Tergiversación del lenguaje y mentiras de la política

Diputados socialistas y podemitas aplaudiéndose en el Congreso. / Imagen TV
Diputados socialistas y podemitas aplaudiéndose en el Congreso. / TV
Una de las más tristes evidencias de nuestro tiempo es el empobrecimiento del lenguaje de la política, que, si en el discurso parlamentario resulta patético, en el de la crónica cotidiana resulta dramático.
Tergiversación del lenguaje y mentiras de la política

Una de las más tristes evidencias de nuestro tiempo es el empobrecimiento del lenguaje de la política, que, si en el discurso parlamentario resulta patético, en el de la crónica cotidiana resulta dramático. Pero es que aparte de la pobreza léxica y conceptual, se han introducido elementos descalificadores de lo que fue el propio consenso sobre el que se construyó la transición, que ahora se revisa, desde posiciones interesadas con malévolas presentaciones de que las palabras hayan dejado de significar lo que siempre significaron. Pero es que además se miente, tergiversa y reescribe la historia en función del interés de quienes desean ser continuadores de un pasado inexistente.

Ahora resulta que la Constitución de 1978 se ha convertido en “el régimen del 78”; es decir, una descarnada transposición de los conceptos, para sustentar que aquel episodio de nuestro pasado reciente no fue otra cosa que el maquillaje de otro régimen, el de Franco, del que no es otra cosa que su continuación. Cierto que el tránsito no fue una ruptura, sino una reforma, pero la Constitución adquirió por si misma su propia entidad como tal, para albergar hasta a los propios que antes como ahora quieren abrogarla. Y la Constitución, votada masivamente por los españoles, sí que fue una ruptura en sí misma con el pasado, como lo fue la amnistía, alabada por personas como el propio Marcelino Camacho, que pasó parte de su vida en la cárcel.

Y en ese mismo sentido, los españoles nos hemos convertido en “unionistas” e “independentistas”, copiando los conceptos de otros conflictos de bien diferente raíz, como lo fue el de Irlanda del Norte. En ese sentido, una de las grandes paradojas es que el independentismo se haya instalado en un término típicamente franquista para eludir en su discurso la palabra “España”, que ahora es “Estado Español”, es decir, el nombre con que Franco se refería a su propio estado (aunque luego la llamó Reino –sin rey--, claro).  Pero todavía peor es que se cuestiona la existencia del Estado de Derecho mismo y sus fundamentos. Se desprestigia a la Justicia, se desconfía del sistema judicial y de quienes lo constituyen y los reos de delitos comunes son elevados a la categoría de mártires y perseguidos políticos por incumplir repetidamente el Código Penal vigente y las advertencias del Tribunal Constitucional, en su caso. Cumplir y hacer cumplir la ley es “judicializar” la política, como si el respeto a la Ley no fuera, según nos enseñaba Kelsen, el principio del Estado de Derecho mismo.

La defensa de España por Solé Tura

Alguien tan poco sospechoso como el profesor Jordi Solé Turá, constitucionalista de reconocido prestigio, comunista y ponente constitucional, se cansó de decir que España era una realidad histórica y se mostró contrario a la expresión hoy común de “Estado español”. Pero es que, además, como en un túnel del tiempo se reescribe la historia en la medida de lo que interesa inventar. Cataluña nunca fue un reino, y la Generalitat no tiene la trayectoria histórica centenaria que se le atribuye, sino un más reciente origen en la II República. Lo que en su obra capital y biblia del Federalismo español, Pi  y Margall llama, como se llamaron siempre “Provincias vascongadas” nunca constituyeron una entidad política homogénea, cada una con sus fueros y pactos y características.

Por cierto, que no deja de ser una curiosa coincidencia que las dos únicas regiones de España que acuñan un insulto o calificativo de desprecio hacia el español de otras partes del país que arriba a su territorio, ya sea “charnego” o “maqueto, ambas coincidente sentido. Como subraya en su trabajo sobre los mitos del nacionalismo vasco, el doctor Enrique Area Sacristán, el movimiento sentimental foralista, impregnado de nostalgia carlista, derivó hacia el nacionalismo radical, que se apoya con destacados coincidencias de lo que luego será el fascismo y el nacional socialismo: la raza, las costumbres religiosas, determinadas tradiciones, una historia recreada con mitos en sus bases  Pero hay otro hecho de marcada relevancia, “la atracción proselitista basada en el catolicismo frente al liberalismo y en la identidad vasca frente a la centralización se confundía con las bases doctrinales del carlismo”.  

Y todo ese caudal va a llegar a nuestros días convertido en la base misma del “hecho diferencial”. Entre las diversas explicaciones de qué es un “hecho diferencial”, algunos definen así: “Rasgo o conjunto de rasgos diferenciadores respecto a otros grupos étnicos o comunidades”.  ¿Grupos étnicos, o sea, la raza? ¿Hay una raza vasca y otra gallega, y otra catalana y otra española?  La piedra angular del hecho diferencial vasco, frente a la uniformidad fiscal, que se supone corresponde a un Estado moderno, es el sistema medieval de Concierto Económico, de suerte que los españoles con vecindad civil en aquella comunidad son diferentes en tal esencial aspecto que los que vivan en otros lugares de España. Desde el año 2000, el País Vasco se refuerza y beneficia del pacto fiscal, para reforzar los contenidos del Concierto, y su gobierno según convenga, como se aprecia en nuestros días, apoya a la derecha o al PSOE, según les convenga. La Ley electoral otorgó a los partidos nacionalistas, como es evidente en nuestro tiempo, la posibilidad de ejercer su peso cuando más débil sea el Gobierno central para sacar tajada.

