Al sistema solo le queda la opresión de la narración imaginaria

El Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo, es una de las múltiples denominaciones de Jesús.
Cordero por cerebro. Alegoría involuntaria en una vidriera medieval.

Aconsejo un momento de reflexión sobre el siguiente axioma que propongo en el siguiente artículo.

Al sistema solo le queda la opresión de la narración imaginaria

Perdonen que no hable de pactos políticos. No me apetece. Cada loco son su tema. Es tal la cantidad de artículos sobre la última jugada del político de turno que parecemos Bill Murray en el Día de la Marmota. Un coñazo. Me preocupan más los pactos que no se televisan, de los que nadie habla, aunque son los de primera división. Los pactos donde se corta el bacalao y se vende todo el pescao. Ahí los pringados de a pie, los de "una persona un voto" no somos invitados. Nosotros somos la carne de cañón que el lobo programa en su dieta baja en conflictividad social.

Sheldon Wolin, un peligroso radical americano -era filósofo- decía  allá por los años 60 que vivimos en el totalitarismo invertido, por el cual la represión se promueve desde arriba, pero se ejecuta desde abajo. ¿Pero represión para qué? Aconsejo un momento de reflexión sobre el siguiente axioma que propongo: mientras existan diferencias materiales tales que unos no sepan qué hacer con todo lo que tienen, mientras otros se mueren literalmente de hambre, la sociedad necesitará un sistema represivo basado en la violencia, o el opresivo fundamentado en relato ficticio, para que los pobres no aniquilen a los ricos.

Bien, pues si ya le hemos dado una vuelta, pasemos al siguiente punto: lo de la violencia no vende en estos momentos porque puede provocar inestabilidad en los mercados. Además, la gente coge miedo, se enfada mucho y puede usar las redes para organizarse y acabar con el sistema. Vamos a dejarlo claro: al poder le importa muy poco matar y matar en masa. Miren a EE UU las que hace cada vez que necesita recalentar su economía. El pueblo iraquí también sabe algo del tema. Y tantos otros. Ahora es Yemen. Se puede aniquilar a miles de personas, incluso niños, sin que nadie se moleste, pero fuera de las fronteras del mercado central. Que no salpique. El mercado central es el Occidente civilizado. En los mercados periféricos da igual ocho que ochenta. Aquí si te pones demasiado tonto te buscan la ruina y si eres un tipo importante, pues te quedas en una embajada cien años y cuando sales te hacen desaparecer de los medios.

Entonces al sistema solo le queda la opresión de la narración imaginaria. ¿Qué es eso del relato ficticio? Es miedo enlatado. Nos dicen que todo se va al garete. Que hay terroristas por todos lados. Que la economía se hunde si no desmontamos el sistema de Welfare State. Que los inmigrantes se van a comer EE UU y Europa con patatas. Ahora que los robots se van a quedar con tu trabajo, con tu pareja y tu coche, pero que en unos años escampará que no hay mal que dure cien años. Miedo. Solo miedo. Y esa cada vez más difusa ilusión de que si nos esforzamos saldremos adelante. Ahí nos tienen emparedados entre la esperanza y el terror. Mientras los privilegiados ejercen sus privilegios. A veces hacen que son buenos, como Bill Gates, el cachondo, que después de imponer su sistema operativo y acabar con la intimidad de todos nosotros, descarga su conciencia donando la mitad de su fortuna monopolista a los pobres que él mismo genera.

En este pacto de lobos caben todos los ricos y unos mil y pico millones de los de infantería. Entre estos últimos estamos usted y yo. Males necesarios. Pero nos podemos dar con un canto en los dientes. Por ahora. El resto dan igual. Esos sí que están jodidos. El privilegio se oculta tras la serie de turno y el telediario. La dosis de soma en vena. El sueño material del consumo histérico y la estética del "me va mejor que a ti" en el que nos mantiene, año tras año, provoca elevados niveles de neurosis. Las masas vivimos desquiciadas. Locos intentando llenar el vacío infinito del poseer. El pienso, luego existo, se sustituye por el trabajo, luego consumo. Más tarde muero. Pero ya estamos muertos. Solo que no olemos porque usamos perfumes de mil euros el litro. Calculen. Que ya hay que ser bien idiotas.

El resto lo hace la red. Esa superficialidad perfectamente informada de todo lo que no es importante. El relato imaginario nos tontifica estrujando nuestra capacidad crítica y arrojándonos en el absurdo de un mar de datos infinito. Muere la creatividad. Lo estándar gana. Opinar de estas cosas es de radicales. Te señalan. Marxista. Ilustrado. Demócrata. Maricón. Feminista. Rojo de mierda.

André Gorz, otro filósofo peligroso, en este caso francés, escribió poco antes de morir una carta a su compañera, también filósofa, tras sesenta años sin separarse de ella: "La única riqueza humana es la sensibilidad. Cuando esta se elimina, entonces sólo hay sinsentido, solamente riqueza material, instrumental". Si un león nos mordiera el alma no lo sentiríamos, protegidos por nuestro smartphone, el coche hibrido y la subscripción a HBO. Lo mejor de este mundo se lo quedan los otros. Los del pacto. Pobres de espíritu. "Acabas de cumplir 82 años. Y sigues siendo bella, elegante y deseable. Hace 58 que vivimos juntos y te amo más que nunca. Hace poco volví a enamorarme de ti una vez más y llevo de nuevo en mí un vacío devorador que sólo sacia tu cuerpo apretado contra el mío". A Dorin y André no consiguieron matarlos en vida. ¿Y a usted? Quizá la única revuelta posible en este siglo sea sentir en el silencio de los corderos.

Al sistema solo le queda la opresión de la narración imaginaria
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