se conoce pero que pocas veces se afronta con la seriedad que requiere.

El discurso político, como suele ocurrir, se limita a condolencias y promesas de prudencia. El presidente de la Junta de Castilla y León expresó en redes sociales su consternación y deseos de pronta recuperación para el herido. Bienvenidas son las palabras, pero resultan insuficientes si no se traducen en una revisión profunda de los protocolos, los medios disponibles y la formación de los equipos de intervención. Porque la tragedia de estos días demuestra que no basta con apelar a la prudencia de los voluntarios o confiar en la pericia de los profesionales: el sistema de prevención y extinción de incendios requiere un replanteamiento integral.

No puede obviarse, además, el contexto de cambio climático que multiplica el número, la extensión y la ferocidad de los incendios. La geografía peninsular, cada vez más castigada por olas de calor y sequías, convierte los veranos en un escenario de alto riesgo estructural. En este marco, no resulta aceptable que quienes deben plantar cara al fuego trabajen con la incertidumbre de recursos insuficientes o infraestructuras deficientes. La heroicidad individual no puede sustituir a una política pública seria y sostenida en el tiempo.

Los fallecidos de esta semana en León, como los voluntarios que perdieron la vida en Quintana y Congosto o el operario atrapado en Zamora, nos obligan a reflexionar sobre qué valor otorgamos como sociedad a la protección de nuestros montes y pueblos. Cada víctima debería servir de aldabonazo para exigir responsabilidades, revisar estrategias y garantizar que nunca se repita lo evitable.

El fuego seguirá acechando. Lo que está en nuestras manos es decidir si vamos a seguir reaccionando con parches y condolencias, o si por fin asumimos que defender a quienes nos defienden es la única forma digna de honrar su memoria. @mundiario

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