El sumario secreto del 23-F: lo que Tejero contó tras la intentona
Cuando el 23 de febrero de 1981 irrumpió armado en el hemiciclo al grito de “¡Quieto todo el mundo!”, Antonio Tejero tenía 48 años y una trayectoria marcada por la conspiración. Aquel asalto al Congreso le costaría 30 años de prisión por rebelión militar. No era su primera tentativa: ya había sido condenado por la llamada Operación Galaxia, un plan fallido contra el Gobierno por el que pasó siete meses en la cárcel.
Décadas después, y hasta sus últimos años, mantuvo intactas sus posiciones ideológicas. En marzo pasado suscribió un manifiesto de apoyo al dictador Francisco Franco, reafirmando la coherencia —o la obstinación— de su pensamiento político.
La planificación del asalto
Los 13.000 folios del sumario instruido por el Consejo Supremo de Justicia Militar detallan cómo Tejero preparó el golpe. Declaró haber mantenido contactos con mandos afines, entre ellos el teniente general Jaime Milans del Bosch, y aseguró que daba por hecho que sus movimientos eran conocidos en el entorno del rey Juan Carlos I.
En sus declaraciones explicó que fotografió accesos y esquinas del Parlamento, estudió medidas de seguridad y organizó la logística con precisión: seis autobuses de segunda mano, gabardinas para los guardias civiles y financiación obtenida —según su versión— de una herencia familiar y anticipos de sueldo. La operación debía ejecutarse con exactitud horaria. Según su relato, Armada le insistió en que, en este tipo de acciones, “cuentan hasta los segundos”.
El momento decisivo en el hemiciclo
A las 18.24 del 23-F, los disparos al techo y el caos en el hemiciclo marcaron el inicio del secuestro de diputados. Tejero relató cómo intentó neutralizar físicamente al entonces vicepresidente del Gobierno, el general Manuel Gutiérrez Mellado, al percibir que la autoridad del militar hacía titubear a sus propios hombres.
Desde el interior del Congreso mantuvo conversaciones telefónicas con el ultraderechista Juan García Carrés, único civil condenado por la intentona. En ellas se mezclan bravatas, incertidumbre y preocupación familiar. Mientras el país contenía la respiración, Tejero oscilaba entre la determinación y la ansiedad por lo que ocurría fuera.
La fractura con Armada
El punto de quiebre llegó cuando Armada acudió al Congreso y planteó su propuesta de Gobierno de concentración. Tejero declaró que esperaba un Ejecutivo militar que endureciera la lucha contra el terrorismo y frenara lo que consideraba la deriva política del país. Sin embargo, al escuchar nombres como los de dirigentes socialistas y comunistas en el hipotético gabinete, interpretó que había sido engañado.
“Para esto no había que dar semejante campanazo”, afirmó en el sumario. Su negativa a permitir que Armada presentara el plan ante los diputados evidenció la descoordinación entre los conspiradores y selló el fracaso de la llamada “solución Armada”.
La rendición y las condenas
En la madrugada del 24 de febrero, con el mensaje televisado del rey desautorizando la asonada, el golpe quedó herido de muerte. Según consta en documentos clasificados, se barajó ofrecer a Tejero un avión para facilitar su salida y evitar males mayores, propuesta que rechazó. Finalmente, aceptó entregarse con condiciones relativas a sus subordinados.
El Tribunal Supremo elevó posteriormente la condena de Armada a 30 años al considerarlo pieza clave y “principal beneficiario” de la rebelión. Milans del Bosch abandonó prisión en 1990; Armada fue indultado en 1988; Tejero salió en 1996 tras cumplir parte de su pena.
Los interrogatorios muestran a un hombre convencido de su causa, pero también desengañado por sus propios aliados. Más allá de la épica o la caricatura, el sumario del 23-F retrata las grietas internas de la conspiración y el instante en que la estrategia golpista comenzó a resquebrajarse desde dentro. @mundiario


