Tradiciones socioculturales y religión: ¿un problema?

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Ofrenda del antiguo Reino de Galicia en Lugo.

En la procesión del Cristo de la Sal de Vigo o entre los costaleros de la Semana Santa de Sevilla es conocida  la presencia de personas ateas, pero que gustan de participar en ambos eventos más allá de su propio significado religioso.

Tradiciones socioculturales y religión: ¿un problema?

El que un ministro o un alcalde acuda a una procesión o a una misa, no deja de ser una opción personal, que tiene todo el derecho a manifestar públicamente y que forma parte también de su propia libertad de expresión, que algunos pretenden tasar a su conveniencia: asistir a un espectáculo donde se burla y ridiculiza la religión es libertad de expresión, acudir a una procesión, no. También podemos pedir que se cuelgue una etiqueta que diga: “Estoy aquí a título personal”.

En otra ocasión me he referido a las autoridades civiles de otros países que acuden, como tales, a actos religiosos en naciones que son estados tan religiosamente asépticos como el Reino de España, en cuanto a carecer, como debe ser, de religión oficial. Pero que un país sea aconfesional no quiere decir que no respete, acoja y permita la pública manifestación de las religiones, máxime de la mayoritariamente acogida por sus ciudadanos.

La aconfesionalidad no quiere decir que se deba restringir la libre manifestación de los ciudadanos de Málaga, Santiago, Cartagena, Ferrol o al Almunia de Doña Godina de sus creencias y tradiciones, ni tampoco que no puedan acudir a las mismas personas que ejercen funciones o representaciones públicas, entendiendo que no representan, en todo caso, otra cosa que a sí mismos.

 

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A los malagueños parece gustarles esta tradición.

 

¿Por qué regla un ministro no puede acudir a un acto religioso? ¿Por ser ministro? ¿Quién ha dicho que lleva con él la representación institucional? A veces se asiste por merca cortesía, respondiendo a la invitación de una hermandad como se haría con una asociación cultural o un club de fútbol.

Las propuestas de avance hacia una sociedad laica, que subraye la separación entre el Estado y las creencias religiosas de los ciudadanos, coinciden con las reclamaciones y objetivos de algunos sectores implicados en desmontar una parte esencial de la cultura, la tradición y los elementos identificativos de lo que hasta ahora entendíamos –y reconocíamos– como nación española. La ruptura se hace visible en la presentación, desarrollo y contenido de determinados actos, ceremonias, eventos y acontecimientos a través de las cuales se manifiestan propia historia y sentimientos de las gentes, como es evidente.

En Occidente somos subsidiarios de la herencia judeo-cristiana y de su sistema de valores; de la cultura grecolatina y de los principios democráticos que traen causa de la Ilustración y la Revolución Francesa, como referentes indiscutibles. En el Preámbulo de Proyecto de Constitución Europea se invoca como fundamento  “la herencia cultural, religiosa y humanista de Europa”, a partir de la cual se han desarrollado los valores universales de los derechos inviolables e inalienables de la persona humana, la democracia, la igualdad, la libertad y el Estado de Derecho.

Determinados activos de la cultura religiosa de Occidente no son solamente actos específicos de una determinada creencia personal, sino que han trascendido al conjunto de la sociedad civil como valores culturales que forman parte de la esencia misma de Europa y de la que son elemento visible en sus propias catedrales.

Algunos colectivos vienen postulando a través de un insistente aparato de propaganda, campañas permanentes, en orden a desposeer, deslegitimizar o revisar los fundamentos que, a partir de la más solvente historia de España, han sido considerados los soportes de la personalidad colectiva de los pueblos de España y de sus manifestaciones tradicionales. No distinguen lo que son tradiciones y convicciones religiosas de lo que son sus efectos y consecuencias culturales, de los hábitos y usos que forman parte de la vida cotidiana, de la tradición civil y de la expresión de sentimientos mucho más arraigados y generalizados que unas cuantas creencias de unos pocos particulares.

En la procesión del Cristo de la Sal de Vigo, el primer domingo de agosto, o entre los costaleros de la Semana Santa de Sevilla es conocida y se ha divulgado la presencia de personas ateas, pero que gustan de participar en ambos eventos más allá de su propio significado religioso, tanto por tradición como por otros valores socio-culturales.

El Reino de España está plagado de tradiciones multiseculares en las que las autoridades civiles eran o son invitados relevantes en eventos de carácter religioso, tan arraigados en la tradición histórica que, al margen de las convicciones personales de cada uno, el representante público ha de afrontar el papel que le deparan precisamente por serlo.

Vestigio de las épocas de las grandes pestes, se conservan en no pocos lugares de España los “Votos a San Roque” que es una ofrenda simbólica que hacían las corporaciones municipales al santo para que proteja a los vecinos. La ofrenda al Antiguo Reino de Galicia en Lugo o la nacional a Santiago trascienden de su contenido religioso para subrayar en el primer caso la visualización de Galicia como reino y entidad política, o la propia proyección universal de la ciudad; el voto a la Virgen del Rosario en A Coruña procede de los tiempos de Drake, implorando su protección frente a los ataques corsarios. ¿Suprimimos todo esto? Y de paso quitamos la custodia de la bandera de Galicia. Bueno, algunos ya lo hacen por su cuenta, cambiado una cosa por otra, apropiándose de un símbolo de todos como cosa sólo de quienes comparten sus puntos de vista.

Hay determinadas tradiciones socioculturales como las citadas que tienen origen religioso, pero su contenido trasciende de ese aspecto. Forman parte de la historia. Lo que pretenden los modernos talibanes borrarlas del mapa, pero sin poner nada en su lugar. Y que conste que no soy persona religiosa. @mundiario

 

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