Para el verdadero socialismo los llamados hechos diferenciales no casan con el Estado moderno, sobre todo como cuando en el caso del País Vasco o Navarra consisten en fórmulas territoriales discriminatorias con respecto al conjunto de los ciudadanos de un Estado. Se arguye que negarlos hechos es una postura jacobina. Depende de cómo concibamos lo que debe ser el Estado. Y en la vecina Francia se tiene claro y se sustenta sobre la negación a ultranza de todo “diferencialismo” territorial al servicio del principio de unidad e indivisibilidad de la República.

Cuando Mas pidió un concierto como el vasco

Precisamente, la actual fase del llamado conflicto catalán se inicia (aparte de la reforma del Estatut de 2006 en sus contenidos no casables con la Constitución) cuando Mas no logra que Rajoy acepte un Concierto o Pacto Fiscal para Cataluña como el vasco-navarro y eso nos lleva a otra parte de la historia: Cuando Artur Mas afirmó en 2014 que tenía el honor de tomar posesión como 129 presidente de la Generalitat estaba proclamando una de las más desvergonzadas mentiras, que luego recrearon sus sucesores hasta el presente. Según la versión oficial del independentismo catalán para proclamar que los catalanes llevan siete siglos de autogobierno. Pero la tergiversación es que la Generalitat que existió en tiempos medievales no tiene nada que ver con la que instituyó la II República, salvo en el nombre.

Cierto que un obispo, el de Gerona, fue el primer presidente de una institución creada en 1359 con funciones y competencias en bien poco parecidas a las actuales. La Diputación del General, más adelante conocida como Generalidad o Generalitat, tuvo su origen más remoto en las comisiones que, desde finales del siglo XIII, se ocupaban en la Corona de Aragón de recaudar los tributos votados y ejecutar los acuerdos de las Cortes. No en vano, la institución no solamente funcionaba en Cataluña, sino también en los reinos de Aragón y Valencia.

Pero como en todo mito, es preciso un enemigo, y el discurso nacionalista lo halló en Castilla, el enemigo opresor. Y ya puestos, el mito se alimentó con el episodio de la Guerra de Sucesión, que se cuenta ahora como una lucha entre la democracia catalana contra el absolutismo y feudalismo castellano. O sea, que no fue un conflicto civil entre españoles partidarios de uno y otro candidato al trono, como en realidad fue. Y, por si fuera poco, lo que eran privilegios medievales de carácter administrativo lo que se perdió, lo convirtieron en la pérdida de las libertades. Mentiras que el hispanista Henry Kamen se encargó de desmontar, y que el propio historiador catalán Jaume Vicens Vives puso en su sitio, al advertir las ventajas que supuso para la economía de Cataluña la política de Felipe V en cuando a la modernización del país, al suprimir los privilegios medievales. Cataluña se benefició de poder competir con Cádiz o Sevilla, en la apertura a los grandes mercados. Pero el 11 de septiembre se sigue celebrando una gran mentira, como lo evidencia que su héroe Casanova falleció tranquilamente en la cama luego de una regalada vida.

En realidad, nombre y la simbología de Generalitat se recupera por iniciativa de Fernando de los Ríos, un andaluz, durante la II República al concederse a esta región el Estatuto de Autonomía, pero en parte alguna se habla de continuidad o restauración de una imaginaria Generalitat. Su primer presidente será Francecs Maciá. Tras al franquismo, a finales de septiembre de 1977, y tras la negociación de Josep Tarradellas con Suárez, se restableció de modo simbólico la Generalitat, que se hace efectiva con el Estatut de 1979, en que fue elegido Pujol.

La Federalización asimétrica

España ya es de hecho un Estado construido sobre diversas asimetrías, especialmente notables –pese al café para todos—en los Estatutos de Autonomía del País Vasco y Cataluña. Y esa era la fórmula que Maragall le propuso profundizar a Zapatero y que el PSOE de Sánchez guarda en un cajón a la espera del reinicio de las negociaciones con sus consocios de ERC y del futuro Gobierno de la Generalitat con el apoyo de Podemos.

No deja de ser curioso el modo en que, en nuestros días, lo que creíamos entonces un objetivo moderadamente casable está superado: En el debate que sobre el Estado autonómico tuvo lugar en el Senado, el 26 de septiembre de 1994, Jordi Pujol dijo: “El objetivo principal del autonomismo catalán no es el de la descentralización [...] no es tampoco la denominada profundización democrática [...]. La principal razón es la conciencia de nuestra identidad, la voluntad de defenderla y de fortalecerla. Reclamamos el autogobierno, sobre todo porque creemos que lo necesitamos para seguir siendo catalanes. El objeto es la conservación y el fortalecimiento de una identidad diferenciada dentro del conjunto de España”.

Y no olvidemos que el País Vasco espera, por su parte, a ver qué pasa con el conflicto catalán para plantear su vieja propuesta de “Un pacto de Estado” que vaya más allá del actual Estatuto y Concierto. De momento, va logrando que se ejecuten transferencias pendientes, empezando por las prisiones como parte de sus proyectos para la “normalización” de ETA y otros aspectos esenciales de la gestión económica que el Estado irá cediendo.

De momento, ya hemos cambiado las palabras. @mundiario

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