El ataque al barco de Greta Thunberg y la incomodidad de los gobiernos ante Palestina

El supuesto ataque con dron al Family, embarcación de la Global Sumud Flotilla en la que viaja Greta Thunberg, reabre el debate sobre hasta qué punto es posible desafiar el bloqueo israelí sin convertirse en objetivo de la guerra híbrida. / RR SS
Momento en que impactan el barco Family de la Global Sumud Flotilla. / X.
Momento en que impactan el barco Family de la Global Sumud Flotilla. / X.

Lo sucedido en el puerto de Túnez con el barco Family, buque insignia de la Global Sumud Flotilla, no puede despacharse como un simple accidente. La organización afirma que un dron lanzó un proyectil que provocó un incendio en la cubierta. La policía tunecina lo rebaja a una colilla mal apagada. La distancia entre ambas versiones es abismal y, más allá de la disputa técnica, lo que está en juego es algo mucho mayor: la credibilidad de las instituciones y la legitimidad de una misión pacífica que busca romper el bloqueo a Gaza.

El contexto no es menor. No estamos hablando de una embarcación cualquiera. El Family transporta al comité directivo de la flotilla, entre ellos Greta Thunberg, figura incómoda para muchos gobiernos y símbolo global de la disidencia. La embarcación es también un emblema de la misión: visibilizar, con rostros conocidos y con voluntarios anónimos, que lo que ocurre en Gaza no es una catástrofe natural sino un crimen sostenido por decisiones políticas. Que el barco haya sido atacado —o que al menos así lo perciban los propios activistas— tiene una carga simbólica inmensa.

La versión oficial tunecina, que reduce el fuego a la torpeza de un fumador, resulta difícil de digerir. ¿Realmente en un puerto bajo vigilancia, a escasos metros de la residencia del primer ministro, nadie detectó un dron? ¿Es verosímil que un encendedor olvidado desencadene un incendio en un momento tan sensible? La sospecha de encubrimiento pesa más que la explicación ofrecida, sobre todo porque lo contrario implicaría admitir que la soberanía aérea del país ha sido vulnerada sin remedio.

Más allá del debate sobre la autoría, lo cierto es que este episodio encaja en una estrategia de desgaste. A la Global Sumud Flotilla ya se la ha intentado frenar con tormentas, averías, bloqueos administrativos y, en ocasiones anteriores, detenciones arbitrarias en alta mar. El mensaje implícito es claro: quien intente llevar ayuda a Gaza se expone no solo a la dificultad logística, sino a convertirse en blanco de presiones y agresiones.

El discurso de los activistas es contundente. “No nos van a intimidar”, afirman, y su determinación se sostiene en una certeza que trasciende la logística: la convicción de estar en el lado correcto de la historia. Frente a ellos, gobiernos e instituciones se enredan en justificaciones técnicas, en comunicados que buscan rebajar la tensión pero que, en la práctica, dejan desprotegidos a quienes ejercen una solidaridad incómoda.

El caso de Thunberg merece una mención aparte. Su presencia no es anecdótica: pone un foco internacional sobre una causa que, de otro modo, podría quedar relegada al olvido mediático. Pero también la convierte en objetivo, porque encarna la intersección de dos luchas que incomodan: la climática y la palestina. Quienes desprecian a la activista por sus denuncias medioambientales encuentran ahora un motivo adicional para desacreditarla. Que el barco en el que viaja sufra un incidente de esta magnitud no es casual: es un aviso, un recordatorio de que desafiar el statu quo tiene consecuencias.

El episodio revela, además, la paradoja de nuestro tiempo: la ayuda humanitaria es tratada como amenaza, mientras los arsenales que alimentan guerras reciben cobertura legal y diplomática. En Gaza se está produciendo una catástrofe humanitaria de proporciones históricas, pero los barcos que intentan llevar medicinas y alimentos son interceptados, detenidos o atacados. ¿Qué dice esto de un orden internacional que presume de defender los derechos humanos?

El silencio cómplice de buena parte de la comunidad internacional alimenta aún más la sensación de impunidad. No basta con que relatoras de la ONU denuncien el ataque. No basta con que políticos locales se sumen a la causa. La pregunta es si habrá algún organismo con capacidad real de garantizar la seguridad de estas misiones. Hasta ahora, la respuesta ha sido desoladoramente negativa.

El incendio del Family es, en última instancia, un espejo. Muestra el grado de hostilidad al que se enfrentan quienes desafían el bloqueo de Gaza. Pero también refleja las grietas de un sistema internacional incapaz de proteger a quienes, desde la sociedad civil, intentan suplir las carencias de los Estados. Sea un dron o una colilla, el mensaje que queda es el mismo: hay intereses poderosos empeñados en que la solidaridad no llegue a puerto.

Y sin embargo, la flotilla sigue. Cuarenta barcos, decenas de países, centenares de voluntades dispuestas a remar contra la corriente. Esa persistencia es, quizá, la mayor victoria moral frente a un mundo que, demasiadas veces, prefiere mirar hacia otro lado. @mundiario

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