Trump se harta del pacto nuclear con Irán y lo deja en manos del Congreso
El presidente se lava las manos en uno de los temas de mayor controversia en la actualidad y deja su verificación a los legisladores republicanos, más divididos que nunca.
Donald Trump se ha lavado las manos respecto al pacto nuclear con Irán y ha lanzado el balón al campo del Congreso para que sea éste el que decida si se certifica aquel acuerdo o no. Esta decisión puede que no rompa deliberadamente nada, pero sí deja a Teherán y a todo Oriente Próximo en una situación inesperada, tal y como tanto le gusta al republicano. "Cuando más tiempo se ignora una amenaza, mayor se vuelve. Voy a cerrar un camino que lleva al terror, la violencia y el arma nuclear. En cualquier momento puedo acabar con el pacto", avisó el presidente de los Estados Unidos.
Molesto por la fragilidad y discreción con que se manejan sus asesores más cercanos, quienes son partidarios de no liberar al Kraken, Trump decidió hacer las cosas a su manera y tildó al de Irán de ser un "régimen fanático, dictatorial y terrorista". Luego aseguró que se trataba de un caudal de "destrucción y muerte" que debe ser frenado cuanto antes. “Irán nunca tendrá la bomba atómica. Las agresiones no han dejado de incrementarse y es hora de ponerles fin", remató.
Sus palabras provocaron la reacción inmediata de los iraníes, a quienes se permitió imponer nuevas sanciones económicas por la Guardia Revolucionaria y la decisión de no validar el acuerdo. Este paso sí que fue un golpe duro en este frente que ha abierto con Teherán.
Ahora, la pelota queda en campo del Congreos, en el que el Partido Republicano tiene mayoría en ambas cámaras, y que deberá ser el encargado de cambiar el acuerdo en cuestión. Si Teherán no cumple con lo que sea que el Capitolio diga, habrá castigos. Dentro de esta nueva ventana de sanciones se podría colar un programa balístico, la opción de tener una bomba atómica en menos de un año y la negativa a extender la duración de las restricciones a la producción de combustible nuclear, explica El País. "Buscamos neutralizar la capacidad de desestabilización del Gobierno de Irán y aminorar su apoyo al terrorismo", reza un texto emitido desde el Despacho Oval.
Como sea, lo cierto es que este cambio de dirección ha enredado todo. Los complejos equilibrios alcanzados por Barack Obama y su Administración han empezado a salir a la superficie. Esto es algo más que hacer una pataleta y abandonar los acuerdos de París, o hacer un pulso de imprudentes amenazas con Corea del Norte. Se trata de nada menos que un pacto nuclear, y con Irán, nada menos.
Ya en su momento, el acuerdo fue visto como la cúspide del multilateralismo y el diálogo, una auténtica diana diplomática de Obama. Aquel texto, firmado en 2015 en Viena, limitaba el programa atómico iraní en retorno del levantamiento de sanciones económicas. Su sombra, no obstante, era mucho más extendida. Eran el agua y el aceite, la luz y la oscuridad, finalmente juntas tras 40 años de intensos cruces. Aquello invitaba a pensar que todo iba para bien, pues aparte de todo el acuerdo contaba con la bendición de Francia, Rusia, China, Reino Unido y Alemania, por lo que se convertía en una referencia para futuros acuerdos similares.
La reacción internacional fue tal y como se esperaba, con contadas excepciones, como Israel, en donde el acuerdo no hizo ninguna gracia. El Estado israelí nunca terminó de confiar en Irán y aseguraba que se contaba con una cláusula de extinción que se activa tras 10 años. Esa situación, explicó Jerusarlén, evitaba el desarme total del armamento nuclear.
El empresario, por momentos consumido por su obsesión con el trabajo de Obama, siempre llevó la contraria en este tema. Ya durante su campaña lo tildó de ser "el peor pacto del mundo" y prometió, cómo no, romperlo si ganaba las elecciones. Una vez lo hizo y tomó la Casa Blanca, Trump se puso manos a la obra y llegó a tildarlo en la Asamblea General de la ONU como "una vergüenza".
Los más cercanos a Trump se han encargado de retener aunque sea de forma parcial esta hambre devoradora. Entre Rex Tillerson, Jim Mattis y Joseph Dunford, secretario de Estado, jefe del Pentágono y jefe del Estado Mayor, respectivamente, han intentado convencer al presidente que el acuerdo vale la pena y que debe esforzarse en mantenerlo vigente. Así, y pese a sus controversiales mensajes en su perfil de Twitter, Trump se ha resistido a eliminarlo en las revisiones trimestrales. Nada fuera de lo común si se considera que la Agencia Internacional de la Energía Atómica y los demás monitores aseguran que Irán se está ciñendo a sus condiciones.
No obstante, el fortín parece empezar a partirse. Eso sí, es una grieta con trampa, pues Trump le deja un auténtico premio al Congreso para que, en vista de las próximas elecciones legislativas, la mayoría republicana del mismo salga en caballo blanco con un acuerdo nuevo. El Departamento de Estado explica que esta decisión fue debatida a fondo. Los de Tillerson lograron que el mandatario renunciara a su deseo de tirar todo a la basura para acceder a, cuando menos, dejarlo en manos de alguien más.
Ahora, el Legislativo cuenta con dos meses para llegar a un acuerdo, aunque no se sabe exactamente cómo procederá. La Casa Blanca confía en tener el respaldo de suficientes legisladores como para llevar la nave a buen puerto. No obstante, vistas las fisuras republicanas por el proyecto con el que pretenden erradicar el Obamacare, lo cierto es que nada está escrito.
En fin, que lo que ha hecho Trump es llamar a los suyos a las armas sin saber qué les espera por delante. La decisión del presidente llega justo cuando Estados Unidos está navegando mareas misteriosas en sus cruces con Corea del Norte. El Kraken espera en el horizonte y al rubicundo capitán parece no importarle ser devorado.