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MUNDIARIO

Una muestra y dos ejemplos de gasto público defensivo

El gasto defensivo, de naturaleza improductiva, es aquel que se ejecuta para mantener y no perder bienestar.
Una muestra y dos ejemplos de gasto público defensivo
Ejemplo de gasto público defensivo
Ejemplo de gasto público defensivo en una muestra de A Coruña.

Matías Membiela-Pollán

Profesor de economía.

Esta semana y a la vera de la coruñesa calle Real, una original muestra daba cuenta del dinero salido de las arcas municipales y destinado a una partida específica. Y decimos “específica” porque lo que se exhibía eran ejemplos de deterioros urbanos inducidos voluntariamente por individuos y grupos. Concretamente, uno de los carteles decía: “¿Sabías que… 404.3016 euros se destinaron en el último año al mantenimiento, limpieza y reposición de piezas rotas a causa de actos vandálicos en la ciudad de A Coruña?”; mientras otro exclamaba: “¿Sabías que 38.236 euros se destinaron en los últimos cinco años a borrar grafittis en los aseos públicos de la ciudad de A Coruña?”

Este a priori sencillo motivo, nos recuerda lo ya expuesto en otros artículos, y es que la economía no es una ciencia autónoma, sino que bebe de lo social y sirve a lo social. Nos damos cuenta que una acción “antisocial” cometida por el hombre afecta a las partidas de gasto público y por ende afecta a la presión fiscal que sufre la ciudadanía; dejando a un lado los efectos colaterales en el plano de la cohesión, la confianza y el bienestar social.

En la literatura económica, este gasto del que hablamos recibe un nombre: gasto defensivo. Brevemente, el gasto defensivo es aquel que se ejecuta para mantener y no perder bienestar. El economista alemán Christian Leipert (1989) se refiere a los gastos defensivos como: los gastos para protegerse de la mayor inseguridad y de los riesgos de la sociedad moderna, tal cual los dedicados a la prevención del delito, a los accidentes y a la defensa nacional; los gastos que se derivan de una sociedad envejecida; los gastos que surgen de deficientes condiciones de vida y trabajo, y de modelos poco saludables de consumo y comportamiento como son por ejemplo los costes generados por el tabaco, el alcohol y la drogadicción.

Cuando se dice que el gasto defensivo se ejecuta para mantener y no perder bienestar significa que busca paliar aquella incorrección que no tendría por qué producirse si la sociedad se comportase de modo más armónico o prosocial. Podríamos utilizar la locución “comportamiento cívico”, pero ello podría conducir a una falacia, a un sofismo y a un infantilismo. Porque simula bonito hablar de civismo, y seguramente sea adecuado, pero ¿cómo se habla de civismo a una persona que es víctima de sus circunstancias y ha crecido en un entorno profundamente desfavorable? Además, y como se observa en lo señalado por Leipert, el gasto defensivo va mucho más allá de la reposición de papeleras rotas y la ineficaz eliminación de pintadas en el mobiliario público. En realidad, recoge un haz de motivos inabarcables para ser comentados ahora en profundidad.

Frente al capital cívico, que es un término respetable, la teoría del capital social es más enriquecedora porque no solo habla de la trascendencia de los valores “cívicos”, sino que estudia la relevancia que tienen las redes y estructuras sociales tanto para el desarrollo del individuo, como para la prosperidad conjunta de la sociedad. El capital social ahonda en el porqué, llega al sustrato del que emana un devenir social con efectos económicos.  

Unos efectos económicos que en el simple caso de los grafittis/pintadas y la reposición de mobiliario urbano por actos vandálicos, tienen como coste de oportunidad el ahorro o el direccionamiento de dicho gasto a partidas más productivas y redistributivas. @mundiario