El acto soberano del suicidio

El suicidio, de Édouard Manet (1877).
El suicidio, de Édouard Manet (1877).
Respeto, pues, que finalmente dignifica a la persona, y que termina dignificándonos a todos.
El acto soberano del suicidio

Cuando muere una persone solemos utilizar el eufemismo impropio de que “nos ha dejado”, o que “se ha ido”. Expresiones que no responden a la realidad, porque una muerte normal no suele ser un acto voluntario, aunque en muchas ocasiones el nivel de conciencia y serenidad del protagonista lo convierta en un acto dignamente aceptado.

Quien sí nos deja, o se va, al traspasar la barrera de la muerte es el suicida. Porque -realice el acto en el estado en el que lo realice- siempre hay un impulso personal, o una decisión propia, por muy condicionada que ésta esté por muy variadas, e incluso determinantes circunstancias. Por ello, el suicida añade más dramatismo, más incertidumbre y hasta más estupefacción a nuestra toma de conciencia sobre el hecho incomprensible, incierto e inexplicable de la muerte. Porque transforma lo que normalmente es un suceso irremediable en un acto personal que puede llegar a adquirir el carácter de soberano.

Y es el ejercicio de tal soberanía -en un tema que siempre ha tenido una dimensión imponderable- lo que, de una forma u otra, nos cuestiona. Y nos lleva a pasar por muy diversas consideraciones. La mayor parte de las veces no sé si subconscientes, o acalladas. Porque en ellas hay, desde un cierto sentimiento de culpa (tal vez habríamos podido hacer algo para evitarlo), hasta una posible reconsideración del sentido de la vida.

La religión ve al suicida como un transgresor que se atreve a disponer de su vida

Como venimos de unas civilizaciones demasiado condicionadas por la religión -sea del tipo que sea-, tenemos demasiado arraigada la convicción de que en realidad no somos dueños de nuestra vida. Y de ahí procede una pavorosa estigmatización del suicida, como un trasgresor que se atreve a disponer de su vida en la situación más límite, y hasta las últimas consecuencias. La religión católica lo llega incluso a condenar, con la simbólica expulsión de la comunidad, al negarle ser enterrado “en sagrado”: lo destierra, en el sentido más literal de la palabra, hasta el punto de que le impide compartir la tierra en la que descansan los despojos del resto de la colectividad.

Se ha hablado con mucha frecuencia de la visión que pasa por la mente del ahogado, como una sucesión de instantáneas de toda su vida. Algo así como el intento último e imposible de aferrarse a una cuerda que lo devuelva a la vida. Una expresión, en definitiva, del instinto de conservación o supervivencia, que muchas veces funciona en nosotros como un acto reflejo que nos lleva a librarnos de peligros y amenazas.

Me he preguntado muchas veces cuál es la visión que pasa por la mente del suicida: ¿será la misma sucesión de instantáneas de su vida, pero en negativo, como algo abominable? ¿Habrá alguna nostalgia de lo que está abandonando -porque él sí lo abandona-, o de los momentos en los que no se había rectificado su deriva vital hacia el rumbo que desembocó en su decisión, o impulso, o abandono? ¿Habrá algún pavor repentino que le distancia de su último, y quizá único, acto soberano? ¿O habrá una sensación de alivio sobre el escozor de vivir que tal vez le ha llevado a ese momento?

En ocasiones me he preguntado si habrá una sensación de mayor, o más terrible, soledad que la que pueda sentir el que muere al margen de su propia voluntad. Porque esa sensación de soledad final pienso que ha de ser inevitable para todos, porque cada uno que pasa por ese momento, por muy acompañado que esté, a poca conciencia que le quede, sabe que ese umbral ha de traspasarlo solo.

No es una reflexión de mera curiosidad, y mucho menos de morbo, sino un intento de comprender una de las más difíciles facetas de la naturaleza humana. Un propósito, podríamos decir que incluso solidario, de respetar al otro, y de mostrar una consideración por el proceso, posiblemente tortuoso, y quizá agónico, que le ha llevado a realizar ese acto soberano sobre su propia vida.

Por encima del morbo. Por encima de las conjeturas o superficiales explicaciones, el suicida merece un profundo respeto. Porque ni sabemos cómo ha llegado a ese último y decisivo acto, ni conocemos si éste ha sido el resultado de una larga lucha por aferrarse a la vida, a la que tal vez le ha dado más valor que muchos enterrados en “tierra sagrada”.

Respeto, pues, que finalmente dignifica a la persona, y que termina dignificándonos a [email protected]

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