Siria: Defensores de la verdadera fe vs. defensores de la fe verdadera

Refugiados de Siria © ACNUR/ S.Malkaw
Refugiados de Siria © ACNUR/ S.Malkaw

El verdadero peligro para Occidente no son los arsenales químicos sirios, sino que en algún lugar de la Umma –la comunidad de creyentes– nazca otro Saladino que una al Islam.

Siria: Defensores de la verdadera fe vs. defensores de la fe verdadera

"Las Cruzadas vistas por los árabes" es un libro del libanés Amin Maaoluf que recomendamos en estos días. En sus páginas se confirma que remontar la Historia, como se remonta un río en busca de su manantial, es vital para perder el respeto a los disfraces del presente.

Nos cuenta Maaluf que el insoportable hedor de los caballeros francos de la Primera Cruzada, tildados de bárbaros por los musulmanes, intimidó a las huestes de Alá –obligadas a las abluciones diarias–antes que sus espadones y sus caballones de guerra.

Diez siglos después, otro hedor tan fuerte como aquel infecta el aire antes de que se haya disparado una sola bala "responsable" en Siria. ¿O no apesta que Tony Blair, uno de los tres pastorcillos embusteros de las Azores, pretenda ahora convencernos de que el ataque químico de Al Asad es tan cierto como que Sadam Hussein tenía mostacho? Si Obama necesita avalistas, ¿por qué no se los busca con más crédito?

A finales del siglo XI, sigue contándonos Maalouf, a las puertas de la Primera Cruzada, la Gran Siria se la repartían el califato fatimita de Egipto y una horda de señores de la guerra de origen turco selyúcida que mangoneaban al debilitado califato abásida de Bagdad. 

Inglaterra vivía una guerra civil y el Sacro Imperio Germánico se las veía con el Papado, así que no estaban para expediciones. Lo que luego fue España, tampoco: andábamos de reconquista. La pequeña nobleza franca, ávida de botín, era la única dispuesta a liberar los Santos Lugares. Su rey, Felipe I, ansioso por mantener entretenidos a tan belicosos y pestíferos señores, les dijo: "Con Dios, mesiés", y los apuró a que marcharan hacia Levante.

Una vez en Tierra Santa, los bandos quedaron meridianamente claros: los francos, defensores de la verdadera fe, a un lado; y los musulmanes, defensores de la fe verdadera, al otro. Los cruzados, gracias a la división de los sirios y a la calidad de su acero, dominaron en treinta años la franja costera desde Turquía hasta Egipto. Pero como la vida no siempre es un infierno y el paraíso puede esperar, cruzados y muyahidines se dieron cuenta de que tenían en común más de lo sospechado.

Así nos planta Maalouf en la batalla de Tell Basher (1108), en la frontera sirio-turca. De una parte, Tancredo de Antioquía y sus caballeros francos reforzados con tropas selyúcidas de caballería; del otro, el emir de Mosul con sus árabes y turcos en las alas y una hueste de cristianos al mando de Balduino de Edesa en el centro del ataque. Poder, ambición y codicia terrenales los une y los separa; y, por supuesto, la espiritual defensa de la verdadera fe verdadera, caiga donde caiga.

Merkel vive hoy pendiente de unas elecciones y en Gran Bretaña el parlamento acaba de mostrar su división acerca de otra aventura colonial. Los españoles andamos en la reconquista de la dignidad perdida. Así que sajones, germanos e hispanos no vamos a las Cruzadas. Miel sobre hojuelas para el franco Hollande, que pretende recuperar para su nación la "grandeur" antañona y darse, a base de hazañas bélicas, el brillo personal que Sarkozy traía de serie.

Cómo está dividida Siria 

Siria, de nuevo dividida, se reparte entre alauitas, libaneses de Hezbolá, chiítas afectos a Teherán, kurdos enfrentados, militares sublevados, sunitas, salafistas y yihadistas, amén de sus refuerzos internacionales, con los cruzados francos de nuevo en Tierra Santa, paradójicamente aliados con terroristas.

Concluye Maalouf que, en medio que aquel sangriento guirigay de las Cruzadas, Saladino, un musulmán kurdo que no hablaba árabe, unió al Islam y derrotó a los Cruzados. Sostiene el autor libanés que aquella victoria se convirtió, gracias al fanatismo y a las renovadas divisiones entre los fieles de Alá, en una derrota que llega hasta hoy.

Concluimos nosotros, quizá malentendiendo a Maalouf, que el verdadero peligro para Occidente no está en los arsenales químicos de Al Asad, sino en el riesgo de otro Saladino que, desde luego, no era Bin Laden. Hasta ese día, que se sigan matando entre ellos es infierno suyo y paraíso nuestro, por eso Occidente no planta olivos en Oriente Medio, sino extensos campos de cizaña.

Siria: Defensores de la verdadera fe vs. defensores de la fe verdadera
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