A fondo

Caminatas extremas: fugas increíbles, supervivencia y voluntad a prueba de todo

De los hielos de Siberia a los desiertos de África: cuando caminar no es un deporte, sino la última frontera entre la vida y la muerte.
Durante décadas, la cultura popular se aferró a la imagen de pequeños grupos de prisioneros que escapaban de los gulags soviéticos, para emprender marchas imposibles. / IA.
Durante décadas, la cultura popular se aferró a la imagen de pequeños grupos de prisioneros que escapaban de los gulags soviéticos, para emprender marchas imposibles. / IA.

¿Qué fuerza impulsa a un ser humano a ponerse en marcha cuando todo parece perdido? No hablamos de senderismo recreativo, sino de aquellas caminatas forjadas en el yugo de la desesperación o en el fuego de una obsesión. Historias donde cada paso es una batalla contra el hambre, el frío, la locura o la burocracia de los regímenes totalitarios. Estas son las crónicas de los caminantes extremos, aquellos para los que andar no fue una elección, sino el único lenguaje posible de la libertad.

EL INFIERNO BLANCO: FUGAS (Y MITOS) DE LOS GULAGS

Imagina un horizonte plano y blanco, un silencio roto solo por el crujir de tus propios pasos sobre la nieve siberiana, a decenas de grados bajo cero. Detrás de ti, un campo de trabajo soviético donde la esperanza es un lujo confiscado. Delante, miles de kilómetros de territorio hostil. Durante décadas, la cultura popular se aferró a la imagen de pequeños grupos de prisioneros que escapaban de los gulags para emprender marchas imposibles hacia el sur, cruzando desiertos y cordilleras en busca de libertad.

El relato más famoso es el del libro “The Long Walk”, firmado por el oficial polaco Slawomir Rawicz, que narra una fuga desde un campo en Siberia hasta la India a pie, cruzando el lago Baikal, la Mongolia exterior, el desierto de Gobi y el Himalaya. Durante años se leyó como una historia completamente real; hoy, tras la apertura parcial de archivos soviéticos y la revisión de documentación, muchos investigadores coinciden en que tal como se cuenta es, como mínimo, enormemente adornada, y probablemente una mezcla de recuerdos, historias oídas y ficción. Es, en cualquier caso, una buena muestra de cómo la imaginación colectiva intenta medir el horror de los campos a través de caminatas que bordean lo inverosímil.

Más anclada en la realidad documental está la experiencia del soldado alemán Cornelius Rost. Reclutado en la Wehrmacht y posteriormente capturado por los soviéticos, fue enviado a trabajar en condiciones extremas en una mina de plomo en la región de Kolyma. A finales de la década de 1940 consiguió escapar y, según su propio testimonio, caminó durante años hacia el oeste a través de distintos sectores de Siberia y Asia central hasta alcanzar finalmente Irán.

Su odisea, novelada en “Tan lejos como mis pies me lleven”, condensa la lógica brutal de estas fugas: no se trataba de una marcha atlética, sino de una larga cadena de decisiones desesperadas, de trabajos ocasionales, escondites y trayectos a pie en un paisaje donde cualquier error podía significar la muerte o la captura.

En todos estos relatos –los verificables y los discutidos– hay un rasgo común: las fugas no eran solo físicas; eran una apuesta psicológica contra un sistema que pretendía quebrar por completo la voluntad. Los protagonistas avanzaban sin mapas ni certezas, guiados por noticias fragmentarias, por rumores sobre fronteras y por una brújula interior que señalaba una única dirección: “lejos de aquí”.

CUANDO LA NATURALEZA ES EL VERDUGO: CAMINATAS FORZADAS POR EL DESASTRE

Hay caminatas que no empiezan tras una alambrada, sino tras el estruendo de un accidente o el crujido del casco de un barco atrapado por el hielo. Son historias donde la naturaleza es el campo de prisión y el objetivo no es escapar de un régimen, sino de la muerte misma.

Uno de los casos más emblemáticos es el de Sir Ernest Shackleton y la expedición del Endurance (1914-1916). Tras quedar atrapado y perder su barco en la Antártida, la supervivencia del grupo dependió de una combinación de navegación precaria y desplazamientos a pie. Primero, el arrastre agotador de los botes salvavidas sobre placas de hielo inestables.

Después, la jugada decisiva: tras alcanzar la remota Isla Elefante, Shackleton y cinco hombres cruzaron en un pequeño bote abierto hasta la Isla Georgia del Sur y, desde allí, realizaron una travesía de unas 36 horas a pie, sin descanso, a través de montañas y glaciares que nadie había cruzado antes. Sin equipo de montaña moderno, con ropa empapada y clavos de carpintero en las suelas, caminaron con la certeza de que, si fracasaban, condenarían a morir a los compañeros que esperaban ayuda del otro lado del mar.

En los Andes, en 1972, la tragedia del vuelo 571 de la Fuerza Aérea Uruguaya dio paso a una de las gestas de supervivencia más estudiadas del siglo XX. Tras estrellarse en la cordillera y sobrevivir semanas en altura extrema, un grupo de jóvenes, sin experiencia alpina ni equipo adecuado, comprendió que la única salida era abandonar el fuselaje y buscar ayuda a pie.

