La ruptura deja la legislatura tocada, pero no hundida: escepticismo ante el cálculo de Junts
La decisión de Junts de romper con el Gobierno de Pedro Sánchez, anunciada por Carles Puigdemont en Perpiñán, ha sacudido el tablero político español. Sin embargo, la ambigüedad del mensaje y la puerta entreabierta a futuras negociaciones dejan claro que, más que una ruptura definitiva, se trata de un cambio de estrategia orientado a reforzar su discurso ante el electorado catalán. Tanto el PSOE como el PP han recibido el movimiento con prudencia y cierto escepticismo, conscientes de que la legislatura sigue su curso, aunque más frágil que nunca.
Puigdemont proclamó el “paso a la oposición” de Junts con solemnidad, pero sin concretar consecuencias prácticas. No exigió elecciones anticipadas, no anunció negociaciones con el resto de las derechas para amenazar a La Moncloa con una moción de censura, ni ordenó a los consejeros vinculados a su partido abandonar los cargos en empresas públicas como Aena, Renfe o RTVE. Tampoco cerró la puerta a apoyar iniciativas con sello socialista “si benefician a Cataluña”. En realidad, Junts ya actuaba con una lógica similar: desde 2023 ha respaldado 28 de las 37 iniciativas del Gobierno, pero ha bloqueado las piezas clave, como los Presupuestos Generales del Estado.
La escenificación en Perpiñán parece más un intento de reafirmar su perfil soberanista que una verdadera ruptura institucional. Puigdemont buscó recuperar protagonismo y proyectar firmeza ante su base, justo cuando el ascenso de Aliança Catalana amenaza con disputarle espacio electoral soberanista en Cataluña. Sin embargo, el tono comedido y la ausencia de decisiones drásticas sugieren que Junts no quiere asumir el coste político de precipitar una crisis de la que emerja un Gobierno del PP con cualquier ecuación en la que se encaje Vox.
En La Moncloa se interpreta la maniobra como un “órdago más” dentro del rudo estilo de negociación de Puigdemont. El Ejecutivo confía en que, pese a la nueva escenografía, Junts siga actuando con pragmatismo y continúe votando puntualmente en favor de medidas que beneficien a los intereses catalanes. “Seguiremos trabajando votación a votación”, insisten fuentes del Gobierno, convencidas de que el independentismo no puede permitirse aparecer alineado con el PP y Vox en una eventual moción de censura.
Para Sánchez, el nuevo escenario supone un desafío, pero no un punto final. El Ejecutivo podrá sobrevivir recurriendo al apoyo parcial de grupos nacionalistas y de la izquierda alternativa, aunque su margen para aprobar grandes reformas se reduce drásticamente. En este contexto, los socialistas prevén mantener viva la legislatura mediante una política de gestos hacia Cataluña, como la reciente apertura del diálogo con Alemania sobre la cooficialidad del catalán en la Unión Europea.
El escepticismo compartido de PSOE y PP
Desde el Partido Popular, la lectura es similar, aunque con un enfoque opuesto. En Génova sostienen que la ruptura es “más teatral que real” y prefieren mantener la prudencia “hasta que las bases de Junts confirmen la decisión”. Feijóo y su equipo aseguran estar preparados “para cualquier escenario”, pero no otorgan credibilidad a un movimiento que consideran táctico.
Ambos grandes partidos coinciden, por tanto, en una lectura escéptica: la maniobra de Puigdemont puede alterar la aritmética parlamentaria, pero no cambia la naturaleza de la legislatura, ya marcada por la fragmentación y la negociación permanente. Junts pierde margen de influencia, y Sánchez gana tiempo en un contexto donde nadie parece dispuesto a forzar elecciones.
La ruptura de Junts simboliza el agotamiento de una relación de conveniencia y la consolidación de un clima político de resistencia. Pese al impacto mediático, la legislatura no está sentenciada. Sánchez mantiene la iniciativa, aunque con respiración asistida, y Puigdemont preserva su papel de árbitro incómodo, sin asumir el coste de derribar al Gobierno.
En última instancia, la decisión de Junts refleja más una operación de reposicionamiento interno que un cambio real en el equilibrio de fuerzas en Madrid. La política española sigue en el alambre, sostenida por los mismos equilibrios precarios que desde el principio definieron la legislatura. @mundiario