Ansiolíticos y antidepresivos antes de la covid-19

Evolución del consumo de antidepresivos en España, 2004-2018. Fuente, OECD.
Evolución del consumo de antidepresivos en España, 2004-2018. / Fuente OECD.
En treinta años se ha avanzado hacia una sociedad agotada, atomizada, individualizada, con tensiones en la dinámica de vida de una buena parte de la comunidad.
Ansiolíticos y antidepresivos antes de la covid-19

Hace unas semanas publicábamos un artículo sobre el concepto de “gasto defensivo”, que alude al “gasto ejecutado para mantener y no perder el bienestar”. Decíamos que esta partida de los presupuestos, amplia y difusa, ha progresado de manera muy ascendente desde hace años. Ejemplos de gasto público defensivo ―decíamos― son los destinados a la lucha contra el alcoholismo y la drogadicción, la delincuencia, el terrorismo, los actos vandálicos…, también el gasto en tribunales, o en geriátricos y dependencia. Estos motivos conducen al debate sobre lo social; pues aun para los más relativistas y/o escépticos, si “lo social” ―si el llamado “capital social”―, fuese consistente y armónico, dicha tipología de gasto no se vería presionada al alza. Pero demás y a pesar de ser necesario dado el contexto específico, la realidad es que nos situamos ante una partida improductiva a efectos económicos, y poco eficiente para la sostenibilidad socioeconómica; pues no soluciona el problema de fondo.

Sirva esta entrada para referirnos a las palabras del diputado Íñigo Errejón sobre la salud mental en España. Y vaya por delante que no entraré en la honestidad con la que planteó este problema; que resonó en la Cámara y en los medios, asistido además por la desafortunada salida de un diputado del Partido Popular, formación a la que también se dirige este análisis.

Errejón se expresó sobre el problema de la salud mental en España. Indicó que un porcentaje elevado de españoles toman o han tomado algún tipo de ansiolítico y medicamento contra la depresión, “Diazepan, Valium, Lexatin…”, y también apuntó al número de suicidios en nuestro país.

De una parte, este tema, relevante, parece efectista en aras de captar la atención mediática. Pero como esto no es lo vital y ni siquiera tiene por qué ser esa la intención, no me extenderé en este punto.

De otro lado, y lo que ya es sustancial, la pandemia ha tenido sin duda un efecto perverso en la dimensión psicológico-emocional de la persona, tanto por la alteración de la dinámica social como por la incertidumbre generada y por su grave consecuencialismo económico. Sin embargo, esto no puede obviar que los ansiolíticos y antidepresivos están muy presentes desde hace tiempo, con una evolución que debe conducir a un debate de más amplio calado que la mera posibilidad de duplicar el número de psicólogos en la Seguridad Social. Esto último es de nuevo efectista para alcanzar el aplauso y el apoyo ciudadano, pero es una solución como mínimo parcialmente ineficiente para corregir la problemática existente. Además, y volviendo al inicio de este texto, induce de nuevo un gasto defensivo que en naturaleza es improductivo.

Los ansiolíticos ya eran antes de la Covid-19 porque en treinta años se ha avanzado hacia una sociedad agotada, atomizada, individualizada, quebrada en lo familiar y comunitario, con tensiones en la dinámica de vida de una buena parte de la sociedad. Lejos de pretender un planteamiento simple y entremetido, basta escoger un puñado de personas al azar, y basta “comparar” su “situación” con la de otro puñado de personas al azar hace treinta o cuarenta años. A nuestra percepción sobrevendrá la idea de que los individuos de entonces contaban con más abrigo en lo social (en su red); o, en lo mínimo, su entorno primario era más extenso y consistente.

Esto no es baladí, porque las investigaciones ad hoc señalan la correlación entre el capital social individual (red de relaciones de la persona) con el estado de su salud mental. La estructura social es el soporte principal no solo emocional, sino físico y económico (Blanchflower y Oswald, 2004; Pugno, 2007; Bruni, 2010). En consecuencia: la soledad, el conflicto, la atomización, la desestructuración, la pérdida de referentes y arraigo, la tensión vital, es lo realmente perverso en el plano del bienestar subjetivo.

Y a este contexto nos ha dirigido, directa o indirectamente, una clase política que con cierta hipocresía o al menos con cierta incoherencia ahora aplaude la intervención de Íñigo Errejón. Ellos han atentado contra un sistema de valores y una antropología sin exponer una alternativa, y menos sin exponer una alternativa prosocial para el devenir de la sociedad. Porque, lejos de buscar una concepción intergeneracional y la verdadera sostenibilidad socioeconómica, a menudo han primado el vocablo fácil y la palabra cliché, y han antepuesto la maximización política del votante mediano y la maximización de su interés político en el corto plazo. @mundiario

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