Nando Parrado y Roberto Canessa emprendieron una caminata de unos diez días, con etapas en las que superaron los 4.000 metros, cruzando glaciares, neveros y valles encajonados con poco más que ropa improvisada y restos de equipo. Al encontrar finalmente a un arriero chileno, no solo salvaron sus vidas, sino las de los supervivientes que habían dejado atrás.

Y si el frío extremo prueba el cuerpo, el desierto prueba el alma. En 1994, el pentatleta italiano Mauro Prosperi se perdió durante el Marathon des Sables, una de las carreras más duras del mundo, en el Sahara marroquí. Desviado por una tormenta de arena, pasó nueve días prácticamente solo en el desierto. Caminó decenas de kilómetros desorientado, racionando agua hasta el extremo, bebiendo su propia orina y la sangre de animales para no deshidratarse, refugiándose de día del sol abrasador y avanzando de noche. Su experiencia ilustra cómo, más allá de cierto punto, cada duna deja de ser un obstáculo físico para convertirse en una prueba mental: el desafío es seguir levantando un pie cuando el cuerpo ya solo pide tumbarse.

LOS CAMINANTES POR ELECCIÓN: CUANDO LA OBSESIÓN ES EL MOTOR

George Meegan, realizó una de las travesías a pie más largas documentadas, desde el extremo austral de Sudamérica hasta el Ártico, desde 1970 hasta 1986. / RR SS.
George Meegan, realizó una de las travesías a pie más largas documentadas, desde el extremo austral de Sudamérica hasta el Ártico, desde 1970 hasta 1986. / RR SS.

No todas las grandes caminatas nacen de la tragedia. Algunas surgen de una pregunta que no se puede contestar sentado: ¿hasta dónde puedo llegar? Son los viajeros por elección, para quienes caminar es una filosofía, una forma de explorar el mundo y también de explorarse a sí mismos.

Entre ellos, uno de los nombres más citados es el del inglés George Meegan, el hombre que realizó una de las travesías a pie más largas documentadas en un solo proyecto. En 1977 inició su marcha en el extremo austral de Sudamérica y, tras más de seis años intermitentes de ruta, alcanzó el Ártico en 1983, tras recorrer más de 30.000 kilómetros desde la región de Tierra del Fuego hasta Alaska. En su camino atravesó selvas tropicales, altiplanos, grandes ciudades y carreteras interminables, combinando tramos de soledad con encuentros fortuitos que marcaron su viaje. Su caminata no fue un intento de escapar de nada, sino el empeño deliberado de trazar, paso a paso, un hilo humano continuo a lo largo de un continente entero.

Décadas más tarde, otros caminantes llevaron esa misma pulsión a escala planetaria. El estadounidense Tom Turcich, por ejemplo, emprendió en 2015 un proyecto personal de vuelta al mundo a pie, durante el cual cruzó varios continentes y decenas de países acompañado de su perra Savannah. Su marcha, que completó tras años en ruta, combinó el afán de récord con una búsqueda más íntima: entender el planeta y a sus habitantes al ritmo lento del caminante, aceptando que la distancia real no se mide solo en kilómetros, sino en hospitalidades recibidas y en cambios interiores.

¿Qué impulsa a estos hombres y mujeres? No es solo el deseo de lograr una marca en un libro, sino algo más profundo: la necesidad de reducir la existencia a su elemento más esencial –un pie delante del otro– y de encontrar verdades en el ritmo monótono de la marcha, en la incertidumbre de no saber dónde dormirán la próxima noche y en la amabilidad imprevisible de los desconocidos. Su mundo no tiene fronteras nítidas, solo horizontes.

EL HILO COMÚN: LA VOLUNTAD INDOMABLE

Ya sea un prisionero del siglo XX escapando de un campo remoto, Shackleton forcejeando con un glaciar a medianoche, unos jóvenes uruguayos abriéndose paso por la alta cordillera o un caminante solitario atravesando continentes por pura elección, todas estas historias comparten un núcleo común: la victoria de la voluntad sobre las circunstancias.

La fisiología puede describir cómo el cuerpo se adapta –cómo cambia el metabolismo, cómo se gestiona el agua y la energía en situaciones límite–. Pero no termina de explicar esa chispa que mantiene a una persona en movimiento cuando los músculos ya han dejado de responder y todo el entorno parece empujar hacia la rendición. Es la misma chispa que, miles de años atrás, impulsó a grupos de homínidos a abandonar valles relativamente seguros para seguir animales migratorios, cruzar desiertos y pasos de montaña y, así, poblar el planeta.

Estas caminatas extremas nos recuerdan que, en un mundo de comodidad y automatización, aún llevamos dentro el equipaje de los grandes nómadas. Somos, en esencia, la especie que camina. Y a veces, solo poniendo a prueba nuestros límites más absolutos –contra la tiranía, contra la naturaleza o contra nuestros propios demonios– recordamos de qué estamos hechos. Quizá la marcha más importante no sea la que atraviesa un continente, sino el viaje interior que se desata cuando todo lo accesorio ha desaparecido y solo quedan el camino, el siguiente paso y la feroz voluntad de darlo. @mundiario

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